253. LOS DRAGONES EN LA CRIPTA
MINETTI:
Había llegado junto a todos; desde afuera escuché unas voces. Abrí la cripta a gran velocidad y corrí a su interior para encontrarme con varios hombres que me apuntaban con sus armas; ellos a su vez hacían lo mismo. Nos miramos desafiantes, hasta que uno de ellos baja el arma y pregunta:
—¿Eres Alessandrito Minetti, el UNO?
—¿Quién pregunta? —respondí sin dejar de apuntarle a todos.
Ante ello, todos, sin excepción, levantaron las manos mostrando los tatuajes de dragones en sus manos y bajaron las armas al ver el tatuaje de un dragón negro en mi mano y el de los demás. Luego, bajaron la cabeza y dijeron al mismo tiempo:
—Los diez dragones te saludan. ¡Larga vida al Uno!
—¿Quiénes son ustedes? —vuelvo a preguntar bajando mi arma, no así mis hombres, que rodean a mi señal a todos.
—Somos la décima —dice uno de ellos con respeto.
—¿La décima? —pregunto, aunque recuerdo lo que me explicara Donato.
—Sí, los diez dragones después del Uno —replica el mismo hombre.
Los observé con detenimiento: estaban barbudos, sucios y demacrados. Su piel carecía de color, como si hiciera mucho que no tomaran sol. Hice señal para que se sentaran al ver que algunos apenas se podían sostener en pie.
—Rufo, creo que es mejor que tú y Lili los miren —dije al ver que en verdad estaban muy mal—. Ellos son doctores, dejen que los revisen.
—Agua, jefe, ¿tiene agua? —preguntó uno tembloroso.
—Jefe —me llamó la atención Humberto—, en la sala de las pantallas yo dejé muchas cajas de pomos de agua.
Sin dejar de observar a los hombres, abrí la puerta de las cámaras y enseguida dos de mis hombres les repartieron agua, que ellos bebieron ansiosos. Tomé asiento en mi puesto, sin ordenar que mis hombres dejasen de apuntarles; ellos solo me miraban.
—Disculpe, jefe —dijo uno de ellos—. ¿Puede demostrarnos que es nuestro verdadero Uno?
—¿Qué quieres decir? —lo interrogué, ya habían visto mi tatuaje en la mano.
—¿Podemos ver su tatuaje de Uno? —me pide de nuevo.
Miro a Rufo buscando su opinión en este sentido.
Me muestra que todos tienen dragones tatuados y no aparecen en la lista que tenemos.
Me quedé en silencio antes de decidir. Me puse de pie y me quité la camisa mostrando mi enorme dragón y el tatuaje del Uno.
Además, les mostré el de la cabeza también, y por último el anillo.
Al hacerlo, todos volvieron a ponerse de pie y gritaron:
—¡Larga vida al Uno! ¡La décima lo saluda! ¡Ordene y será obedecido! —Luego se abrazaron y rieron felices entre ellos.
Todavía no entendía quiénes eran y por qué estaban tan demacrados. ¿Serían la décima que me había mencionado Donato? Volví a vestirme y les estreché la mano a cada uno de ellos que hacían fila para saludarme con expresiones felices.
—Gracias, jefe, muchas gracias —me dicen al terminar—. Al fin nos va a sacar de aquí.
—¿Puede alguien explicarme qué pasa? —pregunté volviendo a sentarme sin dejar de mirarlos—. Acabo de hablar con Donato…
—¿Donato sobrevivió, jefe, y Mili? ¿Mili está bien? —preguntó uno muy ansioso.
—Sí, los rescatamos nosotros, están recuperándose en el hospital —explicó Rufo; ellos lo miraron desconfiados—. Soy Rufino D'Fiore, el Consiglieri.
—¿Consiglieri? —pregunta el que parece el jefe, girando la cabeza para mirarme.
—Sí, señor, es mi Consiglieri en todo lo que hago —aseguro, algo incómodo—. ¿Por qué la duda?
—¿Eres en verdad Rufino D'Fiore? —preguntó otro, ahora todos poniéndose de pie y apuntándole a Rufo, que levantó las manos—. ¿Eres el hijo del traidor Renzo D'Fiore?
Otra vez todos mis hombres levantan sus manos para proteger a Rufo. Yo hago lo mismo, colocándome delante de él y apuntando a todos.
—¡Bajen las armas! —ordené con firmeza—. ¡El que se atreva a tocarle un solo cabello a mi Consiglieri es hombre muerto! ¡Siéntense, es una orden!
—Jefe, es hijo de un traidor, ¿cómo va a ser su Consiglieri? —quiso saber uno muy enojado.
Estoy realmente furioso. ¿Cómo se atreve a decir que mi mejor amigo es un traidor? Confío ciegamente en él y no permitiré que nadie le ponga ese epíteto.
—Siéntense y explíqueme eso, es una orden —les pedí de nuevo, bajando mi arma y tomando asiento—. Bajen sus armas ahora mismo.
—Yo también estoy muy interesado en saber por qué creen que mi padre muerto es considerado un traidor, cuando lo mataron por no delatar al UNO —dijo Rufo, muy serio.
—¿Qué cosa? —se levantó otro furioso al escucharlo—. ¡No está muerto! ¡Ese traidor no está muerto!
—¿Qué quiere decir con que no está muerto? Yo escuché los disparos, vi cómo se llevaban el cuerpo de ambos; ¿cómo van a decir que no está muerto? —exclamó Rufo.
Los hombres se miraron entre ellos al ver nuestra reacción.
En silencio se sentaron de nuevo frente a mí, que los miraba con recelo.
El dragón que los dirigía fue el que contestó a las interrogaciones de Rufino.
Aseguró que no lo estaba. Aseguró que lo había rescatado otro dragón cuando los lanzaron al basurero y los trajeron a ambos para aquí.
—Ellos nos rescataron, nos sacaron de las celdas, pero luego desaparecieron, dejándonos perdidos aquí —siguió diciendo molesto—.
Hemos estado comiendo de lo que les daban a los presos y a las mujeres, ocultos, tratando de encontrar la manera de salir sin que nos vieran.
Hace días que todo se acabó; ¿fue usted quien se llevó a todos, jefe?
—Sí, fui yo. ¿Dónde se escondían? —pregunté con sospecha—. ¿Por qué no atacaron a los que los tenían prisioneros si tenían armas?
—Jefe, en el lugar en que nos escondemos, se cierra cuando abre esa puerta principal de entrada, y solo se vuelve a abrir cuando se cierra de afuera —explicó otro de ellos—. Por eso no podíamos escapar.
—¿Y por qué no se escondían en otra parte? —todo me parecía demasiado sospechoso.
El jefe retomó la palabra al ver el recelo en mi mirada. Aseguró que eso pasaba con todos los sitios. No importaba dónde se metieran, cuando se cierra afuera, se cierra todo adentro; todo, menos la puerta de la guillotina.
—Hemos estado aquí cientos de veces y jamás hemos podido atrapar a nadie, ni salir —aseguró con vehemencia.
—¿Y por qué culpan a ese que dicen que es el padre de Rufo? —volví sobre el tema.
—Es él, jefe, él junto a su esposa —aseguró, mirando de nuevo a Rufo con rabia; bufé furioso—. Ellos viven aquí abajo. Pero nunca más fueron a vernos después de sacarnos.
—¿Por eso lo llaman traidor? ¿No se les ocurrió que ellos también quedaron atrapados igual que ustedes? —pregunté molesto.