¡Ups! ¡No me equivoqué! 242. MI IGUAL EN TODO
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242. MI IGUAL EN TODO

ALESSANDRO:

Me acerco a ella y le muerdo los labios suavemente hasta terminar en un beso posesivo. Le pregunto de nuevo si está segura; asiente con la cabeza. Me río divertido mientras le advierto que no puede decir que no cuando inicie, porque no me voy a detener.

—Aunque llore, aunque te insulte, tú sigue, Ale, me gusta, me gusta mucho —asegura para mi complacencia. Esta mujer me va a volver loco más de lo que me tiene—. Solo cuídame y llévame a ver las estrellas.

Me río feliz de haberla encontrado mientras la abrazo y giro con ella, diciéndole que no lo puedo creer. Pero ella, segura, me dice que también le gustó como se lo hice la primera vez, que también quiere así.

—Suéltame y deja de dudar —protesta—. Ya te dije que te quiero de las dos maneras.

La bajo y la beso apasionadamente. Estoy de acuerdo con todo lo que me pide; ni en sueños había imaginado encontrar una mujer como ella que me complaciera en todo por placer.

—Tenemos que encontrar tu umbral del dolor para saber hasta dónde llegar; lo haremos de a poco —le explico muy serio—.

Ven, dame otro beso y vamos. Cariño, sé obediente al máximo delante de mis hombres.

Tienes que demostrar que yo te controlo, Lili, es de vital importancia para mí.

Yo te daré tu lugar cuando venga el caso. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, Ale, eres mi Capo di tutti i capi —se ríe mientras me besa coqueta. La tomo por la cintura y le devuelvo el beso—. No lo olvidaré nunca más.

—Tú eres mi Prima Donna, tampoco lo olvido, Lili.

Recuerda lo que te dije, no te quiero sumisa, te quiero mi igual —estoy muy complacido con ella—.

Pero debemos respetarnos ambos. Ah, cuando sientas que te regañe o que hago algo para darte a entender que no me gusta lo que haces, no saltes asustada como cuando abrazabas a Axel; eres mi igual, Lili.

—¿Te dije hoy que te amo? —me dice de pronto—. Te amo, Ale, te amo mucho y discúlpame.

—Deja de pedirme perdón —la regaño—. Aunque, pensándolo bien, me hiciste pedirte mucho perdón tú a mí. ¿Debería cobrarlo?

Agarro todas mis cosas mientras la escucho decir que ella no sabe decir las cosas lindas que yo le decía, solo que me ama y no puede vivir sin mí. La vuelvo a abrazar, satisfecho y feliz.

—Eso es más que suficiente para mí, linda —le acomodo el cabello—. Ahora sí, vamos.

Salimos al encuentro de todos, que están almorzando. Rufo sigue leyendo el diario de mi suegro. Me siento a comer con Lilian también. Axel llega con sus hombres, junto a Humberto y Estefan.

—Jefe, todo está como lo dejamos nosotros —me informa—. Parece que solo conocen esta entrada.

—¿Humberto? —busco la información de mi otro jefe.

De inmediato me informa que pudo observar varios hombres apostados y cree que nos están vigilando. Estefan está de acuerdo. Se comunicaban con alguien por teléfono. No está seguro si vio bien, pero uno tenía un dragón naranja en su mano, el otro negro y amarillo.

—Espera, te voy a decir quiénes son, Ale —dice Lilian y saca la lista de los dragones—. Estefan, dime cuáles dragones eran.

Estefan señala dos dibujos en la lista. Uno es el dragón de Sicilia y el otro el dragón de Nápoles.

—¿Nápoles? ¿Cómo se llama? —pregunto enseguida—. Tenemos muy buenas relaciones con todos ellos allá.

—Bernardino Fusco, el de Sicilia, es el dragón naranja. El negro y amarillo de Nápoles es Adolfo Caserta —contesta ella y me lo muestra en la lista.

Rufo me informa que ninguno de los dos vino a la reunión. Luego me sugiere que entre a todos los hombres a la cripta, para que estén protegidos. Asegura que encontró algo que cree que nos va a llevar a alguna parte.

—Necesitamos con qué abrirnos un sendero por esa vegetación —dice mirando alrededor.

—¿Algo así como esto? —enseña Humberto dos máquinas de cortar y varios machetes—. Los compré porque sabía que nos harían falta después de ver la exuberante vegetación.

Asiento con la cabeza complacido. Le ordeno a Marino que se haga cargo de los hombres y que los mande a abrir. Les prohíbo que se muevan de aquí. Si por si acaso ven que no hemos regresado en la noche, ninguno. Le doy una llave para que abra y salga a buscar comida.

—Ven, te enseño cómo funciona —digo llevándolo al lugar—. La entras aquí y la giras a la derecha una sola vez. Y dejas a alguien que mantenga la puerta abierta o te quedarás afuera. No puedo enseñarte cómo se abre desde afuera ni dejarte más nada.

—Ale, mejor déjale la llave que sale al museo —me aconseja Rufo y la busca—. La del guardián, desplaza la pared como estaba antes.

Lo hacemos todo como dice Rufo. Luego lo llevo hasta la otra puerta oculta y le indico todo. Vuelvo a recordarle que solo debe salir si no volvemos. Los otros dragones no pueden darse cuenta de que sabes de esta llave.

—Primero muerto, a que te la quiten, Marino —le advierto con severidad.

Marino asiente con seriedad a todo lo que le ordeno.

Pero me enseña que Humberto compró mucha comida y agua.

No necesitarán salir hasta que regresemos.

Me pide que deje todo cerrado; ellos nos esperarán.

Eso me complace. Lo llevo a la habitación con las pantallas abiertas, que enseñan muchas partes de la cripta.

—Manténganse vigilando —le ordeno—. Confío en que sepan cuidarme las espaldas, Marino.

—Con la vida, jefe, como siempre. Está sonando su teléfono —me avisa.

Lo tomo y me asombro, porque no es el mío personal, es el teléfono negro de mis padres. Camino mirándolo sin abrirlo hasta llegar a la cripta.

—Rufo, alguien está llamando al teléfono de mis padres, ¿contesto? —le pido su opinión.

—Sí, hazlo. Vamos a ver de quién se trata —me indica deteniéndose a mi lado.

—Hola —contesto y nadie responde—. ¿Quién me llama?

—¿Es Alessandro Minetti di Trieste? —se escucha una voz de hombre algo extraña, como si le costara trabajo hablar.

No puedo creer que me pregunten eso; Rufo y todos me miran asombrados, sin comprender.

—Ese es mi abuelo, ¿quién lo busca? —respondo con firmeza—. Yo soy Alessandro Minetti di Roma, hijo de Alessandro Minetti di Roma y nieto de Alessandro Minetti di Trieste.

—Alessandrito, ¿eres Alessandrito? —y se escucha un fuerte sollozo—. ¿Vienes por nosotros?

—¿Quién eres? —pregunto confundido.

—Cuídate de los dragones; todos son unos traidores. También del dragón de fuego que va detrás de ti. Es un enemigo antiguo, muy antiguo. Todavía no sabemos quién es —dice precipitadamente.

—¿Quién eres? —repito la pregunta.