¡Ups! ¡No me equivoqué! 258. LOS ENCONTRÉ
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258. LOS ENCONTRÉ

ALESSANDRO:

En la cueva, me he quedado abrazado a Lilian, que tiembla de frío, mientras observamos cómo Rufo es abrazado por sus padres. De repente, un nudo se me agolpa en la garganta. Trago seco y la separo de mí, preocupado.

—Amor, toma la mochila y ve a ponerte ropa seca —le pido preocupado—. No quiero que enfermes. No se debe haber mojado, está en un nailon sellado.

—¿Puedes venir conmigo? —pregunta y puedo ver temor en su mirada.

—Deja que averigüe qué es lo que pasa —le digo sin dejar de ver a mi amigo sonriendo feliz.

—Entonces te espero —dice estremeciéndose, abrazada a la mochila.

—Ale —se acerca Rufo con sus padres—, vamos, tenemos que seguir.

—¿Qué quieres decir? —pregunto, volviendo a cruzar un brazo por encima de sus hombros.

El hombre llamado Renzo, que Rufo me presenta como su padre, me informa, para mi sorpresa, que mis padres están encerrados en una trampa que no han podido abrir. Asegura que mi mamá está muy enferma.

—Creo que si no la sacamos, morirá en breve —sigue diciendo—. No está tan lejos, ¿trajeron todas las llaves, anillos y dragones?

Me quedé mirándolo fijamente, procesando lo que acababa de decir. ¿Mis padres están vivos? Renzo parece darse cuenta de lo que me sucede.

—Están vivos, pero no están nada bien, jefe —repite de nuevo—. Nada bien.

—¿Qué estamos esperando? ¡Vamos! —reacciono de inmediato—. ¿Dónde están?

—Están detrás de la bóveda donde está el oro. Chicos, recojan todo, nos vamos —dice Renzo dirigiéndose a los demás—, saldremos hoy de aquí. El dragón negro vino por nosotros, ¿no se los dije? Él, jefe, nunca nos abandonaría.

Todos sonríen felices y comienzan a recoger todas sus cosas muy rápido.

Pero antes de irnos, tomo a mi esposa y entro a la cabaña.

La ayudo a cambiarse de ropa rápidamente.

Luego seguimos por indecibles túneles, catacumbas y acueductos hasta el padre de Rufo y a los chicos que conocen dónde está cada trampa.

Finalmente, llegamos a la espesa vegetación.

—Por aquí, señor —me indica un joven cuando nos ve salir.

Avanzamos siguiendo a Renzo y a todos los demás, que nos conducen por un sendero hasta llegar a una enorme pared. Me indican que mis padres están detrás de esa pared mientras me informan que cayeron porque Teron los había empujado y cerró por fuera.

—No sabemos cómo sacarlos. Solo pude alimentarlos —sigue diciendo el padre de Rufo.

—¿Han estado ahí todos estos años? —pregunto mientras buscamos las marcas en la pared.

—Sí, Teron los estuvo torturando —dice sin dejar de avanzar—. La entrada, según me dijo tu padre, está debajo de un hueco que queda debajo del museo. Pero todo es liso, no pudieron salir porque se cierra por fuera.

—¿Cómo los encontraron ustedes? —pregunto sin dejar de buscar.

Me cuenta que a ellos, después de que los atraparon en su casa, los habían tirado en unas catacumbas pensando que estaban muertos, cerca de donde tenían a Donato y a los diez dragones.

Uno de ellos los salvó y los ayudó a escapar.

Pero después se cerraron las puertas que daban a la salida y no pudieron volver a abrirla; la habíamos encontrado abierta.

—En verdad, la descubrimos por casualidad —seguía contando—. Vinimos guiados por los gritos que daba su mamá, que estaba enloqueciendo, según me dijo su papá. Fue entonces cuando, por ese respirador que ve allí y que no hemos podido romper, le empezamos a pasar comida y agua.

—Muy bien, llámalo —digo, queriendo saber si están vivos.

—¡Señor, jefe! —llama Renzo—, aquí está su hijo Alessandro. ¡Jefe…! ¡Jefe, responda!

Esperamos en completo silencio por unos minutos, sin que se escuche ningún sonido. Renzo vuelve a llamar varias veces con el mismo resultado.

—¿Están seguros de que está aquí? —pregunto con incredulidad.

—Ale —viene Rufo a mi encuentro—. ¿Por qué mejor no nos dedicamos a buscar cómo abrir? Los anillos abren todo, de seguro que tiene una puerta.

—Yo sé dónde es —dice un niño—. Los dragones están allí —señala una lápida casi pegada al piso.

—Alumbren bien —pido enseguida a mis hombres—, vamos Lili. Rufo, coloquen los anillos, ¡rápido!

Nos dirigimos hacia donde nos indica el niño. Es verdad, de inmediato vemos los agujeros iguales a lo que ya conocemos. Alumbramos bien con los faroles para estar seguros.

—Primero tu anillo, Ale —me dice Rufo.

Lo hago y se abren las tres puertas de las llaves; las introducimos. Se abren donde se colocan las tres estatuillas, introducimos la cabeza y giramos a la izquierda, pero no pasa nada.

—Ale, tú tienes que darle a la derecha —me avisa Lili.

Resoplo, molesto conmigo mismo, y giro a la derecha. Se oye un ruido seco, la tierra y la pared comienzan a temblar y, poco a poco, un tramo de la pared sube dejando una puerta.

Entramos todos corriendo, enfocando las luces que iluminan la estancia.

Mi mirada busca con ansias alrededor hasta ver, en una esquina, un improvisado camastro.

Caminamos y vemos a dos personas casi convertidas en esqueletos que permanecen abrazados.

Rufo y Lili se apresuran a verlos. Yo solo los miro, sin poder moverme.

—¿Son ellos, Rufo? ¿Están vivos? —logro preguntar.

—Apenas, Ale —contesta sin dejar de sacar cosas de su mochila y la de Migue, que todo este tiempo ha permanecido a su lado en silencio—. Tenemos que sacarlos de aquí ahora, debe existir una salida a la bóveda.

—Nosotros sabemos dónde es —vuelven a decir los niños.

—Pues vamos ahora mismo, enséñennos —los apura Renzo.

Levantamos a los dos cuerpos en la misma cama improvisada.

Saco ropa de Lilian y cubro el esquelético cuerpo de la que dicen que es mi madre.

Avanzamos con dificultad a través de la maleza hasta llegar a la pared.

Por suerte, es verdad y encontramos las ranuras.

Repetimos toda la operación y, para nuestra sorpresa, salimos a la bóveda del oro.

—Axel, llama a tu hermano Acher, que haga lo de la otra vez, que traiga una rastra por el parqueo oculto —ordeno sin poder dejar de mirar a los dos en la cama, sin poder creer que sean mis padres—. Saldremos todos por allá.

—Jefe —se gira Axel para mí con el teléfono en el oído—. Me dijo el segundo que se fue a Francia con Damián y las gemelas.

—¿Qué? Espera, llamo a mi abuelo ahora —saco nervioso mi teléfono y, sin poder contener la emoción que me embarga, le digo—: ¡Abuelo, los encontré, los encontré! ¡Encontré a mis padres!