244. LA LLAMADA DEL HOSPITAL
ALESSANDRO:
Migue la llama y ella se pone muy feliz. Rufo lo arregla todo, y el abuelo dice que sí, que irán ellos a buscarla. Y pregunta si han encontrado algo; no le cuento nada. Por un momento, nos quedamos en silencio. Nos sentamos a analizar todo, cuando el teléfono personal de Rufo suena.
—Consiglieri, es Dimitrov —escuchamos porque lo puso en voz alta—. Tenemos necesidad de reunirnos urgente con el Uno. Sabemos que están en la cripta desde por la mañana.
—¿Y para qué solicitan la reunión? Saben que deben decirme el asunto a mí, primero —refuta Rufo.
—Sí, sí, como no, Consiglieri. Necesitamos una fuerte suma de dinero para salvar a un dragón de la ruina —explica Dimitrov—. Tenemos todas las pruebas y las cantidades que necesita. Queremos discutirlo con el jefe, entre otras cosas.
—Dame el teléfono —le pido a Rufo y voy directo al punto—. Dimitrov, ¿de cuánto estamos hablando?
No me responde de inmediato. Cuando se decide, me dice que es una cifra considerable y me pide que lo deje entrar, que está afuera de la sede en compañía de cinco más. Me niego, diciendo que estoy en una importante reunión con mis hombres.
—Pero no hay problemas; les daré el dinero —digo como si nada—. Envíenme la cuenta, le diré a mi economista que pague todo.
—Jefe, ¿está por casualidad vedada la entrada de nosotros a la cripta? Es la segunda vez que no nos deja entrar —dice Dimitrov de nuevo.
—No, no. Haré la próxima semana una reunión para otorgarles un financiamiento a todos —explico, queriendo colgar—. Mi Consiglieri les mandará a decir que necesitan traer. Precisamente, eso es lo que estamos analizando.
—Con el mayor respeto, jefe —continúa diciendo—. Creo que debería analizarlo con nosotros.
Tuerzo el cuello, viendo cómo Rufo me dice que me mantenga la calma. Por eso le aseguro que lo haré. Me pongo de pie, diciendo que les voy a abrir para que entren. Rufo me mira intrigado y cuelgo con una sonrisa.
—Creo que tenemos que empezar a cazar conejos, como dice Luci —digo con una sonrisa—. Axel, Humberto, colóquense al lado izquierdo; los demás, a la derecha. A mi señal, los atrapan y los encerramos donde mismo tenían a los míos. ¿Listos?
—Sí, señor —asienten todos.
Sigo ordenando a Lilian y Migue que entren en la sala de pantallas, al igual que Axel, para que no lo reconozcan. Cuando los atrapemos, irá a encadenarlos él mismo.
—Alessandro —comienza a hablar Lilian, muy seria y con mucho respeto—. Creo, con el mayor respeto, que soy el dragón rojo. Tengo todo el derecho de estar presente en esa reunión.
Todos se quedan en silencio, observándonos a los dos.
La miro muy serio; sonrío apenas imperceptiblemente y asiento.
Ella tiene razón; le pido que se siente a mi izquierda.
Espero a ver que todos se han colocado en las posiciones que he indicado.
Saco mi llave maestra y me dirijo a la puerta, cuando suena mi teléfono. Lo tomo intrigado.
—Señor, tienen que venir urgente al hospital. Donato despertó y pidió hablar con usted —me pide uno de los guardias que lo cuida.
Cuelgo la llamada, pensativo. La noticia de que Donato está vivo y despierto abre una mayor posibilidad.
Le explico enseguida a todos lo que sucede.
Tenemos que ir de inmediato porque mi abuelo ya va para allá.
Si él habla primero con Donato, no lo voy a poder controlar.
Rufo está de acuerdo conmigo y llama al hospital para decir que no le digan que despertó.
—Considero que esto de los dragones lo podemos dejar para después. Vámonos todos ahora mismo —me dice cuando cuelga—. Donato nos va a decir dónde están tus padres; mejor vamos a verlo.
—Cierto, esa es nuestra prioridad. Atraparemos uno a uno a todos los dragones de la lista al mismo tiempo. Vámonos ahora.
—¿Y yo también voy, jefe? —pregunta Axel.
—Todos saben que yo tengo un pelirrojo en mis filas; baja la cabeza y escóndete entre los demás —le ordeno mientras nos preparamos para irnos.
Cerramos todas las cosas antes de abrir la puerta, dejando salir a todos mis hombres que nos rodean y miran amenazantes a los dragones que esperaban afuera, con las armas listas.
—Lo siento, amigos; mi abuelo acaba de ser llevado al hospital de urgencia.
Debo ir. Pero envíenle toda la información a mi Consiglieri, él les dará el dinero —les digo, esa excusa, mientras intento cerrar la puerta—.
En cuanto sepa qué sucede con mi abuelo, los voy a citar para que me visiten en la casa. ¿De acuerdo?
—¡Sí, jefe! —responden al unísono.
—Perdón, Leslie, acércate —llamo a Lili, que viene a mi lado de inmediato—. Señores, les presento al dragón rojo, mi esposa.
Todos la observan con incredulidad y admiración. Lilian se acerca e inclina levemente la cabeza a mi lado. No dejo de percatarme de la mirada con que la mira un dragón. No lo conozco, pero no sé por qué me da la sensación de haberlo visto antes, a pesar de que trae una máscara.
—Si nos disculpan, vamos —intervengo, tomando el brazo de mi esposa.
—¿Podemos acompañarlo al hospital, jefe? —dice uno que se llama Peyton—. Así le puedo ir dando las informaciones al Consiglieri y de paso ver cómo está el capo mayor.
—Sí, cómo no —contesto, dando una mirada a Rufo, que enseguida se dedica a mandar un mensaje—. Síganme en sus autos.
Cierro la cripta sin ser visto por los dragones, y nos montamos en los autos. Al llegar al hospital, vamos directo a terapia intensiva, donde el abuelo yace en una cama con oxígeno y demás aparatos. Los dragones que me acompañaron se miran entre sí y se sientan en unos bancos.
Puedo apreciar que el que miraba a mi esposa ha desaparecido. Rufo se reúne con los demás doctores, como si lo estuviera evaluando. Miguel, Lilian y los de seguridad van junto a la señora María, que se encuentra conversando con la señora Libia.
—¡Migueliño! —exclama feliz al verlo.
Miguel corre y la abraza emocionado, con lágrimas en los ojos. Ella aún no debe moverse y solo le acaricia el rostro.
—Nana, estoy tan feliz de que estés aquí, de que hayas escuchado lo que te dije y vinieras con mi Rufo —le dice él, sin dejar de acariciarla.
—Hijo, yo no vine por mi propia voluntad —dice ella con una sonrisa—. Ese Papichuli tuyo casi me obliga. Sin contar el esposo tuyo, Lilian.
—¿Cuándo te fueron a ver? —pregunta, lleno de curiosidad, Miguel, sentándose a su lado.
La señora María le cuenta que nosotros llegamos justo detrás de ellos, después de que le dejaran el dinero. Ambos giran sus cabezas a mirarnos al lado del abuelo. María sigue contando que la mandamos a recoger todo, la montamos en un avión y la trajimos.
Ellos se ríen divertidos, sin dejar de mirarnos agradecidos. Migue, feliz, se detiene al escuchar unos toques. La puerta se abre y todos hacemos silencio.
—Lilian, ¿podemos hablar? —pregunta Andy.
Lilian no dice nada; se queda observando a su ex, que no ha entrado. Solo se queda esperando por ella en la puerta, a la espera de su decisión, al igual que yo.