¡Ups! ¡No me equivoqué! 274. LOS RETOS DE EIRA
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274. LOS RETOS DE EIRA

ALESSANDRO:

Lilian hace lo que le digo. Eira, con solo mirarla, se da cuenta de que es indiscutiblemente el trabajo de su abuelo.

Muy pocas personas en el mundo han tenido el privilegio de que él creara un tatuaje único para ellas, y lo está mirando en la cabeza de Lilian: un excelente y hermoso tatuaje con la indiscutible firma de su abuelo.

—¿Y bien? —cuestiona Eira.

—¡Es ella, sin ninguna duda! —exclama realmente sorprendida.

Lo cual no dejamos de tomar en cuenta Rufo y yo, mientras la observamos desconfiados. Hay algo en Eira que todavía no nos cuadra y nos hace desconfiar.

—¡Lili es la hija del dragón rojo, al cual yo conocí durante años y compartí con él, y nunca supe que lo eran! —Eira se gira hacia mi esposa—. ¿Por qué no me lo dijiste, Lili? ¿No confías en mí?

—No es eso, Eira. Yo, como quien dice, me acabo de enterar —responde Lilian, a quien también le parece algo extraña la actitud de la chica.

Es claro para todos que no puede esconder la molestia que le provocó que ella sea, en verdad, la hija del dragón rojo: Kenet Lemert.

—¿En serio? ¿No sabías que eras la heredera del dragón rojo? ¿Por qué nunca vi tu tatuaje? —insiste Eira en su interrogatorio—. Si mi abuelo dice que te lo hizo de niña, pero que no regresaste a terminarlo. ¿Cómo es que ahora está completo?

Lilian va a responder, pero Rufo la interrumpe, estudiando a Eira con una expresión indescifrable. A estas alturas, la desconfianza ha crecido a pasos agigantados en nosotros. Esta mujer está aquí para investigar, no para unirse a nosotros.

—Veo que aún dudas de Lilian —señala Rufo, mirando a Eira—. Ella siempre se cubrió el tatuaje con una crema. Y es verdad que estaba incompleto, yo se lo terminé, no hace mucho. ¿Ahora puedes acabar de decirnos qué planean hacer los dragones junto contigo y esa tal Leslie Lemert?

Eira respira una y otra vez, disimuladamente, en su intento por recobrar la compostura.

Me coloco al lado de Lilian y la empujo hacia atrás.

Ella comprende y me sigue, justo a tiempo para ver cómo Eira, en un movimiento rapidísimo, le lanza un cuchillo al cuello que es interceptado en el aire por Rufo.

Al tiempo, le salto encima y la inmovilizo.

—¡Suéltame! —grita furiosa Eira—. Solo quería probar si ella está bien entrenada, como debe estarlo la hija del dragón rojo.

—¿Lanzándole un cuchillo al cuello? —inquiero, queriendo partirle el cuello.

—¡Suéltala, Ale! —se adelanta Lilian—. Eira, si en verdad quieres comprobar eso, solo tenías que pedirlo. Puedo demostrarlo luchando contigo.

Eira se ríe al escucharla, con una mezcla de incredulidad y diversión, mientras se sacude de la presión que ejercen mis manos sobre sus hombros. Su mirada, oscura e impredecible, se posa sobre mí con evidente interés.

—¿Tú? ¿Una médica? ¿Luchar conmigo? —repite lentamente, separando cada palabra, como si dudara de que hubiese entendido bien.

Le lanzo una mirada de advertencia a mi esposa.

*"No hagas ninguna estupidez, Lilian"*, le advierto sin decirlo.

Pero para alguien como ella, esas palabras nunca han sido más que un empujón para hacer exactamente lo opuesto.

Cruza los brazos y da un paso hacia adelante, ignorándome a mí: el capo de capos que la miro con el ceño fruncido.

—Escucha, Eira. Seré médica, pero también soy su esposa —dice, señalándome como si con eso bastara para explicar todo lo demás—. ¿Acaso crees que no sé en lo que él está metido? ¿Crees que he estado todo este tiempo sentada, sin aprender nada?

Rufo suelta un suspiro, un susurro de advertencia, aprieto las mandíbulas. La dejo; si Eira quiere ponerla a prueba, que lo haga a la cara.

—De acuerdo —declara Eira, limpiándose el polvo inexistente del hombro después de zafarse de mí—. Muéstramelo, Lili. Vamos.

—Alessandro… —murmura Rufo, pero simplemente levanto una mano para silenciarlo.

—Si ella quiere hacerlo, que lo haga —afirmo, apartándome finalmente y cruzando los brazos irritado.

Mi mirada ahora está completamente fija en ella, queriendo juzgar cada uno de sus movimientos. La veo como baja la mirada. Está asustada, no de Eira, sino de mí. Volvió a actuar impulsivamente, por esa condenada necesidad de demostrarme que no es una niña.

Eira da un paso al frente y, de repente, su semblante divertido se desdibuja. Ahora, frente a Lilian, parece otra persona: una sombra fría, calculadora, letal. La sonrisa despreocupada desaparece, y el corazón de Lilian late con fuerza, pero ella no se deja intimidar.

Las dos toman posición frente a frente, sus sombras alargándose bajo la tenue luz mortecina que filtra a través de las cortinas. No dejo de mirar la espalda de Lilian, mientras Rufo sopesa su puñal en silencio.

—¿Cuáles son las reglas? —pregunta, alzando la barbilla con arrogancia.

—Sin reglas, doctora —declara Eira sonriendo—. Así trabajamos aquí.

Antes de que Lilian pueda siquiera procesar sus palabras, ella arremete sin previo aviso, lanzando un golpe directo a su rostro. Lo esquiva por centímetros y da un paso atrás, viendo cómo la adrenalina le quema las venas. Sus puños, que nunca han conocido una guerra real, se tensan.

Logra contraatacar, moviéndose como le enseñé en esos interminables días de entrenamiento.

Sus nudillos rozan su rostro, no por falta de puntería, sino porque lo hace a propósito.

Su instinto le grita que evite golpearla con todo.

Eira puede parecer una loca, pero no deja de ser una aliada... ¿verdad?

Cuando Lilian prepara su siguiente movimiento, Eira sonríe. Es una sonrisa intimidante, pero no puede permitir que le afecte.

—Bien, doctora —afirma, esta vez más seria—. Quizás no seas tan inútil como pensé.

Me muevo con impaciencia detrás de ellas y mi voz corta la tensión como una hoja afilada.

—Basta ya, Eira —digo con frialdad, mi paciencia ha llegado al límite.

—Fue su propuesta, capo —dice Eira sonriente—. No estoy haciendo nada que ella no quisiera.

—Te lo advertí —gruño, dando un paso hacia el centro mientras mis músculos se tensan.

Miro a Lilian fijamente. Aunque estoy molesto, mis ojos tienen el brillo que siempre surge cuando logra superarme en algún movimiento o estrategia. Yo nunca lo admitiré, pero en el fondo, me gusta ver a mi esposa luchando. Rufo interviene, con voz grave pero calmada:

—Ya basta, Eira. Si ese tatuaje no te convence, deberíamos cuestionar tus intenciones aquí, no las suyas.

El rostro de Eira se endurece, pero con esfuerzo se aleja, relajando sus hombros en un gesto teatral.

Sé que esto no termina aquí. Lo sé porque, mientras Lilian se limpia una gota de sudor de la frente, el brillo en los ojos de Eira me dice que la está poniendo a prueba para algo mucho más grande de lo que todos sospechamos.

Y yo, como siempre, estoy dispuesto a jugar.