¡Ups! ¡No me equivoqué! 259. AL FIN SALVADOS
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259. AL FIN SALVADOS

EL ABUELO:

Tomo la llamada de mi nieto. Al escuchar lo que dice, me pongo de pie de un salto, con mi corazón latiendo de emoción, todavía sin poder creer que sea cierto. Mi garganta se cierra y mis ojos se llenan de lágrimas ante la noticia. Tengo que llevar la mano a mi pecho en mi intento de calmarlo.

—¿Abuelo, estás bien? —pregunta Alessandrito.

—¿Dónde están? —logro al fin preguntar—. ¡Iré ahora mismo!

—Abuelo, están muy mal, apenas viven —sigue explicando Alessandrito—.

Cálmate, abuelo, te llamo porque necesito que traigas una rastra por la parte trasera del museo.

Tiene que ser ahora, detente en una enorme pared blanca, es un parqueadero, yo la abriré.

Porque no solo los encontré a ellos, son muchos.

Hazlo ahora mismo, necesitamos llegar al hospital cuanto antes.

—Enseguida, Ale, y gracias, hijo, muchas gracias —le digo, dejando que mis lágrimas rueden por mis mejillas—. Ya vamos, ya vamos.

—¿Qué pasa, Alessandro? —pregunta Libia, entrando por la puerta al escucharme—. ¿Pasó algo malo?

—No, no, Libia, todo lo contrario. ¡Alessandro encontró a sus padres! ¡Mi hijo regresa a la casa al fin! ¡Al fin, ya me puedo morir tranquilo! —digo, y un sollozo se me escapa.

—No hable de morir. ¿Qué hay que hacer? Vamos, tienes que ir por ellos —dice Libia, mientras me seca las lágrimas y me alcanza un vaso de agua—. Toma un poco de agua, tienes que ser fuerte. ¿Dónde está James?

—Fue a arreglar algo, pero Alessandrito me acaba de llamar para decirme que necesitan una rastra. ¡Maldición! ¿Y ahora qué hago? —pregunto con mis manos temblorosas por la emoción.

Me pongo de pie, tratando de tranquilizarme y organizar mis pensamientos. Empiezo a dar vueltas por el despacho. En ese momento, llega James y le explico todo.

—Déjeme eso a mí, señor. Vamos, usted y yo en el auto; yo conduzco —me dice al ver el estado en que estoy—. Vamos.

Me toma por un brazo y me lleva rumbo a mi auto negro, pero apenas puedo caminar, temblando de la emoción. De inmediato comienza a dar órdenes. Llama a Alessandro, quien le explica todo lo que necesita y le pide que me lleve al hospital, que lo esperemos allá.

—No, señor, vamos al museo —le ordeno a James.

James se dedica a conducir mientras habla por teléfono. Al llegar al museo, ya nos espera la rastra en el lugar que nos indicaron. Mando a los otros hombres a cerrar la calle.

—Chicos, móntense en este auto y lleven al abuelo al hospital —ordena James a mi cuerpo de seguridad—. Nosotros los seguiremos en cuanto lleguen los demás.

—¡Yo no me muevo de aquí! —me niego rotundamente—. ¡Necesito ver a mi hijo con mis propios ojos!

James va a insistir, pero un ruido nos detiene. Todos observamos cómo, de a poco, la pared se desliza, dejando ver una enorme entrada. Nos introducimos con la rastra en el parqueadero. De inmediato vemos a un gran grupo de personas demacradas. Al ver la rastra, se montan de inmediato.

Alessandro, al verme, corre hacia mí y me abraza, obligándome a subir al auto, junto con Lilian.

—No hay tiempo que perder, abuelo. Tenemos que ir al hospital —me dice, dando la orden de seguir a la rastra.

Llegamos al hospital. De inmediato, todos los rescatados son llevados a cuidados intensivos y son ingresados para ser evaluados. Mi hijo y su esposa son tratados por un equipo de expertos que Rufo reúne de inmediato. Después de hacer todo lo humanamente posible, solo queda esperar.

—Ale —entra Rufo cuando regresa al despacho—, están muy desnutridos. Vamos a ver; no puedo asegurarte nada. Haré todo lo que esté a mi alcance para salvarlos.

