239. CAZANDO CONEJOS
LUCILA:
En la casa de Alessandro Minetti, Damián y yo nos hemos colocado en la terraza posterior de la casa con los mandos que tienen pantallas y practicamos a volar los nuevos drones.
—Sobrina, ¿qué están haciendo? —nos pregunta el tío Acher—. Baja, debes decirnos hasta dónde llega el campo minado en esa área.
—Espera que te avise, tío Acher. Vamos a cazar conejos Dami y yo —me río al ver la cara que pone.
—¿Conejos? No es la hora, linda; ven, dime esa información —me dice con cariño.
Damián niega con la cabeza y le aclara a Acher que no son conejos. Le señala los drones y le explica que vamos a lanzar redes electrificadas. Les pide que den la vuelta a la cerca para que los agarren prisioneros.
—James, distribuye a los restantes a tres metros de la cerca; les iremos avisando según los atrapemos —le ordena con firmeza—. Es solo por si alguno cruza, que no lo vaya a explotar una mina.
—¿Están seguros de que eso funciona, Luci? —pregunta el abuelo que aparece en ese momento.
Lo miro con una sonrisa, diciendo que los voy a probar ahora, pero hasta ahora funcionan.
Cada uno lanza veinte mallas. Y si no lo hacen, el tío Acher los atrapará con los hombres; o puedo dispararles con los otros drones, que sí tienen municiones de verdad.
El abuelo me lo prohíbe, diciendo que los necesitamos vivos, sobrina.
—No mates a nadie, deja eso para mí —me regaña Acher.
—No lo haré, tío; le dispararé a los pies —le digo, y es verdad, no sé si tengo el valor de hacer eso—. No me gusta matar a nadie.
—Está bien, esperen que les avisemos cuando estemos afuera —me dice el tío Acher desde abajo—. Me llevaré a seis hombres; los demás se quedan aquí con ustedes.
—Cuídate, tío; tienen armas de largo alcance —le aviso, preocupada.
Veo al tío como se aleja corriendo con los demás, mientras le pido a Damián ir a cazar conejos. Estoy emocionada por ser la primera vez que voy a luchar contra los malos. Es más emocionante que un videojuego.
—Vamos a ver quién coge más; haremos una competencia —digo riendo al ver cómo me mira Damián.
Al fin se echa a reír al verme tan feliz, pero me advierte que le dispararemos primero para que se separen al ver cómo lo miro. Me pide que le deje esa parte a él. Luego reparto los mandos de los drones.
—Está bien, es este otro mando. Toma.
—¿Puedo yo también, Luci? —pregunta Melanie.
Tenemos tres mandos, así que de inmediato acepto.
Le di el que dispara a Melanie, diciendo que solo le dispare para separarlos, no a los cuerpos.
Ya la había enseñado antes, por lo que ella sabe.
Le aviso que los nuestros estaban vestidos de traje para que no los mate.
Se los muestro en la pantalla para estar segura.
—Está bien, ya los veo; ¿es ese grupo de ahí? —me señala y asiento.
Melanie de inmediato les dispara una ráfaga encima de sus cabezas contra la cerca; ellos saltan asustados y yo atrapo a uno. Salto emocionada al ver que Damián todavía persigue a los demás. Luego me dice que atrapó dos.
—Haz que salgan de la cerca, Melanie —le pide, tratando de atraparlo.
—Enseguida, señor Damián —dice Melanie, divertida como yo—. Esto es emocionante, Luci; mejor que con los conejos.
—¡Atrapé a otro! ¡Ups! Era nuestro —nos reímos divertidos.
Damián me pide que tenga cuidado porque todos están vestidos de negro.
Solo nos quedan tres. Veo que los ha atrapado a todos, desilusionada.
Vemos con alegría que Acher los hace prisioneros.
Estoy tan emocionada que quiero seguir jugando con los drones, por lo que nos quedamos cazando conejos, mientras Damián baja al encuentro de Acher.
