¡Ups! ¡No me equivoqué! 273. EL MENSAJE DEL DRAGÓN BLANCO
93%

273. EL MENSAJE DEL DRAGÓN BLANCO

ALESSANDRO:

La observo fijamente, su mirada oscura como la noche se posa en nosotros con una intensidad que podría haber helado la sangre en las venas de cualquiera. Pero yo no soy cualquiera. Y menos cuando tengo la certeza de que estoy a punto de escuchar algo que no voy a querer oír.

—Hace dos años, más o menos, apareció en casa del abuelo un alemán junto con un ruso y una chica que me recordaba a Lilian —inicia a contar luego de sentarse frente a nosotros—.

Fueron en busca del apoyo del dragón blanco, para que te obligara a asumir el puesto o cederlo a mi hermano.

También estaban en busca del dragón rojo que, me dijeron, era esa chica que llevaron.

Mi abuelo me hizo pasar por el dragón blanco.

Y todo este tiempo he estado infiltrada entre ellos, sé todo lo que tienen planeado hacer.

—¿En serio? —inquiero, cada vez más confundido y lleno de sospechas—. ¿Y por qué solo apareciste ahora?

Eira suspira profundo y da un paso adelante, quedando a escasos centímetros de mí. Esa cercanía no me agrada en lo absoluto, pero decido no moverme.

—No sabía que eras tú, Alessandro, el Uno —declara con una sonrisa—. Siempre dijiste que no te interesaba nada de la organización de los dragones. Pensé que se lo habían dado a otro.

—Es muy extraño que no lo supieras —digo con sospecha—. Se le informó a todos que era yo el UNO, hace mucho tiempo, y que me negaba a asumir.

Ella ladea la cabeza al ver la sospecha en mi mirada. Eira sabe muy bien que unas simples palabras no me van a engañar.

—Mi abuelo no me lo dijo —asegura con firmeza—. Ahora fue que lo supe, cuando me infiltré con ellos. Recuerden que yo estaba alejada de mi familia.

—Muy bien, ¿por qué no me contactaste cuando lo supiste? —cuestiono, sintiendo la presión de la situación.

Puedo ver que ella está empeñada en que le crea, pero esta vida dentro de la mafia me ha enseñado a no confiar a la primera en las cosas.

Al ver que ni Rufo ni yo le creemos, sigue diciendo que a ella también le habían entrado dudas.

Pensaba que estaba haciendo un complot para destruir la organización de los dragones.

Había visto las pruebas que aquella chica que llevaron a casa de su abuelo le presentó y creyó que era la hija del dragón rojo.

—Ya veo, y en vez de venir a mí, fuiste con los enemigos. ¿Y por qué te apareciste ahora? —interrogo, cada vez más frustrado.

Esa mujer no es fácil. Nos engañó por muchos años haciéndose pasar por un joven cuando estudiaba con nosotros. Y esa doble cara no podemos dejarla pasar.

—Vine ahora porque me enteré de que raptaron al dragón rojo. Hasta hace un momento no sabía que era Lili —declara de nuevo—. Venía a avisarte y también advertirte de lo que tienen listo para mañana. ¿Cómo escapó de sus raptores?

—Eso no viene al caso, lo importante es que lo hizo —respondo, intentando mantener la calma.

Aprieto las manos con fuerza alrededor de la escultura del dragón. Esta situación apesta a traición, y los traidores no tienen cabida en mi mundo, sin importar quién sea.

—Cierto, cierto, eso es lo relevante —se detiene un momento dudando—. Pero…, ¿están seguros de que Lili es la hija de Kenet Lemert?

—Rufo, enséñale todas las pruebas —ordeno, sintiéndome un poco abrumado.

—No, prefiero hacer yo mi propia prueba —se niega Eira—. ¿Puedo ver a Lilian?

El corazón me da un vuelco, pero mi rostro no muestra emoción alguna. La traición siempre llega de donde menos la esperas. Y esta chica me está preocupando. Me asomo a la puerta y llamo a mi esposa, que entra sonriente.

—Lili, ella es hermana del dragón blanco —la presento enseguida—. Quiere preguntarte algo.

Eira asiente lentamente. Mi mirada se endurece mirando a Eira con sospecha. Está aquí para investigar, puedo ver su recelo y audacia en la mirada.

—Lilian, ¿puedo ver tu tatuaje? —le pregunta con curiosidad, para sorpresa de todos.

—Claro, abre mi vestido y lo verás.

No entiendo lo que se trae entre manos, pero no detengo a Lili. Ella accede a su petición, quitando su blusa. Eira la somete a una minuciosa inspección y, al terminar, se coloca de frente a Lilian.

—¿Lili, tu papá te enseñó algo de pequeña que debías recordar? —pregunta con expectación.

Lilian la mira recelosa mientras se coloca la blusa de nuevo, sin entender. No es la primera vez que veo a uno dudar de esa manera. Aprieto la mano de mi esposa en forma de advertencia. Aunque sé que es muy inteligente, es muy confiada.

—Él me enseñó muchas cosas. ¿Qué es lo que quieres saber, Eira? —responde Lili, con una mirada de curiosidad.

—Un momento —interfiere Rufo—. Antes de que Lili te diga cualquier cosa, ¿puedes decirnos qué es lo que necesitas saber, Eira?

—La clave —responde Eira.

—¿La clave? ¿Te refieres a lo que te dije, Ale? —pregunta Lilian, sintiendo que la tensión en la habitación aumenta.

Esta pregunta me resulta demasiado sospechosa. ¿Por qué demonios quiere averiguar la clave que solo yo debo saber? Rufo piensa lo mismo que yo y le pide a Lilian que no responda nada. Porque eso solo debe saberlo el UNO. Luego se gira para Eira.

—Sí la sabe —le responde—. Soy testigo de ello.

—¿Estás seguro, Rufo? —insiste Eira—. ¿Pudiste abrir la cámara mortuoria con la sangre del dragón rojo?

—¡Un momento! —intervengo al ver a dónde lleva su preguntadera—. ¿Puedes explicarnos qué pasa, Eira? ¿Por qué crees que debemos contestarte esas preguntas?

—Porque veo que el tatuaje de Lilian sí lo hizo en parte mi abuelo, pero el de la otra chica también tiene muestras de lo mismo —dice en tono receloso—. Solo si ella sabe la clave que la otra chica dice haber olvidado, me convenceré de que ella realmente es la hija del dragón rojo.

—No va a hacer falta que te la diga; tengo algo mucho mejor que eso —me adelanto y saco el certificado de la marca—. Lilian, ábrete el cabello donde está tu marca que dice que eres mía. Espero que en ella reconozcas el trabajo de tu abuelo, pues esa no ha sido alterada.

—¡¿Qué!? —exclama Eira, realmente sorprendida, lo que no pasa desapercibido para Rufo y para mí—. ¡¿A Lilian mi abuelo le hizo la marca del Uno?! ¡Él nunca lo mencionó!

—Quizás porque no debía decírtelo —digo muy serio—. Lili, muéstrale la marca que dice que eres mía desde que naciste.