240. LA BÚSQUEDA EN LA CRIPTA MORTUORIA
ALESSANDRO:
Mientras en la cripta mortuoria, todos miramos incrédulos el panorama que tenemos delante. Una tupida vegetación cierra la puerta. ¿Cómo puede haber vegetación aquí abajo? Es algo que nos preguntamos todos.
—¿Y ahora qué sigue, Lili? —pregunto girando para verla.
—No lo sé, Ale. Hasta aquí llegaba el trabalenguas —dice ella sorprendida—. ¿Por qué no abres el diario de tu papá?
—¿Rufo, alguna idea? —me giro para él con el diario en la mano.
—No, Ale. Al parecer, Kenet llegó también hasta aquí en sus investigaciones —contesta con los ojos entrecerrados—. Pero si seguimos el dibujo que hizo Lilian del dragón y este mapa, al parecer debemos seguir por ahí hasta encontrar el lago.
—Insisto en que lean el diario antes de hacer otra cosa —señala Lilian.
Rufo está de acuerdo y se dirige al centro de la bóveda donde hay iluminación.
El Pelirrojo se coloca a mi lado y me avisa de que es mediodía.
Sugiere salir hasta la entrada y almorzar con todos.
De paso, ver si no hay problemas. Tiene varias llamadas perdidas de su hermano Acher, que se quedó al frente de la seguridad de la casa.
No lo dijo antes porque ahora fue que cogió la señal su teléfono y entraron los avisos.
—Yo también tengo unas cuantas llamadas perdidas —dice Rufo, mostrando el suyo—, son de las sirvientas de los Conti.
Miro mi teléfono y veo que tengo varias de Acher. Acepto la sugerencia mientras llamo a mi abuelo, preocupado. Al llegar a donde se encuentran mis hombres, los veo a todos muy nerviosos.
—¡Qué bueno que salió, jefe! —dice Marino, el segundo al mando—. Acher nos informó que los esposos de las mujeres que atrapamos, es decir, sus socios, iban a atacar la casa. ¿Qué hacemos?
—Nada. Acabo de hablar con el abuelo y me dijo que Luci y Damián los habían atrapado con sus nuevos juguetes —me río divertido—. Esa Luci me tiene convertida la casa en su campo de juego.
—Te lo dije, Ale, que no la dejaras comprar todo lo que quiera —dice de inmediato Lilian—. Cuando vengas a ver, vamos a estar rodeados de robots.
Le paso una mano por la cabeza mientras subo los hombros.
En realidad, no me importa lo que haga mi cuñada; en verdad tiene tremendas ideas.
Le pido a Humberto que se encargue de que nos traigan comida y a Estefan que vaya a ver si todo está bien por fuera, si los dragones no han dado señales de vida.
—Axel, dile a tu hermano que no deje a nadie escaparse —me detengo observándolo—. No sé cómo no me di cuenta de que no eras Acher, si se distinguen muy bien.
—Eso es porque Axel estuvo mucho tiempo encerrado, Ale. Cuando coja el suficiente sol, será igual que su hermano —agrega Lilian—. Es decir, son mis tíos también, o eso creo. ¿Puedo decirle así?
—Sí, sí, sobrina. Ya Elsie me preguntó lo mismo —contesta Axel sonriendo; Lilian lo abraza feliz.
—Me alegra tener dos tíos, una nueva hermana y dos abuelos —la escucho decir emocionada.
—Jum... jum... —sueno la garganta.
No me gusta para nada esa mala costumbre que tiene de cuando se emociona abrazar a todos a su alrededor. Por suerte, Lilian se desprende enseguida y se aparta de su tío. Axel también está feliz de haberlas encontrado.
Para salir de la situación, le ordeno a Axel que vaya hasta el garaje por donde sacamos a las mujeres.
Ya desactivé todas las trampas de por ahí.
Le ordeno verificar si no ha entrado nadie; todavía no sabemos si ellos abrieron otra entrada.
Le ordeno llevarse unos hombres y no demorar.
Voy y abro el pasadizo de la guillotina detrás del cuadro.
—Rufo, ya abrí el diario; tómalo y mira a ver si encuentras algo que nos diga qué hacer. Lili, ven conmigo —le pido, tomando la mochila.
A continuación, saco mi teléfono negro y abro la habitación de las pantallas para introducirnos en ella, cerrando detrás.
—Ale... —me llama Lilian, algo temerosa, al ver que busco algo en la mochila—. Lo abracé porque es mi tío.
Sigo sin responder, sacando todo, hasta que me giro para darle frente a Lilian, que me observa entre intrigada y temerosa.
—Ven aquí —le pido con seriedad.
Me quedo observando a Lilian; puedo darme cuenta de que me teme.
No la vuelvo a llamar y espero pacientemente que se acerque.
Ella al fin lo hace, primero con pasos indecisos, pero luego, decidida, acorta la distancia que nos separa.
Por un instante nos quedamos mirándonos fijamente, hasta que atrapo su rostro y la beso salvajemente.
—No quiero que abraces a ningún hombre —le digo al separarnos.
—De acuerdo, no lo haré más —dice mimosa—. Mafioso celoso, es mi tío.
—Desnúdate —le ordeno fríamente.
—¿Me vas a castigar? No estoy de acuerdo; es mi tío, y solo lo abracé una vez delante de ti —protesta, retrocediendo—.
Además, me lo dijiste ayer, que seríamos iguales, que no me quieres sumisa.
Te pedí repetir lo que me hiciste, pero como un placer sexual, no como castigo, Ale.
No volveré a permitir que me maltrates como ayer.
La miro hasta que se calla. Luego le explico que no voy a hacerle nada. Y sí, la quiero como mi igual, pero tiene que recordar que no debe tener esas muestras de afecto delante de mis hombres, con nadie, ni siquiera conmigo. Tiene que mantenerse firme, fría de emociones.
—Lili, mis hombres deben sentir que estás subordinada a mí y, a la vez, ellos a ti.
Te trataré como hago con Rufo, con respeto; eres mi compañera en todo —sigo explicando muy serio—.
Tienes que acostumbrarte a mis órdenes y a mi frialdad.
No voy a rebajarte como hacen todos con las mujeres.
Te lo dije, te quiero como mi igual; compórtate como tal, no como una mujer emocional.
—Lo haré, me contendré, Ale —veo cómo respira aliviada—. ¿Y por qué me llamaste así? Me asusté.
—Tienes que acostumbrarte a que te llame así fríamente; no quiero que nadie sepa que eres mi debilidad —sigo educándola—.
Tampoco quiero que me cojas miedo, Lili; no me gustaría eso, no es bueno para nuestra relación.
No debes temerme; jamás te haría daño. Ayer se me fue la mano, pero intentaré que nunca más suceda.
—No soy tu debilidad, amor; te respetaré, te di mi palabra —asegura con vehemencia—. Confía en mí, Ale; me aguantaré mis emociones.
—Desnúdate, cariño; esto aquí abajo es muy húmedo y frío. Estás mojada, no quiero que te enfermes, y vi que a cada rato pasas tus manos por tus glúteos. ¿Te duelen? —pregunto, acercándome a ella.
—Sí, cuando caímos allá abajo, me di duro —se pasa las manos por los glúteos.