¡Ups! ¡No me equivoqué! 257. EL VIAJE A FRANCIA
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257. EL VIAJE A FRANCIA

LUCILA:

Me detengo al escucharla. Es cierto eso que ella dice, Damián también está dentro de la mafia y tiene muchos hombres bajo su mando. En verdad, me da miedo que le hagan algo. Mamá me abraza y me asegura que no le harán nada.

—Cuida a tu hermana Ellie —cambia de tema—. Ya veo que se parece a Lili.

—¿Verdad, mamá? —pregunto sin dejar de sonreír—. Es igual a Lili, hasta parece más hermana de ella que mía. ¿No sabes qué le dijo a Renart que iba a ser su novio?

Mamá se echa a reír al escucharme. Ríe divertida mientras le cuento la conversación que tuvo con Renart. Está de acuerdo conmigo en que es loca como Lilian. Ahora, en vez de cuidar a una hermana, tengo que cuidar de dos. Me pide que me alegre de que ella sea así.

—Ríete y sé feliz, como es ella, es tu turno de serlo, Luci —me acaricia la mejilla con cariño.

—Trataré, mamá, trataré —digo, volviendo a mirar la maleta—. Bueno, creo que cogí todo.

—¡Elsie, Elsie, dale, vamos! —escuchamos a Ellie llamándome.

—¿La oyes, mamá? —pregunto cerrando la maleta—. Es una Lili, ja, ja, ja…

—Sí, es igualita, ja, ja, ja… —ríe divertida mamá.

Nos montamos en el avión. Ellie mira todo alborotada, es la primera vez que sale de Italia.

Está muy emocionada; el tío Acher la hace sentar a su lado, y ella no deja de observar la ventanilla.

Todo le parece increíble. Mientras tanto, yo me prendo del brazo de Damián, que me pasa el suyo por los hombros, mientras me estrecha y me besa.

—Todo va a estar bien, linda —susurra al ver lo nerviosa que estoy—. No nos demoraremos mucho, te lo prometo. Aunque me gustaría llevarte a conocer unos hermosos lugares.

—Tengo miedo de enfermarme —confieso, acurrucada en sus brazos.

Desde la última vez que me enfermé, me he mantenido estable y hasta las manchas en mi piel se han aclarado. Cada vez que cambio de lugar me dan crisis de mi enfermedad. Tampoco he viajado sin mi madre a ningún lugar.

—No tengas miedo, linda —Damián trata de tranquilizarme—. Vamos, estás conmigo, amor, te protegeré.

—¿Y a ti quién te va a proteger? —lo miré asustada.

Damián se puso serio al escuchar mi pregunta.

Me abrazó muy fuerte, asegurando que no solo nos iban a proteger sus hombres que aún le son fieles, sino también los de Alessandro.

Trato de controlarme preguntando cuál es el plan que tiene al llegar a Francia.

Asegura que los va a atrapar a los tres: al padre y a las dos hijas.

Se las traerá a Alessandro para que él decida.

—Buen plan, ¿y para qué me trajiste? —pregunté de inmediato.

—Tú eres la dueña de todo, vida mía, incluyéndome a mí —vuelve a besar mis labios con una sonrisa—. Eres la que va a reclamar todo.

—¿Yo? —lo miro con sorpresa; creí que ya todo había pasado a ser suyo.

—Sí, vida mía —sigue sonriendo.

Nos quedamos en silencio mientras despega el avión. Sigo nerviosa, mientras Ellie vuelve loca a todos haciéndoles preguntas. El grupo élite se ríe con las locuras de ella, que poco a poco hace que yo también me relaje y ría feliz. Al fin, llegamos y aterrizamos en el aeropuerto privado de Damián.

—¿Esa es la casa, cuñi? —Ellie le da un codazo a Damián.

—Sí, Ellie —responde sin soltar mi mano. Luego se gira hacia mí—. ¿Te gusta, Luci?

