¡Ups! ¡No me equivoqué! 263. TIENES QUE AYUDARME, ABUELO
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263. TIENES QUE AYUDARME, ABUELO

ALESSANDRO:

Cuelgo y le devuelvo el teléfono a Lilian, quien me mira muy seria antes de bajar la cabeza.

Sin decirle nada, comienzo a andar seguido por ella hasta la habitación donde están mis padres.

El abuelo sigue en la misma posición, solo que ahora está acompañado de la señora Libia.

Me acerco despacio, primero a mi mamá. La bañaron y está pulcramente vestida; a pesar de su extrema delgadez, la encuentro bella.

Me inclino y coloco mi cabeza en su pecho.

No sé por qué, pero pienso que si lo hago, reconoceré el sonido del corazón de mi madre.

Estuve nueve meses dentro de ella, me repito.

Luego, al nacer, viví dos años más escuchándolo todos los días.

Tengo que al menos sentir algo. Para mi asombro, al escuchar el tenue palpitar de ella, me emociono y mis ojos se llenan de lágrimas sin poder contenerlas.

—Ale, no te pongas así —me abraza Lilian al darse cuenta de lo que me pasa.

No digo nada. Me desprendo de su abrazo y repito la acción con mi padre. Me sucede lo mismo; indiscutiblemente, no sé si me autosugestioné, pero puedo sentir que esos dos seres son mis padres, los que me trajeron a este mundo.

—Papá, te prometo que cazaré a cada uno de los que les hicieron esto. Te lo juro. Descansa ahora y recupérate, te necesito —susurro en el oído de mi padre.

—Alessandro —me llama el abuelo—, ¿qué haces aquí? ¡Creía que ya estabas dándole caza a todos esos desgraciados!

—Abuelo, vine a verte... te necesito —camino hasta donde está—. Tienes que ayudarme.

—Yo no me voy de aquí hasta que Alessandrito abra los ojos —dice enseguida.

—¿Quieres que atrape a todos? —pregunto con seriedad.

—¿Por qué me preguntas eso si conoces la respuesta? —dice furioso.

Lo miro un segundo antes de tomar asiento a su lado. Comienzo a decirle que fue el capo mayor por muchos años. Tiene las conexiones, los secretos y conoce las debilidades de cada uno de ellos. Aunque pertenecen a los dragones, son los jefes de la mafia.

—Debes unir fuerzas conmigo, abuelo. Tienes la experiencia y el conocimiento que yo no tengo. Estás obligado a ayudarme a vengar a mis padres —le pido con seriedad.

—Puedo hacerlo desde aquí —sentencia de inmediato.

—No, abuelo, no lo harás; te necesito a mi lado, fuerte —me niego con firmeza—. Necesito al capo mayor dirigiendo la mafia, mientras yo, el UNO de los dragones, acabo con ellos. Tú, junto a Rufo, serás el cerebro de esta operación; yo seré el brazo ejecutor.

El abuelo no respondió de inmediato. Tomó aire y entrelazó las manos, observándome fijamente y apretando las mandíbulas. Sabía que estaba evaluando lo que acababa de decir. Me había forjado a su gusto a pesar de mi renuencia.

—No me voy a mover de aquí, Alessandro —gruñó él después de varios segundos de silencio—. ¿Qué necesitas que haga? Puedo hacerlo desde aquí.

Lo miré, queriendo mantener la calma ante su terquedad.

Me llené de aire mientras me acercaba a él, reduciendo el espacio entre ambos.

Él era el capo mayor, y yo era su nieto, con el mismo nombre: Alessandro Minetti.

Él me había hecho quien soy. Pero ahora lo necesitaba, y si tenía que usar toda mi fuerza de voluntad para arrastrarlo de esa cama y hacerlo reaccionar, lo haría.

—Abuelo, te juro que encontraré a todos los que les hicieron eso a mis padres y a los demás.

Tú no puedes quedarte aquí lamentándote mientras ellos siguen libres.

Tienes que ayudarme a vengarlos —escupí las palabras con veneno—.

¿Quieres que se escapen? ¿O prefieres esconderte aquí como una rata?

¡Maldita sea, abuelo! ¡Levántate ahora mismo y sígueme!

—Abuelo, yo puedo quedarme con mamá a cuidar de mis suegros —se ofrece Lilian en ese momento—. Le aseguro que en cuanto despierten, le aviso.

—No, Lili, tú los pondrás en peligro —rechazo la idea de inmediato—. Nos los vamos a llevar a nuestra casa, a ambos.

—¿Podemos? —pregunta esperanzado el abuelo, y puedo ver el brillo en su mirada.

No sé ni por qué pregunta. Tenemos dos excelentes doctores viviendo con nosotros y podemos transformar cualquier habitación en la más sofisticada de todas en unas horas.

Dinero y poder nos sobran. Lilian y Rufo cuidarán de ellos.

Por suerte, ya habíamos mandado a instalar todo lo que van a necesitar para su rehabilitación.

—¿De acuerdo? Ahora vamos, no me hagas perder más tiempo —dije, poniéndome de pie y tendiendo una mano hacia él—. Tú tienes que ayudarme a exterminar a los corrompidos dragones y a crear una nueva organización, esa que realmente querían mis padres. Te necesito, abuelo, no lo puedo hacer solo.

—Vamos, Alessandro, que no se diga —lo apremia mi suegra—. Tienes que ayudar a Ale; es verdad lo que dice. Tú eres quien tiene todo el conocimiento, y él la fuerza. Deben unirse para poder acabar con todos.

Mi abuelo me observó desde la cama, con la mano extendida hacia él. Por el brillo con que me miraba, reconocí de inmediato el fuego que durante años había visto en su mirada.

—¿Cuándo empezamos? —preguntó de pronto mi abuelo, tomando mi mano con firmeza.

Se puso de pie con determinación—. Eres tan insensato como tu padre…

Muy bien, Alessandro… pero te advierto, no quiero esta versión floja tuya.

Quiero al hombre que creé con mis manos.

El que surgió cuando perdiste a tu primera esposa, Celia, y a tu hijo; quiero a ese que arrasó con todos nuestros enemigos.

Necesito ver la sangre correr, y ni aun así me sentiré satisfecho; ¿me escuchas?

¡No tendremos piedad con nadie! ¡Sea quien sea, los eliminaremos!

La fuerza con la que mi abuelo apretó mi mano hizo que entendiera ese gesto como lo que era: un juramento sellado. Su mirada ardía, y sentí que finalmente estaba ante el capo mayor que había moldeado no solo mi vida, sino también mi destino.

—Empezamos ahora, abuelo —afirmé con determinación, soltando su mano lentamente.

Di unos pasos hacia la puerta, sintiendo su presencia detrás de mí. Cada uno de mis movimientos parecía resonar en aquella silenciosa habitación. Afuera, la noche de Roma se extendía fría e inmutable, pero yo solo podía ver las llamas ardiendo en mi interior.

—¿Alessandro? ¿Ya avisaron si están listos para llevarlos a casa? —dijo, con ese brillo inconfundible en los ojos que me decía que estaba conmigo en esto.

No respondí, esperaba por Rufo. Él era quien decidiría cuándo podían moverse a casa. Mi abuelo le pasó un brazo por los hombros a Lilian con familiaridad. Ya la quería como a su nieta mayor.

—Lili, confío en ti —dijo, mirando a mis padres—. Tú serás la que estarás a su lado todo el tiempo. Es la única manera en que este viejo se meta en esa guerra. ¿Puedo confiar en mi nieta en esta tarea?