245. LA VISITA DE ANDREA
LILIAN:
Miro a Andy, que se ha quedado en la puerta. Mi madre se levanta despacio y camina hacia él. A pesar de todo, Andy se adelanta y la estrecha emocionado; siempre lo trató como a un hijo.
—¿Cómo has estado, Andy? —le pregunta mi madre.
—No muy bien, mi suegra —responde él con descaro—. Le debo muchas disculpas.
—Eso no tiene importancia, hijo —sigue diciendo mamá con suavidad—. Me alegra verte bien. Aclaren todo, y espero que seas feliz, Andy.
Andy se queda en silencio, con los ojos aguados, mirando a mi madre, que lo mira como siempre. Para mi sorpresa, le dice que no se llama Andrea, sino Adriano Mancini de Milano. Mamá asiente diciendo que ya lo sabe.
—Pero para mí, siempre serás Andy —dice ella con dulzura—. Bueno, vayan a lo suyo. ¿Lili, necesitas que te acompañe, hija?
—No, mamá, no es necesario —respondo muy seria.
Mamá me mira con preocupación y camina hacia mí. Tomo sus manos y las aprieto. Luego saco mi teléfono y llamo a Alessandro. Tarda varios timbres en contestar.
—¿Dime, Lili? —al fin responde.
—Andy está aquí y me pide hablar con él —le digo de inmediato—. ¿Crees que pueda hacerlo o debo esperar por ti?
—¿Cómo se acercó a ti? ¿Y nuestros hombres? —pregunta enseguida.
Le cuento que los guardias están en la puerta; de seguro no lo reconocieron y lo dejaron pasar porque está vestido de doctor. Se queda en silencio unos minutos antes de preguntar si quiero hablar con él. Le digo que necesito aclarar las cosas con él de una vez por todas.
—Hazlo, pero con nuestros hombres a tu lado —contesta finalmente—. Lili, a tu lado, no afuera, no lejos, ¿me entiendes? Yo, en cuanto termine, voy.
—Gracias, Ale —respondo mientras cuelgo.
Me giro hacia Andy, que ha permanecido observándome todo el tiempo sin decir nada. Me acerco y, por un instante, me quedo mirándolo fijamente a los ojos.
—¿Hay alguna habitación en este mismo piso vacía? —pregunto.
Asiente con la cabeza señalando la habitación de al lado. Cuando me dirijo a la puerta, Migue me llama. Me detengo y le digo que estaré acompañada, indicando que si llega mi esposo, le diga dónde estaré.
—¿Estás segura, Lili? ¿No quieres que vaya contigo? —pregunta, viniendo a mi encuentro.
—No, Migue —me niego enseguida—. Acabo de hablar con Ale, él viene ahora.
—Piensa bien, Lili. Aclara todas las cosas de una vez por todas. Yo estaré aquí; Rufo viene en un rato —me susurra—. Pero sabes que solo tienes que llamarme y estaré a tu lado. Y tú, Adriano, ¡acaba de darte cuenta de todo!
Andy lo saluda con una sonrisa, pero él le contesta fríamente. Nunca le cayó bien como persona. Luego, le da la espalda y regresa al lado de mi madre. Los guardias vienen a mi encuentro; al parecer, Alessandro los acaba de llamar.
—Chicos —digo dirigiéndome a Humberto y Estefan—. Acompáñenme. Vamos, Andy. Ustedes —me dirijo a los que cuidan la habitación—, no se muevan de ahí y no dejen pasar a nadie que no conozcan, como ahora; no importa si está vestido de doctor.
—Como ordene, señora —responden inclinando la cabeza.
Paso por delante de Andy, que me sigue en silencio, y entramos todos en la habitación. Humberto y Estefan se quedan en la puerta, pero yo los mando a entrar.
—¿Es necesario, Lili? —pregunta Andy—. Nunca te haría daño, lo sabes. Daría mi vida por ti.