—Lo sé, Rufo. Ahora vamos a llevar al abuelo para que los vea y asegure que son ellos —dice Alessandro, tomándome del brazo—. Creo que mejor lo llevo en una silla de ruedas.

En ese momento, una enfermera trae una silla y nos dirigimos a terapia intensiva. Rufo nos hace vestir con las ropas verdes y, al entrar en terapia, me echo a llorar abrazado al hombre.

—¡Santa Madonna, madre de Dios! ¡Es mi hijo, mi hijo! —digo una y otra vez—. ¡Son tus padres, Alessandro, lo son!

La habitación estaba envuelta en una penumbra que solo era interrumpida por el leve parpadeo de las máquinas que mantenían con vida a mi hijo y su esposa.

Aquellos rostros que alguna vez estuvieron llenos de vitalidad, ahora lucían pálidos, marcados por el sufrimiento.

Alessandro permanecía inmóvil al lado de la cama, con la mandíbula apretada, conteniendo un torrente de emociones que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

—¡¿Cómo pudiste quedarte encerrado allá abajo, hijo?! —grité inesperadamente, lleno de dolor y furia—. ¡No te atrevas a morirte antes que yo! ¡No te atrevas!

—Abuelo, cálmate —le pido mientras lo abrazo—. Si te escuchan, se pondrán peor. ¿Estás seguro de que son ellos?

—¡Claro que son ellos! —aseguro sin poder dejar de llorar—. Son tu padre y tu madre. ¡Son ellos!

ALESSANDRO:

Mi abuelo estaba tan nervioso que Rufo se apresuró a ponerle un sedante. Rufo lo acostó en una cama pidiendo que lo cuidaran las enfermeras mientras nosotros salimos de la terapia.

—¡Rufo, vamos a cazar uno a uno a esos dragones que le hicieron esto! —dije, apretando mis manos, tratando de controlarme—. Los tiraré en esa misma mazmorra que estaban mis padres, los haré sufrir lo mismo que ellos hicieron sufrir a los míos.

—Y a los míos, Ale —me recordó Rufo—. A papá tengo que operarlo; tiene el cráneo hundido y ya viste, perdió su ojo izquierdo, y mamá, casi un seno completo. ¿Qué vamos a hacer con los hijos de Mili?

—Los llevaremos para la casa —dije, todavía mirando a mis padres y a mi abuelo por el cristal—. ¿Están bien?

Rufo me hace avanzar por el pasillo. Me dice que los chicos parecen estar bien. Se detiene para decirme que nos hemos olvidado de que, según lo que dijo Donato, el dragón blanco iba con ellos.

—¿Crees que lo dejamos allá abajo? —me detengo, dándome cuenta de que es verdad.

—Miraremos después —y se me ocurre una idea—. Debemos preguntar a tu papá. ¿Dijo algo de él?

Niega con la cabeza, pero tampoco le preguntó; lo hará de inmediato. Luego opina que debo llamar a mi suegra, Libia, para que venga y esté con mi abuelo; a lo mejor logra convencerlo de subir al apartamento que tenemos en la última planta del hospital.

—Es buena idea; él no se va a mover de este hospital hasta que mis padres salgan, ya sea vivos o muertos —digo con un suspiro—.

Sabes, Rufo, estoy confundido. Creí que iba a sentir más cosas por ellos, pero no siento nada.

Ya sé que son mis padres porque lo dice el abuelo, pero al mismo tiempo son dos extraños para mí.

—Es lógico, Ale; tú no tienes memorias de ellos —dice, pasando su brazo por mis hombros—. Pero ya verás que de a poco surge el amor de hijo.

—¿Lo crees? Por muchos años los odié por irse a navegar y dejarme solo.

Ahora sé lo que estaban haciendo y que no me abandonaron nunca —sigo confesando lo que siento—.

Pero no dejo de pensar en lo que dijo Teron: ¿por qué, si papá tenía ese anillo antes de que él lograra encerrarlos ahí, no salieron?

Mamá fue la que hizo todo; ¿cómo no pudo encontrar la solución?

—No sé, Ale. No sé. Debe existir una explicación. Recemos porque se recuperen y nos la digan —dice Rufo, tan confundido como yo—. Tenemos que hablar con papá sobre el dragón blanco. Pero me acaban de informar que los dragones se están reuniendo en casa de los Conti. ¿Qué hacemos?