—Llévalos para donde mismo están las mujeres —les ordena Damián—. No los interroguen; deja que aparezcan Minetti y Rufo.
—Sí, señor; ese método de mi sobrina sí que es eficiente, aunque cogió uno de los nuestros —dice el tío Acher—. Por suerte, la potencia es como la de las pistolas eléctricas de la policía; no les afecta mucho.
En ese momento llega un guardia que informa que allá afuera hay una chica con una señora de edad que dice que necesita hablar con Rufino urgentemente.
Le había dicho que no estaba y le pidió hablar con Damián.
En ese momento llega el abuelo, que le pide que entre en la casa.
Luego le pide a James, su guardia, que las lleve a su despacho, que él se encargará.
EL ABUELO MINETTI:
Se hace todo como ordeno. Me dirijo al despacho mientras James va a buscar a las mujeres en la puerta de entrada. Es una chica acompañada de una señora visiblemente enferma.
—Disculpe usted, señor Minetti, pero el doctor Rufino me había dicho que, si me descubrían, viniera a pedir ayuda aquí —se apresura a decir la joven—. Ella es mi madre, señor. Nosotras éramos sirvientas en casa de los Conti, pero trabajamos para el doctor.
—Muy bien —sigo diciendo—. James, lleva a la señora a que Ninetta le indique una habitación y le dé algo de comer, mientras hablo con su hija.
—Sí, señor —enseguida sigue mi orden—. Venga conmigo, señora, por favor.
James toma a la señora, que camina con dificultad, y se la lleva con él.
Miro a la joven e indico que tome asiento para hablar, pero ella se adelanta y deposita dos teléfonos en la mesa.
Asegura que grabaron lo que están planificando unas mujeres en contra de los Minetti, pero especialmente del señor Damián.
La miro sin decir nada, y ella, nerviosamente, sigue contando que la señorita Adelina, la ex de Alessandro, quiere volver a ser la mujer de mi nieto.
Junto a ella están Florencia, Loreta, una señorita que se llama Keyli Boyle y su hermana Minerva Boyle, junto con Galatea, la exnovia del doctor Adriano.
—Todo lo grabamos ahí, señor —asegura, señalando los teléfonos—. Pero, por suerte, el jardinero me avisó de que había oído a la señorita Adelina mandar a encerrarnos porque creía que éramos espías, y me ayudó a escapar con mamá.
—Hiciste muy bien —le digo al fin, tomando los aparatos—. Dime primero qué dijeron de Damián; es más rápido que ponerme a escuchar todo esto. Mi nieta no está aquí, que es la que sabe de teléfonos.
Se ofrece a poner la grabación, pero me niego.
Solo quiero saber qué escuchó sobre Damián.
Ella de inmediato me dice que una joven llamada Leslie Lemert va a ir a reclamar las propiedades del señor Damián en Francia.
Va a aprovechar ahora que está en coma y habían mandado a Florencia a averiguar si seguía en ese estado.
—Gracias, ve ahora. Estás segura aquí —le digo, pensativo—. Después buscaremos dónde vas a vivir con tu mamá.
—Muchas gracias, señor, muchas gracias —repite, inclinándose una y otra vez ante mí.
Cuando ella se retira, Damián sale de donde se había escondido en el despacho y se sienta frente a mí.
Al ver que no dice nada, le digo lo que pienso.
Esta es una gran oportunidad de atrapar a esa mujer.
Así que, por ahora, nadie debe saber que estás bien.
Le entrego los teléfonos para que Luci le extraiga las grabaciones, para escucharlas bien y ver qué planean todas esas mujeres locas.
—Es una lástima que hayan descubierto a las sirvientas; creo que debemos buscar rápido a quién meter en casa de los Conti de nuevo —digo pensativo—. No sé por qué, me da la sensación de que por fin nos vamos a enterar de quién es el que está detrás de Alessandro y por qué.