266. EL ATAQUE EN EL CAMPO DE GOLF
LILIAN:
Lo vi cerrar los ojos unos segundos, exhalando pesadamente. Era evidente que estaba luchando por contenerse, batallando con emociones que ni él mismo comprendía del todo. Y yo lo sabía: otra vez la había liado.
—¿Y aun así me lo ocultaste, por miedo a que lo mate? —Sus celos volvieron a salir. Negué con la cabeza—. ¿Y qué es, Lilian? ¿Qué es?
—Que no escuché bien, Ale. Me pareció que decía eso, pero no podía oír bien, ¿y si entendí mal? —pregunté sin quitar mi mirada de la suya.
—No entendiste mal —dijo con seguridad—. ¿Se te olvidó que mis hombres te siguen a donde quiera que te metes?
—¿Estaban en el baño conmigo? —pregunté horrorizada.
Alessandro giró la cabeza mirando a nuestros hombres a lo lejos antes de asentir con la cabeza. Sus hombres estaban en el baño de al lado, y todo lo que le acabo de decir ya se lo contaron ellos. Lo peor no es eso, sino que es verdad que Andy está trabajando con nuestros enemigos para atraparme.
—A su mamá no le hizo nada el capo Cian; más bien, la salvó de la sobredosis que tenía cuando llegaron, la mandó al médico —aseguró para mi sorpresa—. Y fue su padre, el doctor Mancini, quien la había inyectado.
—¿En serio? —pregunté incrédula.
—Sí, por eso fue que por poco lo matan. Y también para averiguar todo sobre la décima de dragones.
Además de Draco, ¿qué otro dragón estaba infiltrado entre nosotros?
—siguió informando todo lo que había averiguado—.
Y otras cosas más. Esperé que corrieras hacia mí a decírmelo al instante, como me prometiste, pero ya veo que una vez más tus promesas no valen nada.
—Ale, yo… —traté de justificarme.
La vergüenza me recorrió por completo, pero, antes de que pudiera decir algo más, me tomó del rostro entre sus manos y, con un movimiento impulsivo, pegó sus labios a los míos. Habría sido fácil resistirme, pero no podía. Nunca podía con él.
—Lili, Lili. Quisiste otra vez dudar de mí y tratar de justificar lo que no tiene justificación.
Te lo dije, te demostré que Andy no es bueno, te utilizó y abusó de ti toda la vida —dijo con su frente apoyada en la mía—.
¿Hasta cuándo, Lili? ¿Qué te tiene que hacer para que lo veas como realmente es?
Termina de hablar, me suelta y sale caminando, seguido de mí, en silencio. De pronto, una sombra sale de la nada; lo empujo y me cubro con mi cuerpo. Alessandro cae mientras escucha un silbido y un golpe seco.
—¡Aaaah…!
Saco mi arma disparando contra la sombra que corre a ocultarse detrás de un arbusto. Alessandro se pone de pie al momento y corre detrás de mí, pero desaparece. Al girarme, lo veo acercarse tambaleante.
—¡Lili…! ¿Dónde te dieron? —pregunta preocupado.
Me apresuro a contestar que no es nada, solo es un rasguño en la pierna. Alessandro me revisaba con la mirada, oscilando entre la rabia y un destello de vulnerabilidad que me arrancó el aliento.
—Tienes razón, Ale; todavía quiero creer que Andy me amó. Aún no quiero aceptar que me utilizó —confieso mientras le tomo la mano—. Pero no lo amo, Ale, no lo amo. Te amo a ti, ¿me escuchas? Te amo a ti, daría mi vida por ti.
—Deja que mire dónde te dieron. Parecía una mujer —dice revisándome—. Espera, eso no es una herida de bala; parece de un arma ninja. Gracias al cielo que es solo un rasguño, ¿por qué hiciste eso? ¡Pudieron matarte, Lili!
Había reproche en su voz, pero también miedo que no podía ocultar. Sentí un nudo en el pecho al ver ese destello de desesperación en sus ojos. Nunca lo había visto así, tan frágil y a la vez tan lleno de furia contenida.
—Ale, no te molestes, me aterró la idea de perderte. Sé que soy una tonta —murmuré, tomando su rostro entre mis manos temblorosas. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas—. Pero nunca dejaré que te pase nada, porque te amo, Ale, te amo más que a mí misma.
Mientras me revisaba, su mandíbula tensa, mientras no me soltaba. Sujetó mis muñecas con delicadeza, obligándome a mantener firme el contacto visual.
—Esto tiene que terminar, Lili. No puedo permitir que sigas poniéndote en peligro de esta manera —siseó, con una mezcla de súplica y autoridad en su tono—. Si te pasara algo... yo… no podría soportarlo. Vamos, tiene que verte Rufo; no vaya a estar envenenada.
—No es nada, Ale —dije, queriendo aclarar bien las cosas—. Vamos a la casa del lago, está más cerca; tengo de todo allí. Ayúdame, me duele un poco.
—Deja que te cargue. ¿Por qué tienes un silenciador en tu arma? —pregunta mientras me carga en su espalda y se dirige a la casa del lago, mirando cómo sus hombres rastrean la finca.
—No me gusta el ruido del disparo; después me siguen sonando los oídos —expliqué, recostando mi cabeza en su espalda.
Sonreí a pesar del dolor punzante en mi pierna. Era extraño cómo, en medio de todo el caos y el peligro, podía encontrar un resquicio de calidez en sus palabras, en su temor por mí.
—Lili, ¿no sabes que el ruido de un tiro te puede salvar porque avisa a los demás?
¿Te diste cuenta de que nadie vino, nadie se dio cuenta de lo que pasó?
Solo cuando les avisé reaccionaron —no había pensado en eso—.
Tiene que ser alguien que sabía que tú haces eso, y yo andaba sin armas; utilizó ese tipo de armas precisamente por eso, porque no hacen ruido. En conclusión, tenemos un espía.
—Debe de estar disfrazado —dije pensativa—. Parecía una mujer por su tamaño y cuerpo. ¿A eso será a lo que se refería Eva? ¿Será una mujer, Ale?
—También me pareció. Las únicas extrañas son las sirvientas de la casa Conti, los niños de Mili y la señora María —analizó sin dejar de andar—. Vamos a curarte e ir a mirar las cámaras de seguridad; de seguro encontraremos algo.
No dije nada; él siguió diciendo que luego iba a ir con su abuelo a solucionar algo. Iba a ir yo, pero ahora herida no puedo.
—Por favor, Lili, quiero que no te separes de mis padres; no me gusta eso del espía, y avísale a tu mamá que cierre la puerta —dijo muy serio—.
Si es posible, quédense juntas cuidándolos.
Migue que cuide a la señora María. Lilian, por una vez no seas tú, y sé mi señora Minetti, responsable de la seguridad de todos en la casa.
—Lo seré, Ale. Sé que ya no confías en mí, pero lo seré —aseguré con firmeza—. No dejaré que le pase nada a tus padres. Tú, cuídate allá afuera; regresa a mí, Ale, por favor.