¡Ups! ¡No me equivoqué! 268. LA VISITA DEL LOBO
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268. LA VISITA DEL LOBO

ALESSANDRO:

Salimos raudos para nuestra casa. Al llegar, vemos una gran aglomeración en la entrada. Humberto se baja para averiguar qué sucede y regresa al momento.

—¿Jefe, se acuerda del capo de Rusia? ¿Aquel que lo ayudó? —pregunta por la ventanilla.

—¿Quién? —Lo miro sin entender.

—El Lobo, dice que usted sabe quién es —insiste de nuevo.

Asiento de inmediato al escuchar su apodo. Humberto dice que me está esperando con muchos hombres, queriendo entrar a mi casa, y los nuestros no lo dejan. De inmediato le indico que lo llamen. Lo veo alejarse para regresar al momento con el Lobo, que me saluda emocionado. Le pido que suba al auto.

—Jefe, disculpe por esto —dice en cuanto se sienta—. No es que quisiera entrar a la fuerza a su casa, pero sus hombres nos rodearon y eso me molestó. Aunque los entiendo, ellos no me conocen.

—Faddei Volkov, ¿es tu nombre? —pregunto fríamente.

—Sí, jefe, gracias por no olvidarlo —sonríe satisfecho—. Pero todos me conocen por el Lobo.

—Te presento al capo mayor Alessandro Minetti, mi abuelo —digo mientras enciendo la luz.

El Lobo, de inmediato al escuchar eso, se inclina emocionado mientras saluda al abuelo. Este lo mira fijamente, estudiándolo sin decir nada.

—¿Qué te trae por aquí? —pregunto a continuación.

—¡Lo conseguí, jefe, lo conseguí! —Lo miro sin entender a qué se refiere—. Sé que anda detrás del llamado Dragón de Fuego. ¡Lo atrapé, jefe, lo atrapé y se lo traje! ¡Está en mi auto!

Me cuesta entender. ¿Atrapar al Dragón de Fuego? Eso es imposible... pensé. Abro la puerta del auto, bajo con calma, pero llevo mi pistola en la mano derecha. Mis hombres siguen rodeando a los nuestros. El Lobo, viendo mi duda, alza las manos y me busca con la mirada.

—¡Es cierto, Alessandro! —dice con un ahogado susurro, consciente de mi escepticismo—. No estoy aquí para jugar contigo, nunca lo haría, lo sabes. Manda a tus hombres. Que revisen.

Le lanzo una mirada, fría pero inquisitiva. No digo nada. Hago un gesto con la cabeza hacia Humberto, que asiente y va a comprobar. Desde allá, luego de revisar, asiente. El Lobo sonríe de oreja a oreja, como un lobo que finalmente había capturado a su presa.

—Le dije, jefe —dice, su tono lleno de triunfo—. Traje al Dragón de Fuego para usted.

—Vamos a ver —musito, saliendo del auto y caminando hacia el suyo.

Me detengo en seco al ver lo que hay dentro. Una figura amarrada, con la cabeza gacha, apenas moviéndose. Es un hombre. Aunque ensangrentado y algo golpeado, no cabe duda: es quien he estado buscando durante meses, el maldito Dragón de Fuego. Volteo hacia Faddei, que sigue de pie junto a mi auto.

Me quedo callado mientras observo a mis hombres. Le extiendo la mano al Lobo, que me la estrecha sin dejar de sonreír. Sé que hace mucho quiere venir a vivir a Roma, creo que esta vez lo logró.

—Acompáñame —digo, volviendo al auto—. Tu asunto está casi resuelto.

LILIAN:

No me he movido del cuarto de mis suegros en todo este tiempo.

He dado órdenes de rodear la casa y, mientras tanto, practico con las modificaciones que Luci hizo a las ametralladoras que tenemos.

Necesito estar preparada para cualquier cosa, siempre alerta.

También he estado revisando las grabaciones de las cámaras de seguridad con paciencia, adelantando y deteniéndome una y otra vez, hasta dar con lo que busco.

Y ahí está. No me cabe la menor duda, fue una mujer quien nos atacó.

Está vestida completamente de negro y su rostro está cubierto, pero su silueta es inconfundible.

Veo cómo se desliza hacia la casa y, de la nada, desaparece por la parte posterior.

Detengo la grabación y suelto el mouse. Mi cabeza está llena de preguntas, demasiadas que no termino de procesar.

Sigo reproduciendo todas las tomas, intentando encontrar algo más, algún detalle que revele de quién se trata.

Algo en ella… no sé, hay algo que me suena, algo que no puedo identificar.

Estoy tan absorta en mi tarea cuando unos golpes inesperados en la puerta me sacan de mi concentración.

Levanto la cabeza y veo aparecer a la sirvienta de los Conti, con un semblante nervioso.

—Perdón que la interrumpa, señora Minetti —me dice con voz suave.

—No hay problema. ¿En qué puedo ayudarte? —respondo, intentando sonar calmada.

La verdad es que estoy todavía desconcertada por lo que acabo de ver en las grabaciones. La joven parece nerviosa, como perdida, y se frota las manos antes de hablar.

—Es que mi mamá no se siente bien y no puedo encontrar al doctor Rufino. Después de que entraron todos esos autos, no vi a dónde se fue. ¿Sabe dónde puede estar? —Es claro para mí que quiere saber.

Permanezco en silencio por unos segundos, observándola. Hay algo en ella... no sé qué es, pero me resulta extrañamente familiar. Su apariencia no parece ser un detalle menor para mí; noto algún detalle en su físico o, ¿quizá es la manera en que me habla? No podría decirlo con exactitud.

Me incorporo un poco para cerrar la computadora frente a mí de manera instintiva, evitando que pueda ver lo que estaba haciendo.

—¿Qué le pasa a tu madre? —pregunto tratando de sonar profesional—. Yo soy doctora, puedo revisarla, pero no puedo moverme de aquí ahora mismo.

—Mi mamá solo se siente mareada. Estaba buscando al doctor Rufino. ¿Dice que no sabe dónde está? —insiste en averiguar.

La forma en que sigue evitando mi ayuda y enfoca sus preguntas en Rufino termina despertando aún más mis sospechas. Estoy alerta.

—No, no lo sé. Pero, ¿ya lo buscaste en su habitación? Tal vez se encuentre allá —le sugiero sin perderla de vista.

—Busqué, pero Miguel me dijo que no estaba y que no sabía dónde podría estar —dice, claramente incómoda, buscando otra respuesta que no puedo darle—. ¿No dijo a dónde iban?

Su insistencia me parece demasiado, y veo una tensión extraña en sus gestos. No lo resisto más.

—Bueno, si Miguel no sabe, mucho menos yo —digo finalmente, manteniendo un tono frío—. Pero, te repito, soy doctora. Puedo mirarla, no hay problema.

—No, no. Prefiero esperar a que el doctor Rufino aparezca. Muchísimas gracias, puedo esperar —responde apresurada, casi en un susurro, haciendo un gesto para despedirse rápidamente y girándose hacia la puerta.

La observo alejarse y noto algo en ella que me desconcierta aún más. Un pequeño gesto con el pie, algo que hace que me quede pensativa. Ese ademán se me hace sumamente familiar. ¿Quién eres? Lo voy a recordar, siempre lo hago.