¡Ups! ¡No me equivoqué! 256. LA LLAMADA DE RENART
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256. LA LLAMADA DE RENART

LUCILA:

Por otro lado, en la casa del señor Minetti, todo es alegría.

Ellie no se cansa de preguntarme cosas, que yo explico con paciencia, y me dejo abrazar cada vez que ella lo hace.

Reímos felices, y estamos en la habitación de sus computadoras cuando una videollamada salta.

La abrimos y vemos que es el asistente de Damián, Renart.

Al vernos a las dos, nos mira asombrado.

—Mademoiselle —saluda en francés.

—Hola, Renart —saludo con una sonrisa medio nerviosa.

—Señora Cavalieri, ¿estoy viendo doble? —pregunta sin dejar de mirarnos.

—No, tonto —salta Ellie antes de que yo pueda presentarla—, soy su hermana gemela, Ellie, ji, ji, ji…

Renart me mira con incredulidad. Sé que él debe haberme investigado y no encontró nada sobre mi hermana gemela como yo.

—¿Tiene una hermana gemela, señora? —preguntó avergonzado—. Perdón, el señor Damián no me informó de ello.

—¿Tienes novia, Renart? —quiere saber Ellie.

—¡Ellie! —la regaño.

Renart parpadea dos veces y guarda silencio. Es evidente que intenta mantener su postura profesional, pero Ellie tiene ese "don" natural para desarmar a cualquiera con su atrevimiento.

—Ehm... no, señorita. No tengo novia —respondió, visiblemente incómodo—. Mi enfoque está totalmente en mi trabajo. ¿Y usted? ¿Tiene novio?

—No, pero creo que vas a ser tú —Ellie suelta una carcajada sin inmutarse—. ¿Te gustaría venir a vivir a Italia?

—¡Ellie, deja las bromas! —la reprendo seriamente, toda colorada—. Discúlpala, Renart.

Ellie sonríe como si acabase de ganar una pequeña batalla; cruza los brazos con la cabeza en alto, ostentando una seguridad que solo ella puede demostrar en un momento como este.

—¿Para qué llamaste, Renart? —pregunto, cambiando el tema de conversación.

—Tenemos un serio problema, señora —me contestó de inmediato—. ¿Damián no está?

Mando a Ellie a llamar a mi esposo, que se encuentra en el despacho de la casa, en la planta baja. Pero antes de irse, regresa a la pantalla y, sin más, le dice:

—Renart, no cuelgues, vengo ahora.

—¡Ellie! —No sé dónde meter mi rostro—. No le hagas caso, Renart, mi hermana es muy juguetona.

Renart parece deliberar si debería reírse o seguir fingiendo seriedad. Finalmente, se aclara la garganta.

—Es muy hermosa su hermana, si me permite el cumplido, señora —dice, poniéndose nervioso—. Y no me desagrada la idea de irme a vivir allá.

El corazón me dio un vuelco al escucharlo. Pienso que eso sería fantástico, pero no puedo dejar que Renart haga una locura por mi hermana. Mantengo la sonrisa medida que tanto perfeccioné en estos años.

—¿En serio te gusta mi hermana? —indago con cautela.

—Es muy bella y alegre —responde, bajando la mirada.

—¡Ya vinimos! —anuncia Ellie, mirando a mi cuñado—. Renart, no me contestaste, ¿quieres venir a Italia?

—No puedo responder eso ahora —dijo muy serio al ver a Damián—. Pero creo que ustedes tendrán que venir hoy mismo.

—¿Qué pasa, Renart? —pregunta Damián, llegando—. ¿Cuál es el problema? ¿No me digas que se apareció mi falsa esposa haciéndose la dueña?

El tono frío y cortante de Damián llenó el ambiente de una tensión palpable. Renart, que hasta ese momento había comenzado a relajarse frente a las bromas de Ellie, recuperó su postura rígida, delatando que sucedía algo grave que, por lo visto, no quería decir frente a todos.

—¿Cómo lo sabes? —respondió Renart con asombro.

