¡Ups! ¡No me equivoqué! 243. NUEVAS INTRIGAS
83%

243. NUEVAS INTRIGAS

ALESSANDRO:

Pero el hombre sigue diciendo que debo activar la seguridad máxima para que no te encierren desde afuera. Me pide que apague este teléfono, asegurando que ellos lo controlan. No pueden abrir, pero sí logran hacer que todo se cierre y ninguna llave funcione.

—Después que llegues a la cripta mayor, al cruzar el bosque, no cojas a la izquierda como indica el mapa —sigue indicando—. Toma el camino de la derecha; ten cuidado con las trampas. No apoyen los pies en el piso.

—¿Quién eres? —insisto en mi pregunta, sin obtener respuesta.

Se hace un gran silencio; después de un largo rato, me dice que no puede decirme porque tiene que hablar rápido, porque su aparato se va a apagar. Sigue indicando que después está el lago donde me estará esperando.

—Pero no traigas el teléfono negro, déjalo en la cripta —me pide con seriedad.

—¿Cómo sé que no eres mi enemigo? —pregunto con recelo.

—No olvides el trescientos tres —dijo de pronto—. Está escrito en tu closet de tu cuarto, en tu casa. Traigan una batería de auto o de barco.

—¿Papá? ¿Eres mi papá? —pregunto con el corazón acelerado.

—No —dice secamente.

Nadie responde; solo un gran silencio sigue. Por mucho que hablo, no se escucha nada. Parece que se apagó el suyo. Miro a Rufo buscando si por casualidad sabe quién podría ser; levanta los hombros y niega con la cabeza.

—Parece extranjero; hablaba muy raro. ¿No será una trampa? —quiere saber Lilian.

—Solo hay un medio de saberlo: ir —digo, tomando una decisión—. Creo que debemos ir todos. Humberto, manda a alguien que compre esas baterías y muchos focos, y todo lo que consideres que vamos a necesitar. Mejor, Axel, vamos nosotros; saldremos por el garaje y entraremos por ahí.

Pero Rufo me detiene. Le preocupa que mi papá escribió en su diario que había descubierto un modo de hacer que todas las cerraduras se activaran al mismo tiempo, pero que no volvió a probarlo. No dice nada de este teléfono. Lo miro sin entender.

—Ale, piensa —insiste él—. Todo esto es muy antiguo; aunque tus padres hayan tratado de modernizarlo, todas las puertas se abren manualmente.

—Todavía no te copio; ¿este teléfono no es el que dirige todo? —pregunto de nuevo.

Se queda pensativo, mirando el teléfono negro. Luego sugiere que regresemos a la casa y se lo demos a Luci para que lo investigue. Es demasiado raro todo. Precisamente cuando esos dragones están allá afuera, alguien te llamó.

—Es verdad, Ale —lo apoya Lili—. Es muy sospechoso.

—¿Entonces, Rufo? ¿Qué más dice el diario de papá? —pregunto, confiando en su sabiduría.

Lo abre mientras lee lo que está escrito. Papá no fue hacia el mar como ellos le dijeron a mi abuelo. Ellos vinieron para aquí. Mi mamá, mi papá y el dragón blanco iban a investigar algo después del monte ese, al lado del lago. Y al parecer no era la primera vez que lo hacían.

—También, si lo que dice aquí es verdad, si cogemos a la izquierda en esa gruta que mencionó quien llamó, vamos a salir al mar subterráneo, que es para donde debemos ir —me muestra lo escrito.

—¿Al mar? Si estamos lejos —dice Lilian.

—No, Lilian, no estamos lejos; solo debemos seguir por el curso del río —le aclaro de inmediato.

Nadie dice nada; todos tratando de adivinar y resolver el misterio.

Al final, creo que debemos sentarnos a analizar todo de nuevo.

Porque según lo escrito, dice que Kenet era el encargado de quedarse cuidando todo.

