264. LAS MEMORIAS DE RENZO
ALESSANDRO:
Todo se hace como había dicho. Trasladamos a mis padres a la casa, a su habitación, transformada en una como la de un excelente hospital.
El abuelo se retira al despacho junto con la señora Libia, que está muy preocupada por él.
Los padres de Rufo serán operados más adelante.
Renzo se niega a no participar de la cacería que he organizado. Quiere venganza por lo que le hicieron.
—¿Papá, dices que el dragón blanco desapareció un día en el lago? —pregunta una vez más Rufo.
—Sí, se lo tragó una corriente en forma de remolino; no pudimos hacer nada. Lo vi con mis propios ojos —asegura Renzo—. Fue a los pocos días de nosotros habernos escapado. Fue él quien nos encontró y nos salvó. Pero no nos llevó con él, sino que nos escondió.
—¿Él podía abrir las puertas? —pregunté sorprendido.
—Hay un mecanismo extraño con esas puertas, hijo —respondió Renzo—. No sé muy bien, pero cuando se abre la puerta de afuera, todas las demás se cierran, y hasta que no vuelve a cerrarse desde afuera, no se abren, y no todas lo hacen. Me pasé mucho tiempo estudiando eso.
Lo miramos concentrados mientras nos explica cómo funciona ese mecanismo. Lo hacía porque trataba de rescatar a Donato y a Mili. Pero no sabíamos de qué estaban hechas sus celdas; no seguían el mismo mecanismo que las demás. Solo Draco las podía abrir; ni siquiera Teron podía hacerlo.
—¿Y el anillo del padre de Ale, no lo encontraron? —preguntó Rufo.
—Lo habían escondido para que no lo cogiera Teron, en la habitación del oro; por eso se quedaron encerrados.
Ese anillo, Rufo, no abre todo —siguió explicando Renzo—.
Por ejemplo, llegamos muchas veces hasta la cripta del oro, después del bosque.
Pero no pudimos abrirla jamás y regresamos a donde teníamos el huerto.
—¿Cómo lograron hacer ese huerto? —quiso saber Rufo—. ¿En verdad vivían de él solamente?
Renzo pasó a explicar que los dragones dejaban mucha comida tirada, sobre todo cuando hacían sus juergas. Y se la robaban. Rufo y yo nos miramos con miles de preguntas en nuestras mentes.
—¿Por qué no volviste por los diez dragones que liberaste? —pregunté sin entender por qué siguieron allá abajo—. La décima.
Renzo contestó que ellos se negaron a seguirlo porque querían ir a la entrada.
Le había dicho que no, que lo siguieran, pero no lo hicieron cuando entró por el pasadizo que fuimos nosotros, que daba a la celda de Donato.
Uno de ellos quitó la piedra que tenía la puerta para que no se activara el mecanismo; solo la juntaba sin que llegara a cerrar completamente.
—La puerta se cerró y nunca más pude volver a ver ni a Donato, ni a Mili, ni a los diez dragones de la décima —aseguró con firmeza.
—¿Entonces, cuándo encontraste a los padres de Alessandro? —inquirió Rufo, lo que tenía en mi mente.
Renzo se pasa la mano por el cabello mientras suspira. Cuenta que una noche en que se perdieron, dieron con ellos. Mi madre estaba muy enferma, gritaba y gritaba como loca, sobre todo cuando le dijeron que el dragón blanco se lo había tragado el agua.
—Ella, en verdad, lograba abrir muchos lugares y desactivar otros tantos; hasta creo que si no hubiera sido por el condenado de Teron, al final hubiera dado con la forma de salir —siguió diciendo con admiración Renzo—.
Creo que recorrimos Roma entera por allá abajo, pero hay demasiadas trampas; caímos muchas veces en ellas.
Y luego, los hijos de Mili eran un impedimento; decidimos esperar a que fueran más grandes.
Ella fue la que ayudó a crear ese enorme huerto mucho antes de que nosotros fuéramos.
La historia era un poco confusa, y Rufo, como si leyera mi pensamiento, se puso a hacer un resumen.
Mis padres habían desaparecido cuando yo tenía dos años.
Es decir, que llevaban allá abajo treinta y un años.
Sus padres desaparecieron cuando él tenía quince años, entonces llevaban más o menos la mitad que los míos.
—Dime, papá. ¿Cómo no pudieron salir en todos estos años? —realizó la pregunta que yo me hacía—. No lo entiendo, no lo entiendo. ¿Ella no tenía el libro, ese que describe todo allí abajo?
Renzo niega de inmediato, asegurando que ese era el mayor problema. Mamá había hecho un mapa para llegar a la mina de oro, y llegaron. Pero, a su regreso, cayeron en una trampa; el dragón blanco quedó muy malherido y no podían salir.
—Trataron de regresar para ir por ayuda, pero el desgraciado de Teron activó, no saben cómo, la alarma que cierra todo herméticamente. Solo se puede abrir como lo hicieron ustedes —aseguró, señalando nuestros anillos—. Con los tres anillos, las tres llaves y los tres dragones.
Guardamos silencio; eso tenía sentido porque tenemos todos esos objetos en nuestras manos.
En la parte que se habían quedado no podían salir.
Estuvieron alimentándose de raíces y de todo animal que podían cazar, por años.
Ellos sabían que Teron era un traidor, y cuando lo encontraron casi moribundo, lo rescataron.
Y fue cuando atrapó a mis padres en ese lugar.
—Traté de romperlo, pero es de hierro; no pude, no pude —dijo, moviendo su cabeza con arrepentimiento.
—Está bien, papá —dijo Rufo, poniendo toda una mano en su hombro—. Hiciste todo lo que estaba en tus manos. Entonces, ¿estuvieron escondiéndose de Teron allí donde te encontramos?
—Sí, él se había quedado afuera y no podía entrar. Yo, todos los días de mi vida, trataba de ver cómo sacaba a los padres de Ale de allí, pero nada —repitió, mirándome con pesar—. Y solo me quedaba alimentarlos con lo poco que podía. Porque ella decía que dejáramos la comida para los niños.
—Ellos están bastante saludables, papá.
—Rufo, ellos nacieron allá abajo; se acostumbraron a alimentarse de todo lo que caía en sus manos. Son muy buenos cazando ratas, serpientes, murciélagos… todo, Rufo, todo lo que caía en nuestras manos lo comíamos.
—Entonces, papá, ¿el dragón blanco murió? —preguntó Rufo.
Levantó los hombros asegurando que no lo sabe. Mi madre decía que a lo mejor ese remolino lo sacaba a otro lugar vivo. No sabía si era verdad.
—Y hay algo que no he mencionado —levantó la cabeza—. No lo he dicho porque no sé si es verdad. Yo creo que los padres de Alessandro tuvieron una hija allá abajo.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso, Renzo? —pregunté de inmediato—. ¿Y dónde está si fue así?