Lo miro; sé que es verdad lo que dice, pero le aclaro que no lo hago por él, sino por mi esposo. Él me pidió que estuvieran presentes mis guardias de seguridad. Tampoco quiero que se forme un rumor de que estamos encerrados en una habitación solos.
—Tú mejor que nadie sabes lo propensos que son a armarlo los trabajadores del hospital —le aclaro—. ¿No viste cómo nos miraron las enfermeras?
—Está bien, Lili. Haz lo que creas mejor —acepta al fin Andy.
—Dejaremos la puerta abierta, señora, no se preocupe —dice Humberto mientras lo hace.
—Chicos, entren —repito más fuerte—. Es una orden de su jefa.
Ellos asienten y se introducen de inmediato en la habitación, colocándose a los lados de la puerta. Miro a Andy y le pido que me siga al baño. Él lo hace, pero dejo la puerta abierta.
Al estar a solas, nos miramos fijamente a los ojos, sin decir nada.
De pronto, lo abrazo muy fuerte. Andy me devuelve el abrazo feliz, hunde su cabeza en mi cuello y aspira mi olor una vez más, sintiendo cómo su corazón se acelera.
Puedo percibir que solo me abraza sin ofrecer nada más.
Me desprendo de su agarre; todavía lo tengo tomado por los hombros, alejándome de su cuerpo.
Lo miro fijamente a sus lindos ojos verdes, que me observan sin rencor, y cae de rodillas ante mí.
—Perdóname, Lili, perdóname —me pide con honestidad. Está realmente arrepentido de todo lo que me hizo y de lo que yo he pasado por su causa—. Sé que lo que te hice no tiene perdón de Dios, pero te juro que yo sí te amo de verdad y que todo el tiempo estuve tratando de protegerte de papá.
—Ponte de pie, Andy —le pido enseguida—. Yo también te quiero mucho.
—No, Lili, no lo haré hasta que me perdones —se niega a levantarse.
Respiro impotente; lo miro por un instante antes de confesar que hace mucho tiempo que lo perdoné. Es más, creo que nunca le guardé rencor por lo que me hizo.
—Vamos, ponte de pie, hablemos —le pido de nuevo.
—¿En serio me perdonas, Lili? —pregunta, poniéndose de pie de un salto.
Lo miro, sintiéndome impotente ante él. Fueron muchos años de relación para olvidarlos tan fácil. Está sonriente y me atrapa de nuevo, pero me alejo despacio.
—Espera, Andy —lo detengo.
—¿Qué pasa? ¿No acabas de decir que me perdonas? ¿Por eso es que nos ocultamos aquí? —pregunta confundido.
—No es por eso, Andy. Sabía que ibas a arrodillarte, por eso entré aquí para que no te vieran nuestros hombres. No quiero humillarte. Ven, ahora sentémonos y hablemos. ¿Sí? —salgo del baño, tomando asiento en una silla e indicándole a Andy que se siente frente a mí en otra.
—¿Es cierto que sabías quién era cuando me encontraste en la biblioteca?
Responde con la cabeza diciendo que sí. Lo había mandado su padre.
Lo miro sin entender, a la espera de que prosiga su explicación.
Me cuenta que al hospital de Milano de su padre llevaron un día unos hombres extranjeros, todos muy malheridos.
Tenían diferentes tatuajes de dragones en las manos.
Uno de ellos le pidió a su papá que me protegiera y le dijo quién era yo.
—¿Sabes quiénes eran? —sigo interrogándolo.
—No, papá lo ocultó muy bien —contesta sin dejar de mirarme fijamente—. Sé que pertenecían a la organización de los dragones.
—¿Pudiste ver el color de sus dragones? —inquiero de nuevo.
—Sí, los dibujé y todo. ¿Los quieres? —pregunta intrigado—. Están en mi despacho, junto a los papeles que me dio papá para encontrarte.