¡Ups! ¡No me equivoqué! 255. SEGUIMOS INVESTIGANDO
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255. SEGUIMOS INVESTIGANDO

ALESSANDRO:

Giro al escuchar qué pregunta por mi esposa, la cual se supone que no conoce. Al parecer, es verdad todo lo que dijo Donato. Asiento que sí, ella es Lilian Lemert de Minetti.

—Felicidades, jefe —dice, mirando a Lili de una manera que no se nos escapa.

No digo ni pregunto nada. Después de unos segundos, miro a Estefan, que de inmediato entiende que quiero que vigile de cerca a ese hombre.

Nos introducimos en la cabaña y, al momento, encontramos la señal de mi anillo y abrimos.

En ese instante, entra Rufo con Teron esposado, quien me observa con incredulidad.

—¿Sabes todo? —me pregunta Teron.

—Sí, y te sugiero que cooperes o te quedarás aquí por el resto de tu vida —contesto fríamente.

—Ya les dije todo lo que sé —se apresura a decir.

—No es así. ¿Cómo hiciste para atraparlos aquí abajo? —pregunto, acercándome despacio—. Sé muy bien que mi papá te trajo con él, sabes del oro, de la mina. También sé que tú y tu hermano Draco quieren apoderarse junto a tu papá de los dragones. ¿Qué les impidió hacerlo durante todos estos años?

—¡Las malditas llaves y anillos, esas que traes! —explota furioso.

—¿Y cómo abren y cierran todo mis padres? —sigo interrogando.

—Con el anillo del uno. Él tiene un anillo como ese tuyo —dijo, señalando mi mano—. No necesitas las llaves si sabes cómo usarlo.

—¿Estás seguro? —le muestro de cerca mi anillo.

Aprieta la mandíbula, torciendo el rostro. Luego cuenta que, según escuchó, ese anillo abre algunas cosas solo. Las puertas principales no las abre; necesita de las llaves y los tres dragones. Él no sabía eso, y cuando salió pensando en encerrarlos en la bóveda del oro, todo se cerró de golpe.

—¡Tu mamá lo hizo! —gritó de nuevo—. Lo sé, ella desconfiaba de mí.

—¿Cómo va a encerrarse allá adentro, dejándote a ti afuera, sabiendo que podías hacerme daño a mí y a mi abuelo? —espeté furioso—. Algo no encaja en esa historia que haces.

Volvió a hacer una mueca, torciendo el rostro.

Pero sabe que si no habla, lo dejaré aquí abajo para toda la vida.

Me sostiene la mirada, antes de declarar que existe un mecanismo que dispara todo si no se hacen bien las cosas.

Eso se disparó y, al parecer, por lo que ve, era verdad que habían dejado todas las llaves y dragones afuera.

—Por eso no pueden salir —rió amargamente—. Y si no lo hiciste bien, también te quedarás atrapado. Nuestra venganza será muy buena. Papá y mi hermano al fin serán los dueños de todo lo tuyo y de los dragones, como siempre debió ser.

Siguió riendo a todo dar bajo la mirada de todos. No le dije más nada. Miré a Estefan, ordenando que lo dejara amarrado aquí abajo.

—Luego, si me acuerdo, vendremos por él —dije, viendo cómo me miraba con odio.

Teron me miró con odio mientras reía como un loco, gritando que nunca saldríamos de aquí. Lo dejamos para introducirnos por un túnel oscuro. Al avanzar, comenzamos a sumergirnos en el agua, cada vez más profundo, hasta que casi vamos pegados al techo.

De pronto, salimos a otro lugar más grande que tiene una gran corriente que nos arrastra sin que podamos hacer nada.

—¡Lili, amor, no te sueltes de mí! —grito al ver cómo se hunde dos veces sin que pueda hacer nada—. Sujétate, cariño.

—Tengo miedo, Ale, y mucho frío —me dice ella, aferrada a mí.

—Aguanta, amor, aguanta —la tomo por la cintura, tirando de ella para sacarla del agua—. Súbete en mi espalda, cariño.

Lilian hace lo que le pido; soy mucho más alto que ella y logro mantenerla fuera del agua.

El agua helada entumecía mis músculos, pero no iba a soltarla.

Mucho menos a dejar que el miedo me paralizara.

Dentro de mí rugía ante la idea de perderla.

Lilian se hizo más fuerte al ajustarse a mi espalda, sus brazos rodeándome el cuello con desesperación, su respiración entrecortada golpeándome la nuca.

—No sé cuánto tiempo más podré... —susurró, agotada.

—Sí que puedes —dije con firmeza; era una orden disfrazada de súplica. Yo tampoco estaba seguro de cuánto podría resistir, pero no se lo diría. Debía pensar rápido.

Podía ver a los demás luchando con la corriente, sosteniéndose entre ellos. Miguel se aferraba a Rufo como si temiera que el agua lo arrastrara. Ambos iban delante de todos.

—Creo que hay una cascada delante, Ale —me avisa Rufo.

El rugido de la corriente era ensordecedor, pero alcancé a vislumbrar, a lo lejos, unas siluetas oscuras.

—¡Ahí hay alguien! —le señalé con la cabeza, sin soltarla.

Navegar contra la fuerza del agua sería imposible, pero si calculaba bien, podíamos usar la misma corriente para desviar nuestro trayecto hacia un punto que nos permitiera salir.

Mis pies golpeaban frenéticos en el agua; sentí que Lilian se estremecía sobre mi espalda. Su piel estaba helada.

—¡Lili! No te sueltes, ¿me oyes? —la llamé asustado al ver que la corriente nos arrastraba sin que pudiéramos hacer nada—. ¡Demonios, tenemos que salir! ¡No podemos caer por la cascada!

Justo cuando todo indicaba que íbamos a caer, una red nos detuvo. Nos miramos asombrados, aferrándonos a ella mientras tratábamos de alcanzar la orilla.

—Creí que nos arrastraría —susurró Lilian mientras se aferraba a la red.

Avanzamos despacio hasta llegar a la orilla. Todo en una aplastante oscuridad que solo era interrumpida por los focos de nuestros cascos. Caminamos pegados a la pared, hasta dar con unos escalones que nos llevaron a una gruta mayor, donde las antorchas iluminaban el lugar.

Entrecerramos los ojos ante la dificultad de ver quiénes eran los que nos alumbraban. A un movimiento mío de cabeza, todos sacamos nuestras armas y les apuntamos.

—¿Alessandrito? —se escucha la voz de un hombre—. ¿Eres tú, hijo?

Pero antes de que pudiera responder, un escalofriante grito de una mujer interrumpió el silencio.

—¡RUFINO! —sin comprender lo que sucedía, la mujer avanzó a toda velocidad y se tiró en los brazos de mi amigo—. ¡Eres mi Rufo, mi Rufo!

—¿Mamá? —pregunta Rufo con voz temblorosa, llena de incredulidad—. ¿En verdad eres tú?

Al fin, las antorchas son colocadas en nichos en la pared y podemos ver a quienes están en la cueva: cinco hombres, dos mujeres y cuatro más entre jóvenes y niños.

Los miro tratando de reconocer a alguien, pero no lo logro; son completamente extraños para mí.

Sin embargo, Rufo sí reconoce a sus padres y se abraza a ellos, feliz.