260. LA EMPRESA DE DAMIÁN
MINERVA:
En Francia, nos encontramos Keyli y yo, junto a mi padre. Estamos muy felices de habernos apoderado de toda la fortuna de Damián. Ahora estamos reunidos en el despacho.
—Todo salió mejor de lo que habíamos planeado —afirmo con una sonrisa, mirando todo alrededor que ahora es mío.
—Sí, solo nos resta cambiar todas las firmas y apoderarnos de la vacuna. ¿Qué pasó con eso? —pregunta papá, satisfecho de mí.
—Nuestros hombres no han podido entrar, papá —explico molesta—.
Los de seguridad, bajo el mando de Ignacio, el casi padre de Damián, no nos dejaron entrar, pero eso tiene solución.
Vamos a tener que eliminarlo; todos los de seguridad lo obedecen ciegamente.
Tampoco nos dio acceso a la residencia principal de Damián.
—Ten paciencia —me pide papá, soltando una bocanada de humo—. Cuando logremos traer a nuestros hombres, los reemplazamos. ¿Alguna noticia de Minetti?
Kely niega con la cabeza. Nos informa que los dragones están todos nerviosos con Minetti, le dijo Florencia hoy cuando habló con ella. La nueva noticia es que han aparecido integrantes de los dragones que hace años nadie veía y quieren eliminarlo.
—¿En serio? —se interesa papá de inmediato—. Pues eso es una tremenda noticia, porque muchos de los que participaron en la desaparición del primer Uno se arrepintieron y ahora apoyan al hijo.
—También Eira está presionando, junto con el dragón de fuego, para que nos reunamos con todos los enemigos de Minetti —le informo, pensativa.
Guardamos silencio viendo cómo el despacho se llena del humo del tabaco de papá. Luego, de pronto, dice que Eira tiene algo extraño, parece una mujer.
—Ay, papá, todos los asiáticos son así de pequeños, pero es muy inteligente —me apresuro a decir, con una risa que me acompaña Keyli.
Pero papá no nos acompaña; insiste en que ese chico es muy extraño. Tiene la sensación de que nos está utilizando con una agenda oculta.
—Ese chico que estaba aquí, Renart. ¿Dónde se metió? —preguntó, cambiando de tema.
—No lo sé, vamos a llamar a la secretaria —digo, levantando el teléfono—. Y el otro viejo, ese que dirigía, tampoco lo veo.
Keyli explica que el señor había dicho que como nosotros habíamos asumido la empresa, no tenía nada más que hacer aquí; que solo estaba ayudando a Minetti y se fue. La secretaria, ante mi llamado, aparece al instante.
—Sí, señora. ¿En qué puedo servirle? —pregunta amablemente.
—Señorita, ¿dónde está Renart? —pregunto de inmediato—. Llámalo y dile que lo necesito.
—Sí, señora —respondió con profesionalidad—. ¿Algo más?
—Cita a todos los accionistas para dentro de dos horas —añade Keyli.
—¿Dos horas? —se detiene y levanta la cabeza de su tablet—. Perdón, señora, pero hay muchos que viven muy lejos. Si me permite la sugerencia, mejor mañana a primera hora.
Estoy de acuerdo con ella, porque sé que muchos son de Marsella. Papá interviene diciendo que mejor lo hagamos mañana a primera hora. La secretaria sigue anotando en su tablet. Le pido que los cite a las nueve de la mañana y que no puede faltar ninguno.
—Tráeme ahora mismo todas las cuentas de la empresa —le ordeno a la secretaria.
Para mi sorpresa, me dice que las tiene el asistente Renart. Me informa que él quedó afectado por el accidente que tuvo junto al señor Cavalieri y que el señor Minetti le dio permiso de que trabajara desde su casa. Pero le avisará de inmediato de que debe entregarme todo.
—Muy bien, que esté presente con todo mañana para la reunión —acepto mientras la observo—. También necesito que me desbloquees esta computadora.
—No sé la contraseña, señora —vuelve a decir y ya me está molestando—. Renart, quizás la conozca o el señor economista. Esa es la computadora personal de Damián. Solo él conocía la contraseña.
—Llama a ambos y pídela —le ordeno, sintiéndome frustrada—. También manda a que detengan el trabajo en la vacuna de la granulomatosis.
—Señora, eso no lo van a hacer —se niega de nuevo—. Es el proyecto prioritario y está bajo el mandato del mayor inversionista.
—¿Mayor inversionista? —interviene mi padre.
Todos nos enderezamos en nuestras sillas.
La secretaria sigue informando que los abogados vendieron casi todas las acciones que poseían de la empresa cuando Damián cayó en coma.
Luego el señor Minetti se las vendió a una mujer que nadie conoce porque no ha venido a presentarse.
Pero quizás mañana ella venga a la reunión que acabo de convocar.
—¿Qué quieres decir? ¿El laboratorio no es de Damián? —pregunto molesta.
—El laboratorio sí —se apresura a contestar—. Pero la vacuna la financia esa señora, junto al señor Minetti.
—¿Estás segura de que no sabes quién es? —inquiere papá.
Ella niega con la cabeza. Luego dice que una vez escuchó decir que la inversionista padece de esa enfermedad y por ello está muy interesada en esa vacuna. Parece millonaria porque, según Renart, había pagado sin regatear todo lo que le pidieron.
—Vaya, eso es muy bueno —exclama papá—. La tenemos donde queremos.
Ella tendrá que pagar mucho para obtener la vacuna.
Ja, ja, ja, nunca esperé que casar a la tonta, aquella con el nombre de Lesie Lemert, nos fuera a traer tantos beneficios.
Tenías razón, Minerva. Y vivir en París ya no me está pareciendo tan malo.
¿Por qué no vamos a ver la residencia, ya que no podemos hacer nada aquí hoy?
—Disculpe, señor —interviene la secretaria al vernos ponernos de pie—. Ninguna residencia del señor Damián es suya. Las vendió todas, el señor Minetti.
—¿Cómo así? —pregunto furiosa—. ¿Pero no dijeron que él estaba cuidando de todo, que lo había recuperado?
—De eso no sé nada, señora Minerva —contesta de igual manera—. Pero las casas del señor Damián, todas fueron vendidas.
—¿La enorme mansión también la vendieron? —pregunta Keyli.
—¿Se refiere a la de Marsella? —pregunta e informa enseguida—. Esa la quemó Demon.
Niego con la cabeza; me refiero a la que tiene en las afueras de París. Fui a una fiesta una vez y me pareció un palacio rodeado de fuentes y jardines. Debe haber sido de alguien de la realeza en la antigüedad. Ahí sí me gustaría vivir. Mi hermana y mi padre me miran entusiasmados.
—Esa fue la primera que vendieron, señora —aclara la secretaria.
—¡Diantres! ¡Con la ilusión que tenía de vivir en una casa como esa! —exclamo frustrada.
—Bueno, ya nos compraremos una tan lujosa como esa; ahora lo que nos sobra es dinero. Vámonos al hotel a descansar —dice papá, apagando su tabaco.
La secretaria sale detrás de nosotros, cierra la oficina y se sienta en su despacho, hasta que nos ve entrar en el elevador. Luego marca un número.
—Listo, señor Damián, hice todo lo que me ordenó. Mañana a las nueve será la reunión —le informa—. Me alegro de que esté bien, señor, y haya regresado. ¿Necesita que haga algo más?