Renart miró fijamente a Damián, que se sentó frente a la computadora.

Claramente, no sabía cómo manejar este asunto que nos había tomado por sorpresa a todos.

Pasa a contar que había llegado la que se denomina su esposa junto a su padre y Minerva, con unos papeles de un juez que anulan todo lo de Minetti y le dan el derecho a ella sobre toda la fortuna.

—Deja que se quede —dijo Damián para mi asombro—. No le des acceso a nada, ya vamos saliendo para allá.

—¿Puedo ir, mi cuñi? —pregunta Ellie alborotada—. Tengo que ir a conocer a mi novio personalmente.

—¿Novio? —pregunta Damián, mirándome a mí.

—He decidido que Renart sea mi novio —anuncia con una seguridad que me sorprende a mí y a Damián, que me mira en busca de una explicación—. ¿Estás de acuerdo, Renart?

Ellie, siempre tan impetuosa, rodó los ojos con evidente convicción. Dio un paso más hacia la pantalla, casi invadiendo el espacio virtual de Renart. Él se queda sin saber qué decir, tose todo colorado. Río avergonzada mientras le digo al pobre hombre que no le haga caso; mi hermana está bromeando.

—No lo estoy, Renart, serás mi novio, espérame —insiste Ellie—. ¿Me vas a dejar ir, Damián?

—Bueno, creo que tu tío Acher, que nos va a acompañar, es el que tiene que darte permiso. Por mí, no hay problemas —contesta divertido Damián.

—¡Voy ahora mismo a pedirle permiso a mis abuelos y a decirle al tío Acher que me lleve con ustedes, dale, Elsie, ayúdame!

—Es linda —dice Renart, mirando cómo Ellie trata de llevarme con ella.

—Sí, mucho, la acabamos de conocer —responde mi esposo en lo que me observa desde la puerta.

Mientras sigo a mi loca hermana, escucho cómo Damián sigue dando órdenes. Le pide que le avise a Ignacio que vamos a aterrizar en su casa, que no deje a nadie entrar en ella. Manda a arreglar la casa para que a su esposa no le falte nada. Tiene que estar más que desinfectada y limpia.

—Solo deja a mi nana e Ignacio en ella, ¿de acuerdo? —sigue pidiendo, luego hace una pausa antes de decir—: Y Renart, si te gusta mi cuñada Ellie, no tengo problemas; me encantaría que te mudaras para acá conmigo.

—Es linda y alegre, veremos qué pasa, veremos —contesta nerviosamente—. Bueno, te dejo, avísame cuando estés llegando.

—Ah, Renart, no dejes que se apoderen del laboratorio ni de la vacuna de mi esposa —vuelve a decir—. No los dejes, aunque muevas a todos mis hombres para allá.

—Descuida, ya lo hice —dijo con firmeza.

Todos nos arreglamos en menos de una hora para partir hacia Francia. Mis abuelos le dan permiso a Ellie para que vaya conmigo y el tío Acher. Estoy muy asustada, temo que me salgan granos.

—¿Quieres que vaya contigo, Luci? —pregunta mi mamá, al ver lo nerviosa que estoy.

—No, no, mamá. Mejor quédate con los abuelos —me apresuro a decir—. También, el abuelo te necesita mucho; no lo ves cómo mira el reloj y la puerta a cada rato. Entretenlos en lo que llegan Lili y Ale.

Mamá asiente; sé que ella no quiere irse y dejar a Lilian sola. Aunque está preocupada por mí y no se cansa de aconsejarme que me mantenga tranquila. Me recuerda que soy la esposa real de Damián, que no me deje amedrentar por esa arpía.

—Primero quiere cambiarse con Lili —dice ella molesta—. Y ahora adueñarse de la fortuna de tu esposo.

—Creo que los van a agarrar, es lo que quería Alessandro —dije, terminando de empacar—. No sé si es buena idea irnos sin hablar con él. Quizás necesitamos de la mafia para que nos ayude.

—Hija, no olvides que tu esposo se crió en la mafia también, es muy bueno —me recuerda mamá.