¡Ups! ¡No me equivoqué! 248. UNA GRAN PASIÓN
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248. UNA GRAN PASIÓN

LILIAN:

Pero Alessandro no responde. Me tomó el rostro con ambas manos y me besó con furia, con pasión, como si quisiera grabarse en mí.

Sigue besándome de la misma manera, sin dejar que hable.

Me abre el pantalón y me lo baja con furia.

Lo ayudo mientras lo acaricio y lo beso también con desespero en la oreja, mientras estoy excitada al máximo.

—Lo quiero todo, Ale, todo, ahora… —gimo al sentir cómo el miembro de Alessandro salta y choca con mi centro al ser liberado.

—¿Lo quieres…? —pregunta con su voz ronca por la excitación también, Alessandro.

Me levanta una pierna que al fin libero de la pata del pantalón, prendiéndome de su labio; me muerde al tiempo que tantea hasta encontrar el punto exacto, y de un fuerte impulso de su cadera se pierde en mi interior, que lo recibe gustosa.

—¡Oh sí…! —gimo, echando mi cabeza hacia atrás, cerrando los ojos para experimentar el mayor de los placeres.

Impulso con fuerza mi cadera al encuentro de la de mi hombre. Me toma por el cabello para obligarme a permanecer con la cabeza hacia arriba, mientras con su boca caliente me recorre el cuello, besando, succionando, lamiendo, para luego desembarcar en mis senos deseoso.

Mis brazos se prenden del cuello de Alessandro y lo atraigo con fuerza, haciendo que suba su cabeza para besarlo con pasión.

Mis ojos brillosos, cargados de deseos, lo miran con amor.

Me encanta verlo así, todo tenso, bombeando con fuerza en mi interior.

Alessandro me tiene sujeta una pierna, mientras me introduce con todas sus fuerzas.

—Fuerte, más fuerte… Ah… —pido, y de un impulso me monto sobre él, que gira para recostar su espalda en la pared y me toma por la cintura, como tanto me fascina verme.

Ale no ha podido olvidar esa primera noche en que lo volví loco, saltando, arrebatada entre sus brazos, solo que esta vez no tiene que cuidarme.

Me obliga a bajar hasta sentir cómo se hunde completo en mí una y otra vez, con certeras, precisas y violentas embestidas, sintiendo cómo el interior caliente de mi vulva se humedece más y más.

—Vamos, Lili, dámelo todo… —me exige, tirando con fuerza de mí, como si quisiera traspasarme.

El ritmo se vuelve frenético. Las respiraciones agitadas, las bocas abiertas, cuando no nos mordemos, besamos y succionamos, nos miramos felices.

—Me encantas, Lili, me encantas —dice entre jadeos Alessandro, impulsándose con fuerza—, eres endemoniadamente enloquecedora…

—Y tú, mi mafioso celoso… —respondo, prendiéndome de su boca.

Alessandro se gira de golpe, apoyándome contra la pared, acto que le permite hundirse hasta el fondo en mí, y lo hace con todas sus fuerzas, sin dejar de mirarme.

—¿Así? ¿Así es como te gusta que te tenga, Lili? —pregunta entre jadeos—. ¿Por eso te portas mal, para que te castigue de esta manera, eh…?

Y sigue entrando y saliendo como un poseído de mí, con sus ojos todavía furiosos por los celos, lo que me complace.

—No quiero que toques a otro hombre, Lili —y me da una estocada profunda—. Soy tu hombre —otra más—. Solo tienes permitido tocarme a mí —otra más—. Solo a mí —y otra, otra, otra, que hace que sienta como si fuera a explotar.

—¡Ahora no te detengas, Ale! ¡Ahora dame duro… oh sí, duro, Ale, duro…! —le exijo con placer.

—¿Quieres duro? ¡No! No tienes permitido terminar todavía —y se detiene en mi interior, al tiempo que me da una fuerte cachetada en uno de mis glúteos, mirando mi cara de sufrimiento primero, luego de furia y por último de ruego.

Lo beso suavemente, lo acaricio en el cuello, atrayéndolo hacia mí, comenzando a moverme suavemente.

