¡Ups! ¡No me equivoqué! 250. LOS SECRETOS REVELADOS
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250. LOS SECRETOS REVELADOS

ALESSANDRO:

Según Donato, los dragones de fuego creen que mis padres, por ser ricos, le quitaron el poder al suyo.

Pero no fue así; el dragón de fuego se negó a pertenecer a la cúspide.

A cambio, pidió seguir siendo el reclutador y exigió una gran suma de dinero que se lo dieron mis padres, junto con el poder de toda Escocia, del mundo oscuro.

Lo habían exigido cuando salvaron a sus dos hijos, según de un ataque de los enemigos de mi padre.

Pero Donato había descubierto más tarde que no fue que los habían atacado, sino que una bomba que habían puesto ellos para matar a mis padres explotó y salieron muy malheridos.

Ese fue el motivo por el que mi papá, pensando que lo habían salvado, los trajo para operarlos y cuidarlos aquí en Roma.

—Luego, como confiaba en el joven Teron, que se había quedado con nosotros, lo llevó a ver el oro —contaba con firmeza—.

Pero tuvo la precaución de taparle los ojos para que no supiera exactamente dónde estaba.

Lo hacía con todos los hombres que los acompañaban; nunca dejaba ver por dónde entraban o salían en las catacumbas, y eso fue.

—¿Qué quiere decir? ¿Él traicionó a mis padres? —pregunté con los ojos inyectados en sangre.

—Sí, los traicionó porque se quedó para espiar, como decía tu mamá —contestó, sosteniendo su mirada frenética—.

Ya te digo, hijo, ellos son los hijos del dragón de fuego escocés.

Están convencidos de que mi padre les quitó el poder y quieren recuperarlo.

Se declararon enemigos; se tatuaron un dragón negro aplastado por su dragón.

—Sí, ya vimos ese tatuaje —dijo Lilian.

—¿Lo vieron? —preguntó Donato, mirándome fijamente—. Son tus enemigos, Ale; tienes que matarlos a todos.

—Lo haré en cuanto los agarre —dije furioso—. Ya sé que son mis enemigos, trataron de coger a mi esposa.

—Bueno, antes de seguir por ese camino, deja que te diga algo muy importante que debías saber antes de asumir el cargo del Uno —me detuvo—.

Los dragones de colores son formados así: son solo diez, que son los mayores dragones y poderosos jefes de la mafia por región; solo ellos tienen el derecho de conocer quién es el Uno.

—¿En serio? —preguntó Rufo, interesado—. Ale, lo hicimos todo mal.

Donato escuchó la explicación de Rufo de lo que habíamos hecho.

Luego siguió explicando que después de los diez primeros le siguen cincuenta; estos tienen el derecho de conocer al Consiglieri y hablar con él.

Les siguen otros cien, que son mafiosos menores que pueden pedir una reunión con el Consiglieri por teléfono.

Esa es la jerarquía; únicamente diez pueden conocer quién es el Uno, y fueron los diez que lo habían acompañado a buscarlos cuando desaparecieron.

—Ellos nos atraparon cuando íbamos a buscar a la hija de Kenet. Es decir, tu señora aquí presente —terminó de decir. Lo observo sin entender.

—¿Qué quiere decir? —pregunto con seriedad.

—Alessandrito, nosotros estamos convencidos de que tus padres están vivos en algún lugar del laberinto ese y que, por algún motivo que no sabemos, no logran salir —aseguró con una firmeza que me estremeció—.

Ellos habían ido a buscar, junto a unos pocos hombres de su confianza, otro sitio que decía tu mamá.

Era una mina de oro, después del lago subterráneo, y no regresaron.

—¿Cómo mi abuelo no sabe nada de eso? —inquiero de nuevo.

Me cuenta que en esa época, mi abuelo no pertenecía a nada de la mafia. Mi padre me hizo jurar que no le diría y no lo hice; contesté solo lo esencial cuando estaba empeñado en encontrarlos. Y lo hizo para que no fuera atacado por los dragones traidores. Él debía permanecer libre para mi cuidado.

—Pero ya conoces a tu abuelo; asumió todo lo de la mafia al desaparecer ellos —continuó explicando.

Guardé silencio; era la primera vez que escuchaba la historia contada por otro que no fuera mi abuelo. Siguió diciendo que precisamente eso era lo que estaban discutiendo con Kenet cuando le raptaron a la hija. Iban a bajar a buscarlos en las catacumbas.

—La mejor amiga de tu mamá y tu nana Mili, junto conmigo, nos hacíamos pasar por tus padres.

Para no dar la alarma a todos los dragones de que nos habíamos quedado sin jefe —prosiguió—.

Logramos descubrir un gran complot para asesinar a tus padres y a los diez principales dragones, para apoderarse del oro.

Por eso nos reunimos, para ir por ellos, pero explotaron el vehículo en que íbamos; nos llevaron a un hospital en Milán.

Allí el doctor Mancini nos atendió, pero luego nos entregó al dragón de fuego con su hijo Draco, que fue el que nos encerró allá abajo.

—¿Quién es el dragón de fuego? —hice la pregunta que nos atormenta.

—Se llama Wilmot Rock; es escocés. Tiene dos hijos, el mayor es Draco, y el que se quedó con nosotros es Teron —contestaba con claridad—.

Fue el que vio el oro y se lo contó a su padre.

Al enterarse, empezó a reclamar y a querer que tus padres le cedieran una gran parte para su beneficio.

Ellos se negaron, porque ya sabes para qué lo querían.

La historia ahora estaba más clara. Mis padres, dos tontos niños ricos queriendo hacer de héroes, se metieron con los verdaderos mafiosos y terminaron así. ¿En qué diablos estaban pensando?

—¿Y por qué crees que mis padres viven? —pregunté otra vez.

—Porque ellos rescataron a todos los otros dragones —respondió de inmediato—. A mí y a Mili no, porque no pudieron abrir nuestras celdas.

—¿En serio? ¿Y dónde están esos dragones que salvaron? —quise saber de inmediato.

Negó con la cabeza; desaparecieron un día de la celda que los tenían. Estaba inconsciente cuando lo hicieron.

—¿Y cómo sabes que fueron mis padres quienes los rescataron? —todo era muy conveniente—. Pudieron escapar solos.

—No, no pudieron —negó enseguida—. También porque vinieron a tratar de liberarnos a nosotros y no pudieron.

No hubo manera de que dieran con el mecanismo de abrir las rejas.

Tampoco pudieron romper los barrotes; todos los días intentaban algo diferente cuando podían, mataron a una pila de esos desgraciados que nos torturaban. Sin embargo, no podían liberarnos.

—Es extraño —dice Rufo—. Si, como bien dices, la mamá de Ale se sabía todas las trampas, ¿cómo no logró abrir esa? ¿Y cómo Draco y Teron lo hacían?

Negó de nuevo; lo intentaron casi todo el tiempo. Venían y se llevaban a los hijos de la nana Mili antes de que los otros los agarraran.

—No estoy loco; los veía cuando salían de esa pared y sacaban a los bebés por los barrotes —siguió diciendo—. Son hijos de Draco; él era quien la violaba todo el tiempo. Nadie más la tocó, solo él; abría nuestras celdas.

—¿Tiene una llave de allá abajo? —pregunté con curiosidad.