—¿Por qué le dices Luci? —nos interrumpe mi hermana—. Ella se llama Elsie.

—Lo sé, Ellie —contesta con paciencia Damián—. Pero para mí siempre será mi Luci.

Aprieto la mano de mi hermana para que deje de interrogarnos a todos. Al fin vemos venir a Ignacio, junto a su esposa, emocionados de recibirnos. Abrazan a Damián muy emocionados al verlo sano. Se ve que lo quieren como si fuera su propio hijo.

—Gracias al cielo que estás bien, niño. Y es verdad, ¡se parece a Elsie! ¿Y ella también? —exclama la señora, señalando a mi hermana y a mí—. ¿Cuál es tu esposa, hijo?

—Yo, señora, yo soy Elsie —me adelanto sonriendo—, y ella es mi hermana Ellie. Mucho gusto.

—Vamos, entren, todo está listo, niño, como lo pidió —nos pide el señor Ignacio—. Renart está arreglando los últimos detalles.

—¿Mi novio está aquí? —pregunta Ellie como si nada.

El señor Ignacio la mira sorprendido al escucharla. Mira a Damián, que ríe divertido, pero no dice nada ante su mirada interrogante.

—Sí, señor Ignacio. Renart es mi novio, lo escogí y lo quiero para mí, me lo llevaré a Roma —contesta Ellie muy seria.

—¡Ellie! —la regaño, abochornada.

—Sobrina, te dije que no es así, deja de decir esas cosas —la reprende el tío Acher muy serio—. Compórtate bien.

Ellie levanta los hombros como si fuera una niña pequeña. Es claro que está acostumbrada a salirse con la suya. Nos mira a todos molesta.

—No me importa lo que digan, me llevaré a Renart conmigo, ya verán —y se adentra en la casa caminando rápido.

—Creo que se molestó, tío Acher —digo, tomando su brazo—. ¿Qué hacemos ahora para tranquilizarla?

—Siempre ha sido así desde niña —me responde con suavidad—. Así que no se asombren si se lleva a Renart con ella, ja, ja, ja…

Ambos reímos sin dejar de avanzar hacia la casa. Damián nos regaña y nos pide que la dejemos tranquila. Lo miro recelosa y me doy cuenta de que quiere que su mejor amigo se vaya con él a Roma.

—Vamos a entrar a nuestra casa querida —me pide, tomando mi mano—. Espero te guste, pero si no te gusta puedes cambiar todo lo que quieras.

—No hace falta, dijiste que solo serían unos días —respondí muy seria—. Vamos, seguro me gusta.

Al entrar, el aire que rodeaba la casa estaba impregnado de una mezcla de especias y loza vieja.

No sé si era algún tipo de canela o algo extraño que jamás había olfateado antes, pero era cálido, como una caricia en el pecho.

Las paredes estaban llenas de cuadros y fotografías que mostraban a la familia, recuerdos de eventos pasados: bodas, cumpleaños, cosechas.

Cuadros viejos, pero ni una mota de polvo.

Me giré hacia Damián complacida; era como si esa casa hubiera esperado nuestra llegada durante años.

Ellie, haciendo caso omiso del drama que ella misma había desatado, apareció de repente en la sala, casualmente recostada en el sillón más cómodo, comiéndose una manzana recién sacada de la mesa, tan tranquila como si fuera la dueña de casa.

La seguí con la mirada y no pude evitar sonreír.

Esa frescura suya a veces lograba sacarme una sonrisa incluso en los momentos más tensos.

—A mí me gusta la casa —soltó Ellie, con un movimiento exagerado de cabeza—. Renart y yo deberíamos casarnos aquí, ¿no crees, hermanita?

—¡Ellie! Por el amor de Dios, ¿por qué tienes que ser así? —susurré entre dientes, sintiendo como si toda la tensión del día se hubiera condensado nuevamente en mi pecho—. Renart ni siquiera te conoce y no sabe qué hacer contigo, ¿y ya hablas de boda?