237. SIGUE EL MISTERIO
ALESSANDRO:
Lilian se pasea de un lugar a otro mientras repite una y otra vez que su padre tenía razón. Camina por las hileras de barras de oro amontonadas hasta el techo. Mientras le dice a Rufo que ahora sí pueden hacer todas las vacunas que quieran y ayudar a mucha gente.
—Lo haremos, Lili, lo haremos —contestó emocionado—. ¿Qué sigue en el trabalenguas?
—Nada, monta, corre bien —dice mientras busca alrededor—. Me parece que vamos a ir a dar a un lugar de agua.
Los tres hemos llegado al final de la enorme bóveda del oro. Se escucha un clic y el piso debajo de nosotros se hunde, y somos deslizados a toda velocidad por un canal hasta caer en el agua, que no nos cubre. Nos ponemos de pie y encendemos las lámparas que llevamos en los cascos.
—Hay algo mal aquí —dice Rufo, mirando el mapa—. Debemos regresar.
—¿Regresar? ¿Por qué y por dónde? —pregunto al no ver la salida.
—Ale, yo creo que Rufo tiene razón —dice Lilian, que se soba los glúteos—. Después, de nada, le sigue: monta, corre bien; se repite lo del tres, tres, treinta y tres, que sabemos que es para abrir una puerta. Luego dice que regresemos otra vez.
—Exacto, aquí lo dice —señala Rufo—. Vamos, tenemos que avanzar por el agua, que al parecer está baja; no hay necesidad de nadar. Luego debemos montarnos en algo y correr.
Avanzamos en la oscuridad. Es una enorme tubería de acueducto; por el agua que corre es limpia, hasta que de a poco comienza a subir y la corriente a hacerse más fuerte.
—Creo que tenemos que subir allí, jefe —señala el Pelirrojo.
Todo el tiempo se ha mantenido siguiéndonos en silencio con los demás hombres, señalando un grueso tronco que hace de puente.
No todos suben y se dan cuenta de que a partir del medio deben correr para alcanzar una habitación sellada.
Repetimos lo de las llaves y se abre otra bóveda.
Está llena de objetos valiosos antiguos.
Me quedo mirando una colección de estatuillas; son iguales a una que tiene el abuelo. Comienzo a seguirla hasta dar con estatuas de dragones medianos.
—Ale, cuídate, después de los dragones debe haber una trampa, porque dice tragón, y que no olvides el trescientos tres —me avisa Lilian, que camina detrás con Migue.
—Creo que ese trabalenguas lo debe haber hecho mi mamá —digo pensativo, recordando lo que me dijo mi abuelo de ella—. Según abuelo, mamá vivía recolectando estatuillas de dragones. Ese trescientos tres lo he visto en alguna parte de la casa; sí, está en la pared de mi closet. Búsquenlo por la pared.
Pero Rufo los detiene, diciendo que no cree que lo encontremos en este lugar.
El trabalenguas dice que debemos dar la vuelta otra vez, lo que quiere decir que debemos empezar por el inicio de nuevo y utilizar las tres estatuillas de los dragones: rojo, blanco y negro, que son las que comienzan otra vez.
—Es decir que tu llave, Ale, es la que abre el camino al laberinto ese. Por aquí debe existir una puerta que nos lleve de regreso —sigue diciendo Rufo, buscando en la pared.
Al fin encontramos el signo de la llave.
En efecto, la pared, al rodar, deja paso a un largo pasadizo que nos lleva recto a la bóveda de oro.
Y es cuando, justo en frente de nosotros, están los signos de los tres dragones.
Colocamos las estatuillas y la pared se desliza para dejar ver algo increíble.
DIOS LAS CREÓ, Y EL DIABLO LAS JUNTA.
ADELINA:
Es una casa en las afueras de la ciudad, propiedad de la familia Conti. En el interior de una amplia habitación, sentadas en círculo alrededor de una mesa llena de platillos con confituras y tazas de té, varias mujeres nos observamos desconfiadas.
Soy la ex prometida de Minetti, que salí en un impulso de la iglesia cuando Lilian interrumpió su boda para arrepentirme al instante, y que al girar para entrar de nuevo, vi cómo Minetti se casaba con Lilian, sin remordimientos.
Soy la que preside dicha reunión, porque ahora quiero regresar a retomar mi lugar como esposa del capo mayor. Soy la que me he tomado el trabajo de reunirnos a todas.
A mi derecha está Lesie Lemert, o mejor dicho, Keyli Boyle. A su lado, Minerva Boyle, su hermana menor, que miran con aire de superioridad a todas y con desprecio a Florencia, esposa de Franco, sentada junto a Loreta.
—¿Por quién esperamos? —pregunta Keyli.
—Ya debe estar al llegar; es que viene de Milano —respondo con calma—. Es Galatea, la antigua prometida de Adriano Mancini, el ex de Lilian Caleri.
—¿Para qué la necesitamos? —pregunta Florencia.
La miro molesta porque pregunte tanto. Tomo aire y les cuento que Galatea está infiltrada en los hombres de Minetti en Milano y tiene valiosas informaciones.
—¿Es que no sabes que todos los hombres fieles de Minetti son de allá? Ninguno lo traiciona; prefieren morir —la miro furiosa.
Al fin, Florencia baja la cabeza y pide ir hablando del motivo por el que las reuní a todas.
Acepto, diciendo que el plan de impedir la boda de Minetti con Lilian dio resultado; no se casaron y ella escapó.
Hace poco supe que estuvo corriendo autos, bailando en clubes nocturnos desnuda y mil locuras más.
—¡¿Y por qué no me avisaste?! —grita Keyli—. ¡Hubiera sido muy fácil atraparla!
—Porque ahora que regresaron Rodrigo y mi esposo Franco, que andaban detrás de ellos, fue que nos enteramos —contesta Florencia—, y no te creas que te hubiera sido fácil; ella se llevó a los hombres élites de Minetti.
Keyli la mira interrogante. Florencia resopla y le cuenta que Minetti tiene casi un ejército de hombres ocultos que nadie sabe quiénes son, pero su esposo Franco dice que son lo mejor de lo mejor. Por mucho que trataron de atraparla, no pudieron.
—No tanto así, Florencia —interviene Loreta—, porque ya escuchaste que unos traficantes la atraparon y la iban a vender.
—¿La iban a vender? —pregunta Minerva.
—Loreta, ¿ya escuchaste a Franco por qué la atraparon? Ella se fue sin esos hombres sola a pasear —responde Florencia.
Minerva se echa a reír, diciendo que es verdad. La muy estúpida de Lilian salió escondida de ellos del hotel y se andaba paseando como si nada por las tiendas. Y no bastando eso, se dejó engañar por una pareja de traficantes que se dedican a captar a todas las turistas que andan solas.
—Se ve que de inteligente no tiene nada —siguen riendo entre ellas—. La estaban vendiendo a los millonarios como prostituta.
—¿Están seguras de eso, tienen pruebas? —pregunta ahora Keyli, muy interesada.