¡Ups! ¡No me equivoqué! 272. LA LLEGADA DE EIRA
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272. LA LLEGADA DE EIRA

LILIAN:

Después de que Melanie puede al fin dejar de llorar al vernos, nos cuenta que la vieja que había venido con la sirvienta de los Conti no era vieja. Estaba disfrazada. Ella la descubrió y la encerró hace dos días.

—¿Y por qué tus padres no avisaron? —inquiere el abuelo, receloso.

—Porque yo le había pedido permiso a mamá para irme con los abuelos a Milán. Ellos me creen allá —responde Melanie.

—Muy bien, vamos a ver de quién se trata —señala Alessandro.

De nuevo, todos nos dirigimos a la habitación que permanece custodiada. Tocamos a la puerta. Para nuestra sorpresa, la abre la figura de una esbelta mujer con facciones asiáticas y un largo cabello negro trenzado.

—¿¡Eira!? —pregunto asombrada.

—Hola, Lili —me saluda efusivamente. Le devuelvo el abrazo sin saber qué pensar. Luego, me giro para hablar con los demás.

—Ale...

Antes de que termine, Eira se desprende de mi agarre, da un enorme salto y ataca a Alessandro.

Él reacciona enseguida y comienza a luchar ferozmente con la chica.

Los demás se aprestan para ayudarlo, pero Rufo levanta las manos impidiéndolo.

De un salto, caen en el salón, y él se incorpora a la lucha, que más bien parece una danza.

Para asombro de todos, pero sobre todo para mí, Alessandro me toma de la mano y me introduce en lo que antes creía que era mi rutina de entrenamiento, la cual ahora se acopla perfectamente a lo que hacen los cuatro.

La realizamos para culminar en un punto exacto donde todos formamos la estrategia del dragón.

—¡Onyiwon! —ríen y exclaman al mismo tiempo Rufo y Alessandro—. ¿Eres una chica?

—¿No me digan que nunca se dieron cuenta de que lo era? —cuestiona ella, sonriente—. Y díganme, Eira, ¿cómo han estado, chicos?

—¿La conoces, Ale? —le pregunto, incrédula.

Alessandro no me responde de inmediato. Su mirada, oscura y afilada, se clava en Eira con una mezcla de reconocimiento y cautela.

Es como si estuviera evaluando cada palabra que ella dice, cada gesto.

Me doy cuenta de que él la conoce desde mucho antes, y eso me produce un cosquilleo incómodo en el pecho.

—Digamos que tenemos historia —contesta finalmente, con una sombra de burla en la voz, aunque su tono es seco—. Pero la conozco como un chico. Estudió con nosotros en el instituto, luego desapareció y ahora lo volvemos a ver. ¿Y tú de dónde lo conoces, digo, la conoces?

Eira, despreocupada, pasea la mirada por la estancia inspeccionando todo. Su sonrisa chispeante me irrita por razones que no logro entender por completo.

—Es nuestra amiga del barrio que te contamos Luci y yo, vivía en el apartamento al lado del mío —contesto sin dejar de mirarla—. Casi nos criamos juntas, hasta que desapareció hace unos años. ¿Dónde fuiste, Eira? ¿Qué pasó con la abuela Yoqui?

Doy un paso hacia adelante, interponiéndome entre los dos, aunque estoy temblando por dentro. Eira me observa entrecerrando los ojos.

—Ella murió, Lili —declara finalmente.

—Lo siento mucho —me apresuro a darle el pésame.

No sé qué clase de pasado comparten, pero algo me dice que Eira no está aquí por casualidad. Y, lo que es peor, la sensación de que guarda muchos secretos. Ella deja de prestarme atención y se gira hacia ellos.

—Alessandro, Rufo, necesito hablar con ustedes a solas primero. Con el permiso de los demás —pide, uniendo sus manos delante a la altura del pecho.

—Es cierto, tienes que explicarnos muchas cosas. Ven, acompáñanos —le pide Alessandro, haciendo una seña a todos para que se queden allí, sobre todo a mí.

Mi intuición me dice que entre Alessandro y Eira hay una relación tan enredada como peligrosa. Y de algún modo, sé que me afectará más de lo que estoy preparada para aceptar.

ALESSANDRO:

Entramos al despacho solos, dejando a los demás afuera. Cuando la puerta se cierra, Eira se gira y me hace el saludo de los dragones, inclinando la cabeza ante mí.

—¿Qué haces, Onyiwon? —le pregunto.

—Vengo a entregarte esto y a ponerme a tu servicio, jefe —me dice mientras me da una pequeña escultura de un dragón blanco.

—¿Qué significa esto? —inquiero, intrigado de nuevo.

Eira guarda silencio mientras nos observa. No la presiono. La manera en que se había presentado, más lo que me había contado Lilian, hace que mis alarmas se disparen.

—Mi hermano mayor era el que debía venir; él fue quien heredó a mi padre, el dragón blanco —declara Eira con seriedad—. Le hicieron una emboscada y lo asesinaron. Yo no puedo heredarlo.

Rufo y yo intercambiamos una mirada. Eso ya lo conocíamos, por eso no entendíamos por qué ella se aparecía aquí. Pero mantenemos el silencio para ver a dónde quiere llegar.

—Yo no tengo la sangre familiar, soy solo una hija adoptada. Mi abuelo me pidió que te regresara esto —me explica, inclinando la cabeza.

Extiendo la mano para tomar la figurilla al tiempo que Rufo y yo compartimos una mirada cómplice.

—Un momento, Eira. ¿Qué importa que seas adoptada? Puedes heredarlo si el abuelo te cree digna —digo, tratando de comprender su situación.

—No puedo. Rufo, dile la regla —me responde con un tono de resignación.

—Es verdad lo que ella dice, Ale —interviene Rufo—. A no ser que cambiemos esa ley, nadie que no posea la sangre de un dragón original puede tomar el mando.

—No entiendo por qué —replico, sintiéndome frustrado.

Rufo me hace señas de que me calme. Sé que aún tenemos que estudiar todas las leyes de la organización para actualizarlas. Resoplo y no digo nada más sobre el tema.

—Para eso estoy aquí: para pasarte todo el conocimiento que poseía el dragón blanco —informa, para nuestra sorpresa, Eira—. Sé que todavía no saben mucho de las reglas que rigen la organización, pero todo tiene un sentido y un porqué, y ese es el trabajo del dragón blanco.

—No es así, Eira —la interrumpe Rufo—. Por suerte contamos con todo muy bien documentado y sabemos cada regla.

Eira alza una ceja, escéptica, y cruza los brazos, evaluando a Rufo como si dudara de sus palabras.

Algo me dice que esta conversación va a abrir una puerta que lleva directamente al infierno.

Miro a Eira, que ahora desvía la mirada hacia la figura del dragón blanco que yo sostengo en mi mano.

No hay duda de que esta mujer sabe más de lo que está diciendo, y eso empieza a molestarme.

No me gusta que me oculten cosas, menos aún en mi propia casa.

—¿Estás seguro de eso, Rufo? —cuestiona con altanería—.

Mi abuelo, al morir mi hermano hace años, me mandó a buscar, por eso desaparecí.

Él no podía venir personalmente por estar muy enfermo, pero me instruyó en toda la sabiduría que debo transmitir a ti, Alessandro, y a Leslie, fue lo que me dijo.

Pero si me lo permites, hablemos de eso después.

Debemos ocuparnos de esta amenaza que te acecha.

—¿Qué quieres decir? —inquiero, sintiendo una creciente inquietud.