¡Ups! ¡No me equivoqué! 251. ESTÁN VIVOS ALLÁ ABAJO
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251. ESTÁN VIVOS ALLÁ ABAJO

ALESSANDRO:

Donato volvió a negar con la cabeza, diciendo que no lo sabía. Nunca les vio una llave. Pero ellos abrían la puerta.

—¿Pero nunca te hablaron? —insistí ante su negativa—. ¿Por qué piensas que fueron ellos?

—Sí, me hablaban, pero no sé qué pasaba conmigo —explicó confundido—. Me habían golpeado tan duro que dejé de escuchar por mucho tiempo. Los vi muchas veces tratar de abrir mi celda, pero no lo lograron.

—¿No crees que mis padres los dejaron ahí para ver si aparecía el dragón de fuego y atraparlo? —pregunté, ya buscando explicaciones en mi mente a toda velocidad, lo mismo que Rufo a mi lado.

Donato aceptó que era una posibilidad. Pero el llamado Wilmot jamás vino; siempre era primero Theron y luego Draco, que se enamoró de mi nana Mili. Ella lo rechazó todo el tiempo, pero él abusaba de ella y la dejaba en la celda. Cuando salía embarazada, no volvía.

—Ese desgraciado daba la orden de que desaparecieran a los bebés, pero tus padres los salvaron a todos —dijo con rabia contenida.

—No creo que mis padres sean esos; no me imagino a mi mamá dejando a su mejor amiga en ese sufrimiento —digo, moviendo la cabeza con desánimo.

—¡Son ellos, Alessandro, lo son! —insistió con vehemencia—. Y te digo que es que nos querían dejar en esas celdas. Ellos no pudieron ni abrir ni cortar los barrotes sin que los descubrieran; acuérdate de que nos tenían vigilados.

Miré al demacrado hombre frente a mí sin saber si creer lo que decía o si todo era producto de las alucinaciones que le habían provocado su largo encierro.

Al ver la duda en mi mirada, Donato siguió diciendo que no sabía por qué mis padres permanecían allá abajo sin salir.

Una vez escuchó que le decían que necesitaban limpiar a los dragones.

Había sido la última vez que regresaron, hacía apenas un año.

—Te digo que es verdad, niño —aseguró con firmeza—.

Ellos inyectaron a Mili para que no saliera más embarazada y no los volví a ver.

No sé por qué no regresaron más, pero están allá abajo.

Ve a ver la pared frente a mi celda; por allí entraban y salían.

¡Lo juro por Dios! Nos traían agua y comida.

Es verdad que estaba todo oscuro, apenas los veía, pero eran ellos, ¡eran ellos, hijo!

Todo era demasiado confuso para mí. Soy desconfiado por naturaleza. En mi mente rebotaba una pregunta: ¿y si eran mis padres, por qué no salieron? Si, como dice mi mamá, se conocía todo ese laberinto, ¿por qué no salen?

Donato parecía que leía en mi rostro mis dudas. Se apresuró a decir que no sabía por qué no salían. Pero estaba seguro de que eran mis padres.

—Están más viejos, pero eran ellos, eran ellos —insistió—. Te lo juro, hijo, ve a buscarlos.

—¿No vio a nadie más? ¿Solo a los padres de Ale? —preguntó Rufo al ver que yo no le creía.

—Solo los vi a ellos —siguió explicando—. Después de que rescataron a los diez dragones, venían solo ellos; a veces venía solo tu padre. Cojea de una pierna. Tiene una enorme cicatriz en su cara, que le coge todo el ojo izquierdo.

—Conozco a alguien así —dije de pronto.

—Es verdad, Ale —afirma Rufo—. Yo lo operé; no puede ser él. No puede, Ale; me hubiera dado cuenta. Yo no conocí a tus padres, pero el abuelo siempre dice que ahora te pareces mucho.

—Eso es verdad, eres el vivo retrato de tu padre a tu edad —afirma Donato.

—Además, estoy cansado de ver las fotos. Ese señor no puede ser tu padre, Alessandro —insiste convencido Rufo.

—No lo sé, Rufo; a estas alturas ya no sé qué esperar —dije con honestidad—. ¿Algo más, Donato?

Continuó diciendo que Kenet fue el que se quedó al frente de todo.

Él debía cuidar bien de todos los objetos de la organización.

Sin embargo, tenía un terrible enemigo. Según supo, le habían cogido a la esposa del hermano Kasian.

Y durante toda una semana la estuvieron torturando y se escapó.

El hijo del dragón de fuego, Draco, el que violaba a Mili, la andaba buscando.

—Draco le juró a Kenet, una de las pocas veces que nos encontramos, que lo mataría y haría sufrir a su hija hasta el fin de los siglos —miré a Lilian, que se pegó a mí por instinto—.

Es decir, cuida muy bien a Leslie; si ese hombre la coge, no sabes lo que le va a hacer.

Ese fue el motivo por el cual la raptaron los hombres de Francia, a través de su hijo Demon.

Menos mal que la rescatamos antes de que se la llevaran, también porque ellos se enteraron quién era y qué representaba.

—En conclusión: ¿mi enemigo es el dragón de fuego, sus hijos y también son los de Lilian? —pregunté con frialdad.

Asintió, agregando que tenía que cortar la cabeza de esos tres dragones. También debía buscar en mi closet. Detrás del número escrito en la pared, trescientos treinta y tres, al quitarlo, se abría una entrada.

—Mete tu anillo de dragón, y encontrarás los nombres de los traidores que descubrimos dentro de todos los dragones —siguió indicando—. A ellos también tienes que eliminarlos.

—Encontramos una lista en el banco y me dice lo mismo —recordó Rufo.

Pero Donato dijo que era vieja y desactualizada. La que decía es la que debías ver, porque contiene también a los diez principales dragones.

—Tienes que ir por ella —insistió de nuevo—. Tu madre me había dejado el anillo. Yo lo oculté ahí donde sabes, y veo que lo encontraste; solo tú sabías de ese escondite.

—¿Fue usted? —pregunté, mirando el anillo en mi mano.

Sonrió con alegría al ver que no había olvidado lo que me enseñó.

Nadie, excepto él y yo, lo conocía. Además, agregó que debía encontrar a las chicas falsas que puso Kenet a hacerse pasar por su hija Lilian y su sobrina Lucila.

Él había escuchado en una conversación que sostuvieron, creyendo que él estaba inconsciente, que las van a cambiar por las verdaderas.

—El papá de la falsa está entre nosotros, pero no pude saber quién es —aseguró, enérgico—. Escuché eso, que estaba dentro de nuestros hombres.

—Una última cosa, Donato, ¿está seguro de que se abre una puerta delante de tu celda? —pregunté, queriendo ir a buscarla.

—Sí, por ahí salían tus padres —respondió de inmediato—. Lo vi cientos de veces durante todos estos años.

Nos quedamos en silencio, mirando a Donato. Me pongo de pie de un salto. Tomo a Lilian de la mano y salgo casi corriendo. Rufo me sigue, junto con todos mis hombres, directo a la cripta. Si mis padres están vivos, no saldré de allá abajo hasta que los encuentre.