¡Ups! ¡No me equivoqué! 276. ES UNA TRAMPA
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276. ES UNA TRAMPA

ALESSANDRO:

Mientras tomamos todas las precauciones, Lili recoge su cabello en un moño en su cabeza. Rufo le hace señas de que se acerque.

—Lilian, ella va a tratar de matarte; tienes que estar muy alerta. Alessandro intervendrá si lo necesitas —le pide, mirando la cicatriz en la cabeza—. Ahora repíteme el trabalenguas.

—Dímelo aquí, Lilian —digo, mostrando el teléfono negro—. Dilo para que se abra el teléfono; no sé por qué se volvió a cerrar.

—A lo mejor es porque se quedó sin carga cuando andábamos por allá abajo —dice Rufo sin dejar de observar a Eira.

—Está bien, lo diré; ven —nos alejamos un poco más de espalda a todos. Y Lilian recita de nuevo el trabalenguas.

Dragón, dragón, tragón

Y comienza el triatlón

Tres, tres, treinta y tres

Dio la vuelta al revés

Tragón, dragón, dragón

Nada, monta, corre bien

Tres, tres, treinta y tres,

Y regresa otra vez.

Dragón, dragón, tragón.

No olvides el trescientos tres

Dando la vuelta otra vez.

Rojo, blanco, negro es

El que comienza otra vez.

—¿Funciona otra vez? —pregunta al terminar.

—Sí, mira, el teléfono abrió; solo falta que Ale diga la clave —señala Rufo sonriente.

En ese momento, Lilian lo detiene por un brazo. Asegura que hay otra cosa que su papá siempre le hacía repetir al final, y le dijo que solo debía decirlo el día que encontrara a un hombre, que sería la sombra del número Uno.

—Lo he pensado y creo que eres tú, Rufo.

Te dije lo de la llave la otra vez, pero esto es diferente —sigue diciendo con el ceño fruncido—.

En verdad no sé si es valioso, pero quiero decírtelo.

Porque entre más te miro, más creo que eres tú, casi estoy convencida de a quién se refería papá con eso, era a tu familia.

—¿De veras, Lilian? Dímelo en mi oído —le pide Rufo acercándose a ella.

Lilian se acerca y le dice algo que abre los ojos grandemente. Ella lo observa sin entender nada; Rufo de pronto la abraza muy fuerte, la separa y la mira, para volver a abrazarla.

—¡Gracias, Lili, muchas gracias! —exclama Rufo emocionado—. Y no temas, ahora más que nunca no dejaré que te pase nada.

—¿Qué quieres decir, Rufo? ¿Sabes lo que significa eso? —pregunta Lilian mientras yo los miro intrigado.

—Sí, Lilian, sé muy bien qué significa y te lo explicaré después —afirma, sin dejar de sonreír, cosa muy extraña en mi segundo—. Ahora, toma, esconde este cuchillo en tu cinturón.

—¿Para qué, Rufo? —Lilian retrocede, sin tomarlo—. Es una lucha a mano limpia, no quiero hacer trampa.

Rufo suspira, mirando a Lilian como si fuera una niña que no entendía lo peligroso que era el mundo en el que estaba atrapada ahora, un mundo donde la trampa no era deshonra, sino supervivencia.

—Hazme caso, Lili, y cuídate mucho la cabeza —insiste, colocando él mismo la daga en el cinturón de ella—. Eira tratará de golpearte duro porque sabe lo que te pasó. Cuídala, pero no temas, ya estás bien.

Lilian mira hacia donde yo estoy, y asiento. Pero no intervengo; esto es cosa de él, el experto en cuchillos. Miro a Miguel, que entiende sin que le diga una palabra. No debe perder de vista a su mejor amiga. Eira es demasiado traicionera.

—De acuerdo —acepta al fin Lilian—. Rufo, gracias por todo, eres el hermano que me hubiera gustado tener. No te preocupes, lo haré bien. Los chicos y ustedes me han enseñado muy bien, no los defraudaré.

—Lilian, ¿recuerdas aquello que te enseñé cuando estábamos en aquella montaña, tú y yo solos? —pregunto acercándome despacio a ella.

—Sí, me gustó mucho —contesta sonriente.

—Empieza con eso, hazlo en un ataque muy rápido para que la neutralices —le pido sin demostrar mi nerviosismo—. No sé por qué; creo que ella no la enseñó el abuelo.

—Lo haré. Trataré de hacerlo como me enseñaste, Ale, confía en mí, soy tu compañera —dice ella mientras me abraza—. Nunca más tendrás una queja de mí, y no es una promesa, mi Capi di tutti i capi, es un hecho.

—Confío en tu amor, Lilian, lo hago —digo con sinceridad—.

Cuando la atrapes, no la sueltes, haz que se rinda aunque le partas el brazo; después se lo arreglaremos.

Esta chica no me gusta, ella es muy extraña.

Solo danos tiempo para comprobar algo. Estoy seguro de que esto es una distracción para un ataque.

Lilian alza la barbilla, con la mirada llameante. Esa mujer siempre logra sacarme de mis casillas, pero esta vez me quedo inmóvil, observando que en verdad está lista, aunque no puedo dejar de temer que Eira la maltrate.

—¿Un ataque? ¿De quién? Estamos en nuestra casa más segura —dice ella, mirando alrededor.

La beso en los labios, tomando su rostro con ambas manos, al tiempo que le pido que no se desconcentre. Lo tengo todo bajo control.

—¿Le avisaste a Luci? —pregunta enseguida.

Asiento diciendo que están por llegar. Todo había salido bien en Francia, los atraparon y regresaban ahora. Pero la había puesto en alerta para que activara toda la defensa de la casa y estuviera lista para actuar.

—Eira tiene problemas para girar su cabeza hacia la izquierda; aprovecha eso —le susurra Rufo.

—¿Sabes, Rufo? —dice Lilian, mirando a Eira que no deja de mirar su reloj—. De niñas, Luci y yo siempre creímos que ella nos vigilaba, aparecía de la nada como una sombra.

Ambos asentimos. Estamos seguros de que eso mismo hacía. Ahora había inventado toda esta historia para recuperar las cosas de los dragones.

—Vamos, demuéstrale que eres la Primera Dama y la número Uno —digo con firmeza, apretando su mano—. ¿Lista, Lili? No temas, recuerda que yo te cubro, vida mía.

Esta vez, Lilian me mira de frente, buscando en los míos esa confirmación. Probablemente, ni siquiera yo había llegado a darme cuenta de que existía. Tarda apenas un segundo en asentir con una sonrisa.

—No te preocupes, Ale, no te dejaré en mal —Lilian avanza hacia el centro de la pista—. ¿Lista, Eira?

—Sí, Lili, y no te maltrataré —declara condescendiente—. Sé que lo tuyo es la medicina.

—No me subestimes, Eira —responde Lilian, dando unos saltitos—. Y lucha como si fuera cualquier oponente.

Pero antes de que iniciaran, Rufo las interrumpe pidiendo que hicieran un pequeño calentamiento individual, en lo que atendíamos una llamada que era de suma importancia.

—Migue, acércate —lo llama Rufo.

Miguel de inmediato corre hacia él. Lo hace en compañía de los chicos de Estefan, que han estado observando todo desde una esquina.

—Tú serás el árbitro, serás imparcial, ¿de acuerdo, chicas? —pregunta a las mujeres, que asienten—. La batalla es solo hasta que una neutralice e inmovilice a la otra.