¡Ups! ¡No me equivoqué! 270. LA REUNIÓN
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270. LA REUNIÓN

MINERVA:

Dentro de la gran estancia de reuniones, todos los accionistas se miraban, tratando de entender para qué los habíamos llamado con tanta urgencia.

En el puesto principal, se encontraba sentado mi padre, el señor Boyle, conmigo a su derecha y Keyli a la izquierda, sonrientes.

Esta última se pone de pie para saludar, vestida con un traje muy sobrio.

—Buenos días, sé que muchos no me conocen y que están preguntándose quiénes somos —inicia a hablar con una sonrisa—.

Mi nombre es Lesie Lemert Cavalieri. Soy la legítima esposa de Damián Cavalieri y, a partir de hoy, la dueña absoluta de todo.

A mi hermana Minerva creo que la conocen, y él es mi padre, el señor Boyle.

—Perdón, señora, ¿puede demostrar eso? —pregunta un abogado—. Tengo entendido que la esposa del señor Damián murió en un accidente.

—Me avergüenza informar que la que se hacía pasar por mi hermana menor era una gran farsante —contestó con naturalidad—. Me encerró a mí junto a unos traidores y se casó con Damián. Sé que él lo descubrió, pero no dijo nada.

—¿Y por qué se presenta ahora? —inquiere otro—. Hace mucho que pasó lo de la muerte de la esposa del señor. Todo pasó a ser del señor Minetti.

—Ahora fue que me pude liberar de mis raptores, y vine a hacerme cargo de todo y a cuidar a mi querido esposo.

Es verdad eso que dice, pero un juez —digo, repartiendo la orden entre ellos que me otorga el derecho a todo—, cuando comprobó que era cierto todo lo que le acabo de decir, me devolvió el derecho de esposa.

Unos toques en la puerta hacen que se interrumpa. El asistente del señor Damián, Renart, entra y deja pasar a una gran cantidad de hombres que nos rodean.

—¿Qué significa esto, Renart? —pregunta un accionista.

—Buenos días, disculpen la interrupción —saluda, apartándose para dejar ver a una mujer—. Señores, les presento a Elsie Lemert, la dueña absoluta de todo.

—¡¿Cómo?! —exclamamos todos al mismo tiempo.

Esto no lo esperábamos; vemos cómo entran dos mujeres pelirrojas de una gran elegancia y parecido. A una de ellas la conozco: es Lucila, la hermana de Lilian Minetti.

—¿Qué broma es esta? —pregunto, poniéndome de pie.

—Buenos días —comienza a hablar Lucila en perfecto francés, como le enseñara Damián, sin darme importancia—. Disculpen la tardanza, es que me avisaron en el último momento y andaba viajando con mi hermana. Ellie, por favor, puedes ayudar a Renart a repartir todo.

De inmediato ambos se ponen a repartir las carpetas a todos los accionistas, que las abren de inmediato sin entender de qué se trata todo esto. Antes de que pueda leer, Lucila sigue hablando.

—Como pueden observar, soy la legítima dueña de todo —anuncia con una firmeza que me estremece—. El señor Minetti me lo vendió absolutamente todo.

—¡Eso no puede ser verdad! —grita mi padre, poniéndose de pie.

—Siento decirle que sí lo es —dice con frialdad Lucila.

—¡Pues lo reclamaremos ante el juez! Minetti no tenía el derecho a vender esta empresa que es de mi hija —reclama mi padre—. ¿Eres la hermana de Lilian Minetti?

—¡Esto debe ser una trampa de Minetti! —dice molesta Keyli.

Cierro los ojos un segundo y resoplo. ¿Por qué no me sorprende? Minetti no es un tonto, de seguro que lo tenía todo planeado por si sucedía esto. Pero no podemos dejar que gane. Keyli me mira, luego a papá, que se sienta y se calma.

—Con su permiso, señorita Lemert —comienza a hablar el señor Boyle.

Puedo ver cómo el jefe de seguridad, Acher, se le acerca por detrás. Al ver cómo papá mete su mano debajo de la mesa, lo mismo hacen todos sus hombres, que se acercan a cada uno de los presentes.

—Usted habrá comprado, como dice, todo del señor Minetti, cosa que fue ilegal —comienza a hablar con tranquilidad—. Minetti debería estar aquí dando testimonio de ello. Pero ningún juez le quitará el derecho a su verdadera esposa.

—Ya ve, en eso le doy la razón —dice sonriente Lucila—. La esposa del señor Damián Cavalieri posee todos los derechos sobre todas las propiedades de su esposo.

—¿Entonces lo reconoces, que todo me pertenece? —interviene Keyli de inmediato.

—No, querida —dice Lucila con una sonrisa—. Reconozco que la verdadera esposa de Damián Cavalieri, que se llama Elsie Lemert, tiene ese derecho.

—¡Ella está muerta, muerta! ¡Y era una farsante! —grita, alterada de nuevo, Keyli, y a mí me está pareciendo que Lucila se trae algo entre manos.

Le hago una seña a mi hermana para que guarde la compostura. Puedo ver la tranquilidad con que ella se comporta, lo que me dice que tiene un as bajo la manga, por eso no intervengo.

—Estoy de acuerdo contigo, querida —vuelve a hablar Lucila, tranquilamente—. Como mismo lo eres tú.

—¿Yo? —El rostro de Keyli cambia de color mientras me mira.

—Sí —dice Lucila y nos señala—. Los tres son unos farsantes que pensaron que podían venir a apropiarse de las propiedades de mi esposo por estar él en coma.

—¿Cómo te atreves? —gruñe Keyli, golpeando la mesa.

—¿Atreverme a qué? —responde ella con una sonrisa gélida—. ¿A decir la verdad? ¿O a verte murmurar tus mentiras, tratando de imponer tu desfachatez en mi mesa? Vienes aquí diciendo que eres la esposa de mi esposo. ¿Cómo quieres que lo diga?

Todos guardan silencio ante ese anuncio.

No puedo creer que Damián se casara después de enviudar.

¿O es una trampa de Minetti? Solo escucho mi propia respiración y, al alzar la vista, los ojos furiosos de Keyli se clavan en mí, como si su mayor acusación fuera que estoy permitiendo que Lucila tome el control.

Pero, honestamente, no tengo ninguna intención de interrumpirla.

Quiero saber a dónde va a llegar con esto.

—¿Esposo? ¿Qué quieres decir con esposo? —pregunta un abogado.

Nunca pensé que la hermana más joven de Lilian Minetti me haría sentir tan perdida y al mismo tiempo completamente inútil. Cada palabra que dice golpea como una bala certera en los puntos más débiles de nuestros planes.

—Soy Elsie Lemert Cavalieri, la legítima esposa de Damián Cavalieri desde hace muchos años —la otra pelirroja entrega unas copias—.

Pueden ver el certificado de matrimonio.

Es cierto que Keyli mandó a la pobre de Denis a casarse con Damián en su posición en aquel tiempo.

Pero él se dio cuenta de la estafa y mandó a buscar mis verdaderos papeles a Escocia.

Luego se casó conmigo, después de divorciarse, como pueden ver, de la falsa Lesie Lemert.

—¡Eso es mentira, mentira, no lo crean! —grita Keyli, rompiendo en pedazos la copia del certificado—. ¡Debe ser otra trampa del señor Minetti!

—¡No lo es! —se escucha una voz gruesa de hombre detrás, seguida de exclamaciones—. Ella es mi legítima esposa. Elsie Lemert Cavalieri, propietaria de todo.

—¡Damián!