¡Ups! ¡No me equivoqué! 254. LA NUEVA BÚSQUEDA
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254. LA NUEVA BÚSQUEDA

ALESSANDRO:

Guardaron silencio ante mi ataque y la expresión de confusión de Rufino. Lo observaban con recelo y al mismo tiempo les llamaba la atención ver la confianza que yo tenía en él.

—Ale, vamos ahora mismo a mirar donde nos dijo Donato; ya sean tus padres o los míos, no saldremos de aquí hasta que los encontremos —dijo Rufo, molesto, tomando su mochila, en espera de mi respuesta.

—Marino, quédate aquí con ellos —estuve de acuerdo y le ordené a mi segundo, que se acercó—. Desármalos a todos. Cómpreles ropa, comida y todo lo que necesiten; deben estar presentables para sacarlos sin que se vean raros. Nadie se mueva hasta mi regreso.

—¿Y si no regresas, jefe? —se puso de pie el primero—. Hemos estado muchos años aquí abajo.

—No se preocupen, podrán salir; él sabe cómo sacarlos —les indiqué—. Pero no me quedaré abajo. Vamos todos.

Todo se hizo como dije. Me adentré hasta la celda de Donato, buscamos en la pared que aquel dijera, y en efecto, encontramos la señal de mi anillo. Abrimos para ver unas escalinatas que descendían hasta una gran sala. Estaba llena de signos extraños en la pared.

—Sigamos las flechas, Ale —señaló Rufo, mostrando unas que estaban esculpidas en la piedra.

Así lo hacemos hasta ir a dar a una puerta. La abrimos sin problemas; ahora es un estrecho, húmedo y oscuro túnel. Seguimos avanzando cuidadosamente por si hay trampas, hasta desembocar en un río subterráneo.

—¿Y ahora? —pregunto mirando alrededor.

—Ale, Ale —me llama Lilian—, mira, hay un sendero claro por aquí.

Todos iluminan el piso y se ve que por allí transitan personas o animales; está muy bien definido, por toda la orilla del río. Lo seguimos hasta ir a parar a una enorme cueva con estalagmitas que reflejan la luz de nuestras lámparas.

—¿Para dónde ahora? —miramos alrededor, pero no se ve nada.

—Se pierde en la pared —indica Rufo revisando—. Iluminen toda la pared, chicos. ¡Ahí, Ale! ¡Ahí está tu anillo!

Me señala la marca en una esquina disimulada por una piedra. Me adelanto y coloco mi anillo, pero no pasa nada. Vuelvo a intentarlo y nada. Lilian se me acerca y coloca el suyo, y nada. Rufo saca el del dragón blanco y la pared se abre, dejando ver una escalera muy oscura.

—Al parecer debíamos poner los tres anillos —dice Lilian—. Lo que sí se supone que estos son los únicos; ¿cómo abrían los demás?

—Buena pregunta, Lili. Vamos a ver a dónde nos lleva esto —digo mientras veo la abertura.

Luego de andar un buen trecho, comenzamos a caminar por las catacumbas. A ambos lados están las criptas con esqueletos. Caminamos y caminamos; tal parece interminable. Hasta que vamos a dar a una especie de horno; se siente el calor.

Subimos varios escalones, abrimos una puerta y nos asombramos ante lo que veíamos.

Es una enorme estancia, llena de viveros de plantas comestibles.

Seguimos avanzando por el sendero central, hasta más allá de una pequeña laguna, y justo delante de nosotros se ve una gruta acomodada como si fuera una casa.

Sacamos nuestras armas y avanzamos cuando somos sorprendidos por una enorme red que cae del techo y nos atrapa.

Al momento, los hombres sacan sus cuchillos y se liberan.

—Tengo miedo, Ale —susurra Lilian, pegada a mí.

La coloco detrás de mí, haciéndole señas a mis hombres que la cubran. Seguimos avanzando despacio, con nuestras armas listas, hasta llegar a lo que parece una vivienda. Abrimos; está vacía, abandonada.

