241. UNA BUENA ENSEÑANZA
ALESSANDRO:
Enseguida giro para ver. Se golpeó muy duro al caer. Le unto la crema que me diera Rufino y le doy los calmantes para que los tome después de que coma. Le muestro que traje varios cambios de ropa y le pido que escoja el que quiera.
—¿Me trajiste bragas también? —pregunta complacida.
Le muestro la bolsa de nailon que preparó su mamá. Le explico que se pusieron azul los golpes y están duros algunos.
—¿Quieres regresar a la casa? Ya toda la parte que te sabías la hicimos —sugiero mientras recorro con mi mano el trasero de Lilian.
Ella me sonríe al darse cuenta de que no es precisamente revisando sus lesiones la manera en que la toco. Se pega a mi cuerpo mientras se da la vuelta para prenderse de mis labios, tirándome los brazos al cuello.
—Lo quiero ahora, házmelo aquí —susurra en mi oído.
—¿Segura? —le aprieto la cintura—. No puedes hacer un solo sonido.
—No lo haré, pero estoy que ardo. Házmelo suave —sigue rogando sin dejar de mordisquearme—. ¿Estás cansado por lo de ayer?
—No, no, cariño. Ven aquí, Lili. Nunca me voy a cansar de ti. Ahora es que empezamos, cariño; esperé mucho tiempo —la lleno de besos mientras abro mis pantalones—. También te deseo, te deseo mucho, amor. Disculpa por no tener una luna de miel como se debe, pero te prometo que la tendremos.
—No te preocupes; me gusta hacer cosas contigo. Ya tendremos esa luna de miel cuando resolvamos todo. Ah, no me aprietes los glúteos; me duelen mucho —exclama al sentir el apretón.
Me río mientras la acaricio, diciendo en su oído que es para que nunca se le olvide quién es su hombre. Y que nunca más haga eso que hizo. Entre beso y beso me asegura que no lo hará nunca más.
—Deja de apretarme y bésame. Me encanta tu olor, Ale; me excitas —dice hundiendo su rostro en mi pecho mientras lo atraigo por el cuello—. Te amo, Ale.
—Yo más, Lili, yo más —respondo apretándola contra mí.
Sigo el beso sin dejar de acariciarle el trasero.
Meto mi mano por debajo de su blusa y hago que levante los brazos, ayudando a quitarla, al tiempo que me prendo de su seno.
Primero la muerdo, hasta que escucho el gemido de Lilian.
Paso inmediatamente a lamerlo suave, a jugar con él, mientras la levanto y la subo a la mesa de las pantallas.
—Te mereces un castigo diferente hoy —susurro en su oído—. Recuerda no emitir sonido alguno; nos van a escuchar.
Asiente con la cabeza sin emitir ningún sonido y asegura que no volverá a escapar. Me pide dejar de hablar de castigos, que en el de ayer se me había ido la mano. Lo soportó porque ella misma quería entrarse a golpes cuando se dio cuenta en realidad de lo que había hecho.
—Te juro que no lo hice a propósito, amor —continúa diciendo—. Quería aprender para darte la sorpresa de que ya era diferente y me había acostumbrado a tu mundo. No creas que me fue fácil; fue muy difícil.
Me separo de ella con una sonrisa. Sigue diciendo que un tipo había tirado de ella y me había empezado a toquetear y morder; siente mucha culpa por eso. Humberto le había advertido y no lo escuchó. Habían salido heridos por salvarla y ella misma los curó.
—Ya ese más nunca tocará a nadie más —digo jadeando, listo para la acción.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Lilian, alejándose un poco.
—¿Crees que no me informaron quién era y se las cobré ya? Lo hice —aseguro furioso—. Todo el que se atrevió a no respetarte, los castigué. Así que piensa bien si, por casualidad, te da por volver a hacer una locura. Todo el que te toque morirá, Lili; lo mataré con mis propias manos.
—Oh, Ale, ¡no me digas así! —dice asustada.
—Pues pórtate como lo que eres, mi primera dama —exijo con firmeza—. No me obligues a hacerte cosas que me duelen a mí también.
—Está bien, pero no volverás a ponerme una mano encima de esa manera, ¿sí?
Te di mi palabra de que seré tan fuerte como tú y ya asumí lo que soy, una mafiosa.
Haré todo lo que quieras para resarcir el daño a tu autoridad que hice, pero no exageres.
Te amo, Ale; te amo, discúlpame, por favor —y lo beso profundamente, beso que es correspondido por uno posesivo y salvaje.
Le hago recostar en la mesa y sigo besándole todo el cuerpo hasta llegar a su centro. Lo abro con mi lengua, juego un poco con él, para luego levantarme y hundirme en ella, que aguanta las ganas de gritar, no de dolor, sino de placer. Me inclino sin dejar de bombear fuerte.
—No tenemos tiempo, cariño; nos esperan los hombres —le digo al ver cómo pierde el control.
Lilian solo asiente mientras me muerde con fuerza. Nos movemos ambos frenéticamente, hasta que explotamos, jadeantes, para besarnos con pasión.
—Tenías que haber traído mis bragas que se abren. Tengo muchas ganas, Ale —murmura sin dejar de besarme.
—Lo sé, me di cuenta —digo con una sonrisa de satisfacción.
—¿Cómo te diste cuenta de que deseaba hacer el amor? —pregunta jadeando todavía.
—Me mirabas y te pasabas la lengua por los labios, como si me saborearas. ¿En serio te gustó lo que te hice ayer, Lili? —pregunto con curiosidad; fui realmente violento—. ¿Te gusta esa forma de sexo?
—Me asustó y dolió como me azotabas, y la manera tan brusca en que me introdujiste.
No lo vuelvas a hacer de esa manera; todavía me duele allá atrás —dice poniéndose colorada—.
Pero sí, me gustó. Aunque estaba aterrada, sentía placer con dolor; no sé explicarlo, Ale, me gustó sentirte así. ¿Crees que no soy normal?
La abrazo muy fuerte, complacido de que a ella le guste esa parte de mí. Luego la suelto y la ayudo a vestirse, terminando de acomodarle el pantalón. La miro sonriente y negando con la cabeza sin poder creer lo parecidos que somos.
—¿Qué es, Ale? —pregunta al verme así.
—¿Cómo puede gustarte todo lo que me gusta a mí, Lili? —pregunto en verdad sorprendido—. Los deportes extremos, todos los que a mí me gustan, a ti también. Y no lo hemos hablado. ¿Me investigaste acaso?
Lilian suelta una carcajada divertida, viene y me abraza feliz, diciendo que ella no lo ha hecho y no sabe nada de lo que me gusta; tengo que decírselo. Acepto porque le creo. Todavía no hemos tenido tiempo de hablar de eso.
—Todo eso que te gusta, Rufo, Damián y yo, lo practicábamos a cada rato antes de que pasara todo lo de Celia —le cuento con una sonrisa—. Y ahora me sales con que te gusta esta manera de sexo, que a mí también me gusta.
—¿A ti te gusta también el sexo rudo? —pregunta, abriendo los ojos.
—Sí, mucho —confieso con la verdad—. Nosotros apenas hemos estado, pero te voy a enseñar, si quieres, todo lo que me gusta.
—¡Quiero! —dice emocionada.