—No seas malo, mi Capo di tutti i capi, vamos, compláceme, tu Prima donna, demuéstrame todo lo que tienes —lo beso profundo, con toda la pasión y amor que siento por él, que termina por devolverme el beso, hasta morderme.

—Tienes que acabar de darte cuenta de que eres mía, Lilian.

Quiero que recuerdes que solo yo entro en ti —me pide con voz ronca—.

Agárrate fuerte, quiero que sientas que yo soy tu dueño, aun cuando ya no esté en tu interior.

Te voy a dar duro, Lili, tan duro que no volverás a olvidar que eres mía nunca más.

Comienza a darme fuertes estocadas, violentas, aumentando de a poco el ritmo.

Por primera vez siento cómo el miembro de Alessandro crece en mi interior.

Me taladra, pero me gusta el roce por toda mi vulva que me enloquece, haciendo que sienta de una manera que antes no lo había percibido. Quiero a este hombre, lo adoro.

Deseo sentir por siempre esta manera de hacerme suya. Miro a Alessandro, que tiene todos sus músculos tensos, excitado, sudoroso, viril, que me mira y sonríe de una manera maliciosa. Me doy cuenta de que a mi esposo le encanta, como en estos momentos, dominarme con placer.

Los gemidos aumentan, los sonidos de su entrar y salir se hacen más evidentes, enloqueciéndonos.

Nuestras temperaturas están elevándose cada vez más.

Lo miro suplicante, ante la inmensidad del placer que me enloquece, con miedo a que se detenga en ese justo momento que está por llegar y que desea con toda su alma.

Alessandro sonríe nuevamente, me observa sin dejar de penetrarme mientras llego al máximo del placer, suplicándole con mi mirada, y se deja ir junto a mí, hasta terminar ambos en un fuerte estertor. Luego nos besamos con pasión desmedida.

—Solo yo te hago sentir así, Lili, recuérdalo la próxima vez que se te ocurra tocar a otro hombre ¿Capisci? —me dice, y no puedo dejar de asentir para darle gusto.

Nos quedamos jadeantes, todavía un rato abrazados. Luego nos desnudamos y abrimos el agua, sin dejar de besarnos y acariciarnos. Unos toques en la puerta nos devuelven a la realidad.

—Ale —lo llama Rufo—, deja eso para después, dale que Donato ya está listo para hablar.

—Voy enseguida, Rufo, dame cinco minutos —contesta Alessandro.

—No demores —exige Rufo.

—Tenemos que ir, Lili —dice sin dejar de besarme—, luego continuamos con esto. Tu castigo no ha terminado.

—Deja de hablar de castigo y vamos —le digo, pero tampoco dejo de besarlo y acariciarlo—. Me encanta tu miembro, Ale, es precioso.

—Deja eso —dice riendo—. Vamos, Lili, es importante. Quiero saber dónde están mis padres. También me encantas, toda tú, linda, pero es hora de irnos.

Salimos del baño y nos dirigimos a donde está Donato. Rufo me informa que ya el abuelo, junto a la señora Libia, Migue y la señora María, se habían ido para la casa. Al llegar a la habitación, Donato, al verme, se emociona.

—Eres igual a tu padre, Alessandrito —le dice.

—Donato, gracias a Dios que despertó, ¿cómo se siente? —lo saluda Alessandro.

—Mejor, hijo, pero aún muy débil —responde con debilidad—. ¿Podemos quedarnos a solas?

Alessandro le explica que puede hablar delante de ellos. No presenta a todos. Señala a Rufo, recordándole que era su mejor amigo, y yo era su esposa, Leslie Lemert, la hija de Kenet Lemert, que cree que él conoce.

—Vaya, lo lograron —dice con una sonrisa.

—¿Qué quiere decir? —pregunta Alessandro.

—Lo último que supe de ella es que la habían raptado, y la íbamos a ir a buscar para esconderla —dice mientras me señala—. Pero escuché a los que nos tenían encerrados que habían muerto todos en un avión.

—Ella se salvó —explica Alessandro—. Ahora, Donato, ¿me puede explicar qué quiso decir con que había encontrado a mis padres? ¿Dónde están? ¿Están vivos?