Dejaron algunas cosas de los dragones con él.

Se dedicó a buscar a mis padres después.

—Pero el anillo, ese que siempre has tenido, lo dejaron para ti. ¿Por qué no se lo dieron a él, si era la clave para abrir todo? —quiere saber Rufo.

—¿Qué quieres decir? ¿Desconfiaban de papá? —pregunta Lilian.

No sé qué decir; todo es un misterio. Pero está claro que habían descubierto una gran traición, lo escriben una y otra vez. Los dragones confabulan para adueñarse del nido de oro.

—Mira cómo lo repite por todo su diario —digo mostrándolo—, y ni una sola vez mencionan a tu papá como traidor.

—¿Entonces, por qué no le dejaron el anillo del dragón negro? —pregunta ella de nuevo.

—Puede que tengan una copia —digo pensativo—, como ese de Lili, que le dio su mamá.

—No, Ale, no es una copia —asegura ella—. Papá lo mandó solo a achicar; era su anillo.

Rufo lo mira por unos momentos, diciendo que Lilian tiene razón. Kenet, el padre de ella, lo mencionó en su diario. Los anillos están hechos de un material muy antiguo, de un meteorito.

—Vaya, entonces, Rufo, dime qué hacer —pregunto intrigado.

—Kenet llegó hasta donde nosotros en su búsqueda. Quiere decir que él no era el traidor —dice Rufo pensativo—. Tus padres le dejaron muchas cosas al padre de Lilian; no creo que realmente desconfiaran de él.

—Muy bien —digo al ver que no llegamos a ningún lugar—. Entonces regresar a la casa y analizar el teléfono negro es tu recomendación, Rufo.

—Sí, y volver a estudiar entre todos esto —asiente, buscando a Miguel, que ha estado tirado a un lado, durmiendo.

Lo detengo, porque hay algo que se nos está olvidando. Donato dijo que los había encontrado y señaló hacia aquella dirección. Le recuerdo a Rufo que de inmediato está de acuerdo.

—¿Por qué ahora que tenemos las llaves no vamos a mirar de nuevo? —pregunto, queriendo encontrar una respuesta hoy.

—No es mala idea. ¿Qué es, Migue? —pregunta Rufo al ver que se queda mirando su teléfono, después de una llamada.

Miguel se levanta y viene a nuestro encuentro, señalando su teléfono mientras lo mira con incredulidad, todavía con el miedo reflejado en su rostro.

—¿Trajiste a mi nana, la operaste, está en tu hospital y no me has dicho nada, cariño? —pregunta asombrado.

—¡Perdón, cariño, perdón! —Rufo va a su encuentro enseguida—. Lo olvidé con todos los problemas. Ella está bien, muy bien. Va a vivir con nosotros; tiene que hacer mucha terapia, pero estará bien. Por favor, no te molestes, cariño; en serio lo olvidé. Hoy era el día que te iba a dar la sorpresa.

Miguel lo mira serio, con lágrimas en los ojos, para luego abrazarlo y llenarlo de besos. Rufo se los devuelve en medio de risas de felicidad. Al separarse, Miguel les da las gracias, diciendo emocionado que ella es como su mamá. Lo recogió de la calle cuando no tenía a nadie.

—Gracias, gracias, Rufo. Te amo, te amo mucho —continúa diciendo—. ¿Y ahora? Me llamó porque le dijiste que ibas a ir hoy conmigo a buscarla, para llevarla a la casa. Nos ha estado esperando toda la mañana, hasta que encontró mi número.

—Llama al abuelo, que vaya por ella, Rufo —le aconsejo enseguida.

Pero Rufo niega con la cabeza, diciendo que ordenará que la manden en una ambulancia con las enfermeras de confianza. Lilian sugiere que vaya su mamá y el abuelo a buscarla. La señora María se va a sentir mejor si va ella.

—Migue, llámala y díselo —le pide Lilian.