¡Ups! ¡No me equivoqué! 267. AGARRANDO A DRACO
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267. AGARRANDO A DRACO

PEYTON:

En la ciudad, las cosas son tensas. Varios autos se detienen en la pared blanca detrás del museo. Nos bajamos y nos dirigimos a ella.

—¿Y dices que esta enorme pared se deslizó completa? ¿Estás seguro de eso? No veo una sola huella de lo que dices —dice Draco sin dejar de inspeccionar el lugar.

—Le digo que lo vi con mis propios ojos, el capo mayor, el viejo Minetti, llegó con unos chicos en una rastra —le explico, molesto porque no me cree—. La pared se abrió y la rastra entró, luego el UNO salió, lo abrazó, se fue y la pared se cerró.

—¿Viste desde dónde la cerró? —preguntó Draco.

—¡No, jefe, me fui en cuanto vi salir a sus sabuesos detrás de él! —dije, mirando alrededor—. Esos al mando del tal Humberto son enormes y siempre andan con armas largas y esos aparatos de ver de noche. Me fui porque si me ven, no hago el cuento. Pero le digo que lo vi, lo vi.

—¿Y cómo no hay ningún rastro de ruedas ni nada? —quiso saber Draco.

Levanto los hombros, mirando el piso. De seguro que lo limpiaron; esos tipos no son un juego. Nunca dejan cabos sueltos. Pero esa enorme pared se desliza hacia la izquierda, de eso estoy seguro, no estoy loco.

—No sé si creerte. ¿Viste al menos qué sacaron? —preguntó Draco con desconfianza.

—Le digo que me fui, no quiero caer en manos de los hombres del UNO. ¿No se enteró? —pregunto mirando a lo lejos—. Milán entero bajó para Roma. Hay hombres de Sicilia y de todas partes. Los hoteles están llenos de los hombres de confianza del jefe y el capo mayor.

—¿El viejo Minetti no me dijiste que tenía Alzheimer? —preguntó Draco.

Guardo silencio al ver un auto que dobla en la esquina; me escondo detrás de una columna por si acaso. Parece que me asusté por gusto. No sé qué pensar de toda la enfermedad del viejo Minetti. Al parecer, era mentira, para que el nieto asumiera que no quería hacerlo.

—Alessandro, el nuevo jefe, está moviendo cielo y tierra, está llamando a todos.

Ayer mismo la policía encontró a diez hombres muertos —sigo contando todo lo que sé—.

Pero lo raro, jefe, es que cuando volvieron a buscarlos ya no estaban, nadie sabe dónde se metieron, no había ni una gota de sangre, el terreno limpio.

—Me parece que ves demasiadas series de terror —dijo burlonamente.

—¡Jefe, el dragón negro está acabando! Se lo digo —insisto, viendo que no me cree por la manera en que me mira—. Debemos irnos de Roma.

—Deja el miedo, vamos a revisar bien esto —ordena de nuevo—. A lo mejor descubrimos por dónde se entra. Mi hermano está allá abajo, lo sé.

Otra vez con esa idea. Lo sigo mirando alrededor, insisto en que debemos irnos. Si nos quedamos, nos van a atrapar. Pero Draco solo se burla de mí, llamándome cobarde.

—¿No dijiste que se fueron? —pregunta mientras revisa la pared.

—No, jefe, no se fueron —digo, levantando las manos—. Le dije que no debíamos venir.

Tengo un mal presentimiento. Miro alrededor sintiendo que nos están acechando, pero no veo a nadie. De pronto, como salidos de la nada, aparecen muchas sombras que nos rodean.

—Draco, Draco, Draco —dice Alessandro, acercándose junto a sus hombres que nos rodean—. En verdad no creí que me fuera a ser tan fácil atraparte.

—Jefe, no sé quién es ese Draco que menciona —dice Draco, tratando de parecer tranquilo—. Está confundido, yo me llamo Rysen Brayton.

—¿Qué me dices, Peyton? ¿Me engañaste? —pregunta dirigiéndose a mí el UNO, y me encojo retrocediendo.

—No, no, señor, él es Draco, es Draco, lo que tiene una máscara —aseguro y camino a colocarme al lado de Minetti.

Nos tienen rodeados, no soy tonto, siempre estoy al lado del más fuerte. El jefe les hace una señal a sus hombres, que desarman a Draco y le quitan la máscara.

—¿Ve, señor? Se lo dije, se lo dije —me apresuro a señalar a Draco.

—¡Peyton, eres una rata traidora! —grita Draco e intenta sacar algo de su manga, pero antes de que suceda, Minetti le da un enorme puñetazo que lo lanza al piso, lo agarra por el cabello y lo golpea con toda su fuerza, luego lo tira.

Estoy aterrado, sé que soy un cobarde, pero no me voy a dejar matar por un estúpido. En ese momento, el capo mayor se baja del auto y camina despacio.

—Todo tuyo, abuelo —dice Alessandro—. Él es uno de los que le hicieron eso a papá y mamá, ¿lo recuerdas? Es el hermano de Teron.

El capo mayor Minetti no dice nada. Se detiene delante de Draco, que está arrodillado a sus pies. Luego saca la espada que tiene dentro de su bastón y comienza a penetrarla despacio en una pierna de Draco.

—No lo mates, abuelo, lo lanzaré junto a su hermano donde tenían a mis padres —lo detiene Minetti—. La muerte es un castigo demasiado bueno para ellos. Humberto, llévalo con los otros.

—Antes de tirarlo, lo quiero en el sótano de la casa —dice el viejo Minetti, que tiene una mirada fría y espeluznante que me hace estremecer.

Alessandro detiene a su abuelo colocando una mano sobre su brazo, mientras le dice que deje eso para después.

Tiene que ir por las ratas que están reunidas en casa de los Conti ahora.

Pero el viejo Minetti lo detiene, diciendo que mejor regresen a su casa.

Lo que le contó no le gusta para nada. Quiere asegurarse de que sus padres estén bien.

—Lili los cuida, abuelo —señala Alessandro—. Rufo y Renzo también están allá.

—Hazme caso, Ale, vamos a sacarle muchos secretos a Draco primero. Deja que sigan nerviosos y asustados —lo aconseja el viejo Minetti.

Al fin, el jefe asiente y se dirigen al auto junto con los demás, que montan a Draco en una camioneta. De pronto, el UNO se detiene.

—Vaya, abuelo, mira el mensaje que me mandó el capo Cian —ríe visiblemente satisfecho—. ¿Quién lo iba a decir?

Sigue riendo mientras le muestra el teléfono al abuelo. El viejo lo toma y lo lee despacio. Luego levanta la cabeza para mirar a su nieto.

—¿En serio? ¿Ese desgraciado ha estado todo este tiempo entre nosotros y no nos dimos cuenta? —pregunta con incredulidad y satisfacción.

Miro cómo Alessandro asiente mientras lo ayuda a montar en el auto. Lo escucho claro cuando dice que no pensé que fuera él y ríe.

—Esto nos hizo la noche —dice mientras se sienta al lado del anciano—. Ya le mandé a decir que nos lo llevaran para el sótano. Tienes razón, abuelo, es mejor dejar que estén muy nerviosos; ellos solos están cayendo al salir de sus cuevas.

¿De quién diablos hablan? Esto no me gusta nada, pero no me queda de otra que alejarme como me ordena Humberto. Esto se va a poner feo, muy feo.