¡Ups! ¡No me equivoqué! 249. EL ENCUENTRO CON DONATO
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249. EL ENCUENTRO CON DONATO

ALESSANDRO:

Ante mi pregunta, Donato se sienta en la cama con algo de esfuerzo, ayudado por Rufo, que le acomoda las almohadas detrás de su espalda.

—Antes de contestarte eso, Alessandrito —comienza a hablar Donato—. Deja que cumpla con mi deber de instruirlos en la organización de los dragones, que fue la tarea que me dejó encomendado tu padre.

—Eso puede esperar, señor Donato —insisto, queriendo saber lo más importante para mí en estos momentos—. Ahora lo único que me interesa es encontrar a mis padres y saber si están vivos o muertos.

—Y lo harás, Alessandro —aseguró con firmeza—. Pero de lo que te voy a contar depende que los encuentres.

—Deja que nos cuente, Ale, vamos a sentarnos —me pide Rufo.

—Pero, Rufo… —protesto con impaciencia.

—Vamos a escucharlo, Ale. Después sabremos dónde buscar —me pide Lilian, tirando de mí para que me siente.

—Solo dígame primero si están vivos —exijo sin poder contenerme.

—Hasta hace un año lo estaban, ahora no sé —contestó para sorpresa de todos.

—¿Un año? ¿Un año? ¿Está seguro de eso? —pregunté con el corazón acelerado.

—Alessandro, deja que te cuente, hijo —me pide Donato.

—Vamos, Ale, deja que hable —insiste Rufo.

Guardo silencio, tratando de controlar la impaciencia que me consume. Sé que debo escuchar todo lo que me dice, pero nadie puede comprender lo que eso que acaba de decir significa para mí. Camino de un lado a otro, tratando de tranquilizarme para poder concentrarme.

—¿Es que no entiendes, Rufo? ¿Cómo van a estar vivos mis padres y no salieron en tanto tiempo?

—estoy muy confundido—. Si Donato los vio hace un año, quiere decir que se mueven libres por allá abajo.

¿Por qué no salieron? ¿Por qué no me buscaron?

A mí, a mi abuela, que se pasó toda su vida sufriendo y enfermó por ello.

A mi abuelo, que ha vivido en una tortura desde que desaparecieron. ¿Por qué?

—Cálmate, deja que él te cuente, amor —me dice Lilian, tratando de que me calme.

—Está bien, está bien —acepto y vuelvo a sentarme al lado de la cama—. Dígame todo lo que sabe, Donato.

Pero me pongo de pie y voy hasta la puerta. Les ordeno a mis hombres que no dejen pasar a nadie, ni siquiera a las enfermeras y doctores. Regreso y tomo asiento frente a Donato, que suspira y luego toma aire.

—Sé que no es justo que te tenga ansioso, Alessandrito. Y disculpa, sé que ahora eres nuestro Uno, pero yo te vi nacer; te cargué, estaba contigo las veinticuatro horas, te dije siempre así. Pero puedo decirte, jefe —inclina la cabeza ante mí.

—Está bien, Donato, no me molesta —estoy tan ansioso ante sus vueltas que casi no puedo contenerme—. Empiece su historia a partir de que desaparecieron.

Asiente diciendo que la historia tiene que empezarla mucho antes que eso, de cuando se conocieron mis padres.

Fue en un viaje que hicimos con tus abuelos a China y Japón.

Debo saber que existe esta organización llamada "Los Dragones Blancos".

Cuando iban a entrar a un enorme templo de un dragón, en la entrada se encontraron con una joven maravillosa que se había caído y lastimado un pie.

Era mi madre; fue un amor fulminante. Mis padres se amaron desde que se vieron.

Pero no solo eso, ella conocía a muchos de esa organización y tenía especial cariño con el abuelo del dragón blanco.

Cuando regresaron a Italia, ellos ya venían con el firme propósito de hacer a la organización "Los Dragones de Colores", así pensaban ponerle.

Viajaron a Escocia en busca de un aliado del dragón blanco.

Se había dedicado a marcar a niños por el mundo para hacer dicha organización, y era verdad. Cosa que siguieron haciendo mis padres.

—El caso fue que se necesitaba mucho dinero —contaba Donato—. Y aunque la idea era buena, no tenían ese poder económico; únicamente la familia de tu padre la tenía.

—Ya veo —digo con tristeza—. El maldito dinero y la estupidez de mi padre me condenó. Sigue, Donato, ¿qué más hay en esa historia?

Habían nombrado a mi papá el dragón negro y el Uno. Kenet Lemert era el que seguía en poderío económico, y por el color del cabello, lo nombraron el dragón rojo. El dragón blanco ya estaba definido; era un asiático. Y a mi madre, la Consiglieri. Ella era, en realidad, un genio.

Mi madre fue la que creó todas las bases de la organización: sus rituales, sus leyes y todo lo demás.

Ella fue la que estudió y descubrió esos laberintos, catacumbas, túneles, acueductos y lagos debajo de Roma.

Y se le ocurrió la idea de utilizarlos a su beneficio.

Fue quien selló todo con puertas increíbles, creando cuatro llaves y los anillos.

Después descubrió este antiguo libro en un museo que hablaba del mundo subterráneo de Roma, toda una ciudad escondida.

Y lo encontró: todas las antiguas trampas, las puso a funcionar, e insertó cámaras de vigilancia.

Para rematar, encontró el oro, junto a otras habitaciones atestadas de esculturas y de obras de arte muy valiosas de todo tipo.

—Ella lo encontró todo, pero para nuestra desgracia, en un viaje a Escocia, tu papá salvó a dos jóvenes, hijos del dragón de fuego —siguió diciendo—. Y los trajo con él a Roma. Uno de ellos se fue, pero el otro se quedó a tu lado. Era muy joven y parecía muy fiel; no sé si te acuerdas de él.

—¿A quién se refiere? —pregunté con interés.

—Teron, hijo, el pelirrojo que siempre estaba a tu lado y que te prohibí decirle ningún secreto —me recuerda Donato.

Frunzo el ceño recordando a ese joven. No le gustaba Rufo, decía que era demasiado inteligente.

—¿Te acuerdas de él, Rufo? —pregunto para confirmar—. El abuelo tuvo que llamarle la atención porque te hacía dormir con los sirvientes.

—¡Claro que me acuerdo! —dice Rufo—. Fue después que lo cogí husmeando en tu closet.

—Pero un día desapareció sin dejar rastros. No volvimos a saber de él. Fue mucho después que usted desapareciera, Donato —digo, volviendo la atención a él.

—Porque cayó en una trampa allá abajo —dijo Donato—. Estaba tratando de abrir la bóveda del oro. Estuvo hasta ese momento torturándome para que le dijera dónde estaban las llaves, tu anillo y el teléfono negro.

—¿No conocía nada de eso? —pregunté y lo miré muy serio—. ¿No dices que me cuidaba? ¿Cómo no sabía de mis cosas?

Asiente con la cabeza. Era cierto que estaba conmigo cuidándome de cierta manera.

Sin embargo, tenía una extraña manera de estar escuchando y espiando todo en la casa.

A mi mamá le parecía sospechoso. Se lo dijo un montón de veces, y ella nunca lo dejaba ver lo que hacía.

Esos dragones de fuego son los perpetradores de todo.

—¿Por qué lo dice? —pregunté intrigado.