261. EN FRANCIA
LUCILA:
En la casa de Damián estamos todos sentados en la terraza.
Me siento muy hermosa luego de tomar un baño reparador; me he puesto un vestido blanco muy suave que vuela con la tenue brisa.
Sonrío al ver cómo Ellie no deja a Renart tranquilo; le divierte todo y no se niega a nada de lo que ella le pide.
Todavía no puedo creer lo que mi hermana gemela hizo al entrar a la casa.
—Renart, Renart —lo llamó. Él salió del despacho y, sin esperarlo, Ellie lo abrazó eufórica y, sin más, lo besó en los labios delante de todos—. Ahora no puedes decir que no, eres mi novio de verdad. ¿Estás de acuerdo?
Renart se quedó sin saber qué hacer, todo colorado, sin soltar la cintura de Ellie, que lo mantenía tomado por el cuello. Miraba a todos, asombrado y sonriente, y, sin más, le devolvió el beso.
—Muy de acuerdo, mi novia —dijo de pronto ante la mirada sorprendida de todos—. Ya que me elegiste, no puedo negarme.
—¡Se los dije! —giró Ellie feliz hacia todos, que no sabíamos cómo reaccionar a aquello—. ¡Tengo un novio francés! ¡Yey!
—¡Ellie Lemert! —la voz estruendosa del tío Acher interrumpió la escena, adelantándose. La tomó molesto por un brazo y se la llevó con él, mientras ella le gritaba a Renart—: ¡No dejes que te asuste mi tío! Él no es malo, ya verás, eres mi novio.
Renart se quedó mirando la escena nervioso, sin saber qué hacer. Damián y yo no sabíamos cómo reaccionar. Nunca antes me había visto ante esta situación, justo cuando iba a hablar, Ellie me gritó:
—¡Elsie, no te atrevas a convencerlo de que no es mi novio! Tú estás casada; yo también quiero estarlo. Somos gemelas y nunca he tenido novio. ¡Quiero un francés igual de lindo que el tuyo!
—¡Ellie! —la regañé toda colorada de la vergüenza. ¿Cómo mi hermana gemela puede ser tan diferente a mí?
Damián se ríe al verme ruborizada. Luego, tras darme una palmadita en el hombro, se adelantó y abrazó a Renart sin dejar de reír.
—Fíjate si te quiero, hermano, que te traje una novia igual a la mía. Bueno, un poco diferente, pero muy bella —dijo en broma—. ¿Cómo has estado?
—Ya estoy completamente recuperado. ¿Y tú? —contestó Renart, todavía sorprendido, pero feliz.
—Ya me puedes ver. Estoy muy bien, gracias a esta preciosura —dice y me toma por el brazo—. Aunque la conoces por video... Te presento a mi esposa, Elsie. No te confundas con tu novia; la mía es más linda, ja, ja, ja.
—¡Dami! ¿Tú también vas a seguir las locuras de mi hermana? —le reproché avergonzada—. Lo siento mucho, Renart.
—No hay problemas, señora. Pero ahora es urgente analizar todo lo que está sucediendo en la empresa —dijo seriamente.
—De acuerdo, vayamos al despacho —dijo Damián, guiándonos hacia allá.
El despacho era imponente, casi como el de la casa de los Minetti, pero con un carácter único que lo hacía especial.
Amueblado al más puro estilo renacentista, cada rincón parecía estar diseñado para reflejar belleza y refinamiento.
Las paredes, recubiertas de madera tallada, estaban flanqueadas por estanterías repletas de libros antiguos.
Los lomos dorados y desgastados relucían a la luz, casi como si cada volumen custodiara secretos de un tiempo lejano.
El escritorio era una verdadera obra de arte: amplio, macizo, con grabados que contaban su propia historia.
Sobre el tablero descansaban una lámpara antigua, unos pergaminos y plumas, todo dispuesto con una armonía que invitaba al trabajo y a la reflexión.
Aquel lugar era mucho más que un despacho.
Era un espacio que invitaba a perderse entre páginas y pensamientos, conectándome con las grandes mentes de la historia y con mi propio interior. Un verdadero refugio.
—Cuéntame todo —pidió Damián al sentarse detrás del buró—. Vamos a planear lo que vamos a hacer para atrapar a Minerva, Keyli y su padre. Por suerte, la secretaria es de total confianza. Me acaba de informar que todo está listo para hacerlo.
Todavía estaba concentrada escuchando cómo ellos hablaban en francés, revisando todo, mientras yo, que apenas había comenzado a aprender el idioma, no entendía casi nada.
Aunque ellos me lo explicaban en italiano, opté por decirles que lo arreglaran todo, que haría lo que me indicaran.
Mi teléfono sonó y me alegré al ver que era mi otra hermana loca, Lili.
—Hola, Lili, ¿los encontraron? —pregunté de inmediato.
—Sí, sí, los encontramos —me respondió, y me alegré de verdad—. Pero están en un estado muy deteriorado. Ya los estamos atendiendo, pero no los veo bien. También encontramos a los padres de Rufo allá abajo.
—¿En serio? —pregunté sin poder creerlo—. ¿Están vivos?
—Sí, pero muy demacrados, sobre todo mis suegros. Ya hicimos todo lo humanamente posible por ellos; ahora solo estamos esperando a ver cómo reaccionan —explicaba como siempre—. ¿Es verdad que te fuiste a Francia con Damián y nuestra nueva hermana Ellie?
Salí del despacho para no interrumpir. Luego me puse a contarle todo a Lili: cómo mis abuelos maternos se habían aparecido en la casa con mi hermana gemela; cómo nos avisaron que Minerva, su padre y su hermana habían venido a la empresa de Damián para reclamar la herencia como esposa;
y cómo el plan era atraparlos mañana y luego regresar.
—Ale quiere hablar con Damián, dile que lo llame —me pidió y me aconsejó—. Luci, no te separes de él un solo instante, ni del tío Acher. Haz todo lo que te ordene; él sabe más que tú.
—No te preocupes; yo no me llamo Lili —dije en tono burlón—. Por cierto, hermana, te vas a asombrar cuando conozcas a mi gemela. Parece más tuya que mía.
Me reía divertida mientras le contaba cómo era. Mamá ya le había dicho lo mismo. Estaba en el hospital para cuidar del abuelo, que, con la noticia de que había aparecido su hijo y su nuera, se había alterado mucho. Lo habían sedado, pero estaba allí.
—¿Y Ale, cómo está? —me preocupé.
—No lo sé, está muy confundido, creo. Todavía no se ha dado cuenta de que ya no es huérfano, que tiene padres —siguió contando—.
Además, va a cazar a todos los dragones ahora.
Está planeando su cacería, como dice. Movilizó a todos los hombres; hasta los de Milán y otras ciudades vienen.
Hay un nerviosismo en toda la ciudad, se puede sentir en cómo nos miran.
—Lili, no olvides que te persiguen; no te separes de Ale un instante —me apresuré a recordarle.
—No lo haré. Ya me di cuenta de que tengo que ser muy cuidadosa; hay muchos que me quieren agarrar —la seriedad en su voz me sorprendió—. Oye, Luci, ¿puedes investigar desde la casa de Damián también?
—Sí, Renart me hizo toda una habitación llena de computadoras, como la de Italia. ¿Qué quieres? —pregunté enseguida.