265. ÉL ES MI AMIGO
RUFINO:
Veo cómo Alessandro se aleja porque lo llamó Humberto, mientras me lanza una mirada de entendimiento.
Quiere que siga interrogando a mi padre.
Él, como yo, siempre anheló tener un hermano, lugar que llenó conmigo y yo con él.
La idea de tener una hermana de verdad lo llenó de expectación; puedo verlo en su mirada.
Papá me miró, levantando los hombros, diciendo que no sabía. Pero la señora Minetti vivía clamando por una niña llamada Alexa, y encontraron muchos dibujos en las paredes de esos que hacen los niños.
—Pero el señor Alessandro jamás habló de ello, jamás —aseguró, llenándome de confusión—. Solo cuando les dijimos que el dragón blanco se había hundido en ese remolino, lloraron. Ambos lloraron.
No lo entiendo. Si la niña que menciona era de ellos, ¿cómo no se preocuparon cuando desapareció? ¿O no era suya?
—Lo extraño fue que el dragón blanco se lanzó gritando como un loco, como si fuera a salvar a alguien —siguió contando papá, pensativo—. Pero estaba muy oscuro; no podía distinguir bien desde donde me encontraba.
—¿Cuántos años hace que pasó eso? —quise saber.
—No muchos —contestó, contando con sus dedos—. Deja ver, ya habíamos rescatado a los primeros dos hijos de Mili… hará unos siete años, o menos. En verdad, no estoy seguro de nada; por eso te digo que no le digas nada a nadie hasta estar seguros.
—No sé, papá. No le oculto nada a Ale. Es el hermano que me salvó. El primer hombre que mató fue para salvarme a mí —le cuento, mirando cómo se aleja con Lilian de la mano—. Confía ciegamente en mí, y no quiero que eso cambie. No, papá, definitivamente tengo que decírselo a Ale.
—¿Por qué, Rufo? —protestó papá—. Es verdad que es tu jefe, pero piensa: le vas a traer más desasosiego que otra cosa por algo que no sabemos si es verdad.
—Papá, Ale se volvió un asesino por salvarme a mí. Juré que jamás lo engañaría ni traicionaría, por nadie, papá. Por nadie.
Mi padre se quedó observándome con el ceño fruncido. Era claro que no tenía ni idea de lo que me había sucedido después de que se los llevaron. Me senté a su lado, soltando un gran suspiro.
—Papá, ¿te acuerdas de los prestamistas que te engañaron? —inicié.
—No eran prestamistas. Eran nuestros enemigos —me aclara enseguida—. ¿Qué pasó con ellos?
Bajé la cabeza, avergonzado. Me llené de valor y le conté que después de ese día me maltrataban a cada rato, queriendo que me metiera a vender drogas.
—¿¡Qué!? ¡Esos malditos! ¿Cómo te escapaste de ellos? —Se puso de pie, furioso—. ¿No me digas que lo hiciste, Rufino?
Negué con la cabeza, levantándola para mirarlo fijamente. Él me sostuvo la mirada con pena. Acarició mi rostro como si fuera su hijo pequeño.
—No acepté. Un día que me estaban matando en la calle, Alessandro, que era un niño como yo, se bajó de su auto con un arma que era casi más grande que él y le disparó en la frente al mafioso que me golpeaba —pude ver cómo los ojos de mi padre se llenaron de dolor y, al mismo tiempo,
de admiración por mi amigo—.
No solo eso. El abuelo Minetti me cuidó, me hizo su nieto, y hoy soy por él un gran doctor, papá.
Este hospital es casi mío. Por eso no puedo ocultarle nada. Nada. Es mi hermano del alma, papá.
Mi padre volvió a sentarse, abatido, apoyando su cabeza entre las manos callosas, cubriéndose la cara como si intentara empujar hacia abajo el peso de tantos recuerdos indeseados.
Pensé que ahí terminaría la conversación, que cedía a lo inevitable.
Pero no. Alzó la mirada, esa típica mirada cargada de terquedad, la misma que yo había heredado de él.
—Escúchame bien, hijo —dijo con tono firme—, no se lo ocultaremos.
LILIAN:
Después de regresar a la casa, veo a Alessandro caminar por el campo de golf, alejándose de mí. Corro detrás de él. Sin embargo, a pesar de que me escucha muy bien, no se detiene, hasta que al fin le doy alcance y lo abrazo.
—Ale, que no te lo iba a ocultar —le digo, colocándome frente a él—. Solo quería averiguar quién es esa persona que ellos dicen.
—Lilian, en verdad, estoy muy cansado y no quiero molestarme —dice con un suspiro, tratando de seguir, pero lo detengo.
Me mira fijamente antes de continuar hablando—.
Si tanto te preocupa Andy, si tanto miedo me tienes, si lo quieres proteger de mí, incluso en contra de tu propia seguridad, eso solo me demuestra una cosa: lo amas a él más que a mí. Y no son celos, es un hecho.
—¿Cómo puedes decir eso? —pregunto, realmente sorprendida de que haya llegado a esa conclusión.
—Ya te dije que no quiero molestarme, Lilian —dice de nuevo, intentando seguir, pero no lo dejo—. Por favor, vete y déjame solo. Necesito tomar aire. Tengo demasiadas cosas en que pensar.
—No lo haré, no lo haré —me niego con vehemencia—. Puedo meterle un tiro a Andy entre ceja y ceja si tengo que hacerlo por salvarte, ¿me escuchas? No te lo dije porque no escuché bien; quería estar segura de que lo que dijo Eva es verdad.
Alessandro parecía querer leer mi mente por la manera en que me mira. Estaba rígido, sabía que lo había enfurecido, pero antes de dejar que me apartara, lo empujé ligeramente en el pecho.
—¡Dios, Alessandro! No se trata de él; ¡ni siquiera sé por qué siempre saltas a esas conclusiones absurdas! —solté, dejando que mi frustración hiciera eco en mi tono.
Él entrecerró los ojos, peligrosamente. Esa mirada helada, grave, que pudiera hacer que cualquiera retrocediera. Cualquiera, menos yo.
—¿Qué fue lo que escuchaste? —preguntó directo.
—Eva dijo que había alguien infiltrado entre nosotros que había estudiado contigo y Rufo —me apresuré a decirle—. Dijo que nosotros lo conocíamos y que no nos habíamos dado cuenta. Eso era lo que quería averiguar; mencionó a Eira. Pero no estoy segura, no podía escuchar bien.
Pude ver cómo luchaba intensamente en su mente. No era frecuente que Alessandro Minetti se quedara sin palabras, pero ahí estaba, mirándome sin saber si debía creerme o no.
—¿Qué más escuchaste? —preguntó de nuevo.
—Dijo que Andy estaba muy molesto por lo que le mandaste a hacer a sus padres y que la iba a ayudar para raptarme —dije de un tirón—. Todavía no lo puedo creer; no creo que Andy sea capaz de hacerme eso, él me ama.