—Me estoy cansando de siempre no encontrar nada —protesto molesto—. Nunca fui bueno con los laberintos y misterios; ¡no me gustan!

—Debe ser porque te torturaron con eso cuando tenías cinco años, Alessandrito —se escucha una voz.

Todos nos giramos sorprendidos, con nuestras armas listas, y vemos a un hombre pelirrojo, barbudo, que se acerca a nosotros. Se ve que está malherido.

—¿Tú quién eres? —pregunto sin dejar de apuntarle con el arma.

—Sabía que un día ibas a dar con nosotros —responde el hombre—. ¿No me recuerdas? Soy Teron.

—¿Teron? —todos nos miramos entre nosotros, pero yo les hago una señal.

—¡Teron! ¿El amigo que me cuidaba? —pregunto con una sonrisa. Necesito saber qué sabe este traidor—. ¿Vaya hombre, qué haces aquí abajo?

Me adelanto y le estrecho fuertemente la mano, mientras mis hombres guardan las armas, aunque lo rodean con disimulo. Teron me cuenta que lo atrapó una trampa tratando de encontrar a mis padres.

—¿Los encontraste? —me apresuro a preguntar.

—Sí, y no —respondió evasivamente—. Cuando creí que los encontré, desaparecieron de nuevo, y no he podido volver a dar con ellos; me dejaron encerrado aquí. Quiero decir, ellos cerraron todo sin saber que era yo.

Miro a Rufo, que tampoco se ha escapado del desliz. Este desgraciado traidor cree que nos puede engañar. Pero tengo que tratar de saber dónde están mis padres. Por eso le sigo hablando como si nada.

—¿Y estás seguro de que eran ellos? —pregunto de nuevo.

—Sí, el dragón negro, el dragón blanco, junto al albacea y su esposa —contestó enseguida, tratando de parecer normal.

—¿Albacea? —miro a Rufo en busca de información; él levanta los hombros en señal de que no tiene idea de a quién se refiere.

—¿No lo conoce? —pregunta, mirando a mi amigo—. Renzo D'Fiore, tu papá, Rufo. Tus padres están aquí junto a ellos.

Nos quedamos en silencio al escuchar esa información. Rufo asegura que los vio morir con sus propios ojos. ¿Cómo es posible que diga que están vivos aquí abajo? Pero no pierde su sangre fría, se acerca a Teron lentamente.

—¿Tienes una idea de para dónde cogieron? —pregunta con calma—. ¿Cuánto hace de eso que dices?

—No sé exactamente cuánto tiempo ha pasado —dice, bajando la mirada—. Pero han sido varios meses.

—¿Meses? —lo miro sin poder creer todavía que estén vivos viviendo aquí abajo. Luego Teron dice que puede que sea un año o algo más. Ha perdido la noción del tiempo. Acepto sus respuestas y le pido a Rufo que lo examine, mientras le explico que es doctor.

—¿Cómo te hiciste esa herida? —le pregunto.

—Tratando de escapar, pero hay demasiadas trampas —dijo, dejando que Rufo lo atendiera, ayudado por Lilian—. He caído en muchas y al final tenía que regresar aquí, que hay comida.

—¿Viste por qué lugar escaparon? ¿Fue por donde vivimos? —sigo interrogándolo sin demostrar mi recelo—. Hay un sendero que nos condujo aquí.

Teron niega con la cabeza; asegura que ellos no se fueron por allí, sino por dentro de la cabaña; entraron y no salieron más. Miro a Humberto, que ha repartido a todos los hombres estratégicamente. Dejo a Rufo atendiendo su herida en lo que me dedico a revisar todo.

—Estefan, quédate con él; Humberto, ven conmigo. Lili, tú también —le pido, tomando su mano.

—¿Eres Leslie, la hija de Kenet Lemert, verdad? —pregunta Teron, haciendo que me detenga en seco.