275. SOMOS DRAGONES
ALESSANDRO:
Me quedo en silencio observando a Eira, que juega con un extraño reloj en su muñeca, y parece impaciente.
Miro a Humberto, que a su vez dirige la mirada a Estefan, quien asiente.
Renzo se acerca a Rufo y le dice algo al oído antes de marcharse.
Marino, el segundo al mando de mi seguridad, entra con James y el abuelo.
—Permiso, jefe —habla Marino acercándose a mí—. Axel dice que ya todo está bajo control.
—¿Cuántos? —inquiero en su oído.
—Suficientes para acabar con todos —responde de igual manera.
—¿Los nuevos dragones? —cuestiono de nuevo.
—¡Listos! —responde con firmeza.
—¿Y los nuestros ya llegaron? —indago de nuevo.
—Sí, jefe —asegura—. Todos los que juraron hace poco están rodeando la propiedad; dejamos pasar a esos que usted nos dijo.
—¿Pasa algo malo, mi capi? —pregunta Eira acercándose con una sonrisa.
—Gajes del oficio —contesto con serenidad, como si no pasara nada—. Todo está bien, ya sabes, estamos en guerra. ¿Te acuerdas de abuelo?
Cambio abruptamente de conversación señalando a mi abuelo, al cual mandé a buscar porque él conoce a todos.
Ella se gira hacia él y hace una pequeña reverencia, uniendo las manos a la altura de su pecho.
Mi abuelo la observa fijamente. Nunca le gustó ella desde que la conoció como un chico, e hizo todo lo posible por apartarla de mí.
—Mis respetos, abuelo —declara Eira, dejando de sonreír al ver cómo la observa y que no ha respondido a su saludo.
—Para ti, Alessandro Minetti —afirma fríamente el abuelo. Luego me mira—. Te dije que no era clara, y mira, es una chica, no un chico.
—Ya veo que sigo sin gustarle —señala Eira intentando sonar normal, pero a mí no se me escapa el destello de odio en su mirada.
—Ale, ¿de qué se trata todo esto? —se gira el abuelo hacia mí, dándole la espalda a Eira, que tuerce los labios, visiblemente enojada—. ¿Por qué Lili está vestida así? ¿Con quién va a luchar?
—Conmigo —responde Eira—. Solo es una prueba.
—¡Ella no necesita probarse ante nadie! —asegura molesto mi abuelo—. ¡Es la Prima Donna de la mafia italiana y la número Uno junto a su esposo! ¡No creo que seas la más indicada para luchar con ella!
—¡Señor Minetti, no me falte el respeto! —se ofende Eira.
Mi abuelo la observa con desprecio, no lo disimula. Sus manos, que hace mucho han dejado de temblar, la llevan a donde tiene su arma. Me adelanto y le coloco una mano en el hombro, tratando de tranquilizarlo y de hacerle ver lo que estamos haciendo.
—No te falto el respeto, todo lo contrario a ti —sigue enfrentando a Eira—. ¿Quién eres? ¿Con qué derecho vienes aquí a retar a mi nuera?
—Abuelo, está bien, está bien —me inclino y le digo algo al oído—. Está todo bien, es una trampa. Vete a cuidar a mis padres y llévate a los hombres fieles tuyos. James, ve con abuelo, no lo necesito aquí. Activa toda la seguridad.
Pero, lejos de alejarse, se pone de pie y camina hacia Lilian; la abraza y le da su bendición haciendo la cruz en su frente.
—No dejes que esa chica te maltrate; si la tienes que matar, hazlo. Tienes mi bendición —le dice muy serio.
—Gracias, abuelo, y no se preocupe —lo abraza Lilian—. Dígale a mamá que estoy ocupada, que cuando termine voy. No dejen entrar a nadie a ese cuarto, abuelo.
—Despreocúpate. Estaremos bien —la vuelve a abrazar y da dos besos en la mejilla.
Por fin, mi abuelo se marcha en compañía de unos cuantos hombres del cuerpo élite.
Eira, al ver aquello, sonríe, lo que no pasa inadvertido para mí y Rufo.
Tampoco para Humberto, que está escondido con todo el cuerpo élite y nuevos dragones de mi parte.
Camino despacio hacia Lilian, que está dejando que Migue le coloque bien las muñequeras.
—Lili, ¿quieres hacer esto? —pregunto bajito—. No es necesario; no tienes que demostrar nada a nadie, como dijo el abuelo.
—Sí, Ale, quiero hacerlo, no te preocupes, voy a estar bien —contesta con una sonrisa—. Y no lo hago solo por ella; quiero ver si estoy lista con un verdadero enemigo, vamos a comprobarlo.
—Alessandro, algo no me gusta —me dice Rufo por lo bajo—. Pon en alerta a todos. Ahora que sabemos quién es el verdadero dragón blanco, esto es una trampa.
Asiento con la cabeza. Le informo que ya me había dado cuenta de eso, Rufo, y a todos los que llegaron los atrapamos. Dejamos solo algunos para el espectáculo; Eira se va a llevar la gran sorpresa. Estoy seguro de que ellos no saben quién soy en realidad y los trajo engañados.
—¿Qué quieres decir, Ale? —inquiere preocupado.
—No me había dado tiempo de informarte; los chicos atraparon a una gran cantidad de bandidos —sigo contando sin que nadie más me escuche—. Lograron que les dijeran que los otros que están dentro de la casa son dragones.
—¿Dragones? —se asombra.
—Sí, aparecieron al fin los dragones blancos —le cuento con una sonrisa.
—¿Qué hacen con ella? —señala a Eira, que sigue convencida de que su plan es infalible.
—Eso es lo que no sé todavía —confieso, terminando de asegurarme de que todo en Lilian esté bien—. Quería agarrar uno y ver si nos dice.
Rufo se queda pensativo. Luego, como esperaba, me dice que mejor hacemos otra cosa; se le ha ocurrido una idea.
Me pide que saque el teléfono secreto con los números de los dragones.
Le pedirá a Lilian que le diga la clave para desbloquearlo de nuevo.
Llamaremos al dragón blanco para saber si es verdad lo que ella dice.
Estoy de acuerdo, porque es verdad que hay algo muy extraño en esa historia; aunque trajo una estatuilla del dragón blanco, sabemos que es falsa. Tal parece que quiere averiguar la clave que hace funcionar todo, y eso es algo que solo se debe saber entre el rojo y nosotros, nadie más.
—Se une con la parte que tú sabes para abrir la cripta, con el secreto de la sombra del Uno. Creo que todo lo que dijo es mentira —dice mientras caminamos de regreso a Lilian.
—Yo también lo creo; ella vino por Lili. Todavía no logro descifrar bien el motivo, pero está detrás de mi esposa —continúo diciendo—. Tampoco sé qué hizo para que los dragones blancos la sigan. No me gusta esto, pero dudo mucho que el abuelo le haya permitido usar sus hombres para atacarme a mí.