¡Ups! ¡No me equivoqué! 236. EL INICIO DE LAS INVESTIGACIONES
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236. EL INICIO DE LAS INVESTIGACIONES

ALESSANDRO:

Rufo camina junto a mí y a Lilian hacia las instalaciones interiores de un banco. El empleado nos deja en un cubículo y va a buscar la caja de seguridad, la abre con la llave de Rufo y se retira. Dentro de la misma hay otro cofre, con dos marcas de dragones, uno rojo y uno negro.

—Pongan sus anillos ahí —nos indica Rufo.

Ambos lo hacemos y la tapa salta, dejando ver otra llave maestra, un mapa, una gran lista con nombres, incluyendo los de ellos, y dónde los pueden encontrar.

—¿Qué crees que sea esa lista? —le pregunto a Rufo, que la tiene en la mano.

—Mira los signos a su derecha, ¿no te dicen nada? —señala las marcas—. Son las que tenemos en la cabeza.

Es cierto lo que dice Rufo. Las marcas son similares a las nuestras; Lilian señala otra que tiene dragones de colores.

—¿Ale, sabes qué es esa lista? —quiere saber Rufo—. Son los dragones de ahora.

Lo miro asombrado de que esta lista esté en ese lugar. Ahora sí vamos a saber quiénes son todos, porque estoy seguro de que hay muchos ocultos.

—Vaya, sí que es larga —digo mientras la espío—. Pero esta otra es mayor todavía. Rufo, mira lo que dice aquí abajo. Tenemos que cortar las cabezas de todos esos dragones y subir estos que los sustituyan. El mismo plan que tenemos. ¿Qué tienes, Lili?

—Este es el diario de papá, lo reconozco —dice ella, señalando otro libro negro en la caja—. Siempre andaba con él. Pero no puedo abrirlo, tiene tu dragón.

—¿Qué quieres decir? —me fijo en lo que ella dice—. No, Lilian, ese no es el diario de tu papá, es el mío. Hay muchas fotos donde estaba ese diario. Abuelo se volvió loco buscándolo. ¿Cómo es que tu papá lo tenía?

—Tienen que haber sido iguales; se abren con sus anillos —interviene Rufo—. Ábrelo, Ale, hemos encontrado eso. Pero aún no sabemos para qué.

—Mejor vamos a llevarlo todo para la cripta —sugiero enseguida.

Una vez ubicados, activo toda la seguridad para que nadie pueda entrar a la cripta.

Me siento con todos los objetos en la mesa para analizarlos.

Tengo el mapa que encontraron en las cosas que nos dio la señora Libia, el mapa con la foto que dibujara Lilian, cuatro llaves, las libretas de apuntes de Kenet, las listas y el diario. Lo coloco todo encima de la mesa.

—¿Y ahora por dónde empezamos? —pregunta Lilian.

—Creo, Ale, que según este mapa —señalo una marca—. La entrada no es esa que está detrás de ese cuadro, sino la que encontraste. Vamos a verlo.

—Esperen, tienen que aprenderse y guiarse por el dibujo que hice.

Voy a dibujarlo en el piso como hacía papá —Lilian se pone y hace el dibujo en el piso—.

¿Recuerdan lo que dice el trabalenguas? Papá me hacía hacer el recorrido con él; va indicando lo que debemos hacer. Parece aquí conmigo en la cabeza.

Ella se coloca al inicio del dibujo. Nosotros la rodeamos sin interrumpirla. Necesitamos descifrar ese trabalenguas.

—Dragón —pone un pie en la nariz del dragón— dragón —y salta para en medio de las orejas— tragón —y retrocede hasta la llamarada del dibujo.

—¿Qué significa eso? —pregunto intrigado.

—Ale, recuerdo que mi papá me decía que en una habitación dorada, tenía que abrirse con una llave dorada —responde Lilian, pensativa.

—Esa es la bóveda que encontramos, Ale —aclara Rufo—. Creo que debemos empezar por allí.

—No, tenemos que encontrar los tres dragones que echan fuego; ahí comienza el triatlón —los detengo mirando el mapa—. Papá me insistía en eso: antes de abrir cualquier puerta, tenía que hacer que tres dragones echen fuego, porque ahí está el tesoro.

—No entiendo nada, Rufo; cada vez se complica más. ¿A quién se le ocurrió esta locura? —protesto furioso.

—Deja de protestar, Ale, y ve a sacar a los tres dragones —le pide Rufo y sigue dando órdenes—. Migue, ayuda a Lilian a borrar ese dibujo que hizo en el piso. No deben dejar rastro de él.

Voy hasta el fondo de la cripta y golpeo fuerte; la mesa se abre en el centro y deja salir a los tres dragones que echan fuego. Al terminar, Lilian mete la mano en la boca del dragón rojo, las tres cabezas suben un poco más y dejan ver una pequeña gaveta en cada una de ellas.

—Ale, mete tu mano en el negro —me indica Rufo.

No pregunto nada, simplemente lo hago y las tres gavetas se abren, dejando ver una estatua de un dragón con el color de cada uno.

—Tenemos que cogerlas al mismo tiempo porque se cierran —indica Lilian—. Rufo, coge el dragón blanco. Ale, lo coges y sacas tu mano o te la muerde.

—Yo cuento —interviene Migue—. Uno, dos, tres.

Los tres sacamos al mismo tiempo la estatuilla y las manos, viendo cómo las bocas de los dragones se cierran violentamente, para luego introducirse en la mesa, cerrando esta.

—¿Y ahora qué? —pregunto con impaciencia.

—Tenemos que encontrar la entrada —dice pensativa.

—Eso ya lo hicimos —dice Rufo—. Ale, abre, pero utiliza esta llave; es la principal.

—¡No! —niega Lilian con firmeza—. Esa abre el oro.

—¿Qué oro, Lili? —preguntamos todos.

Levanta los hombros diciendo que no sabe, pero eso era lo que decía su padre, mientras repite el trabalenguas.

—Tres, tres, treinta y tres, dio la vuelta al revés —analiza la sección—. Tenemos que, cuando estemos dentro, abrir los tres: primero los anillos, luego las llaves, y por último esa tuya, Ale, que debe girar al revés de las demás.

—Tenemos un problema; nos falta el anillo del dragón blanco —dice Rufo.

—Vamos a probar con los otros; a lo mejor tu anillo abre ese —sugiero, deseando terminar. ¡Odio todo esto, pero sobre todo estar aquí debajo de la tierra! ¡Diantres!

Abro como la vez anterior la bóveda. Nos introducimos, solo que esta vez, al hacerlo, no avanzamos como la vez anterior; giramos para ver que, cuando la pared se cierra, están los respectivos lugares de los anillos.

Los colocamos y se abre la abertura debajo.

Coloco mi anillo en el del dragón blanco y también se abre.

Luego colocamos las llaves; presionamos y se abre una gran puerta que nos deja delante de otra más pequeña.

—Creo que es esa en donde tienes que poner la llave del banco.

Pero espera, porque aquí se invierte el trabalenguas; dice tragón, quiere decir que hay una trampa que te puede tragar.

¿Ves los dragones en el piso? —pregunta Lili—.

Salta hacia ellos, Ale, en el orden jerárquico: dragón blanco, rojo, negro; no saltes hacia ningún otro color.

—Sé que esto es complicado —digo, pero por ser tan ágil lo hago rápido, coloco la llave y la giro a la derecha.

Todos los dragones del piso hacen un sonido sordo y la puerta se abre. La empujamos y no podemos creer lo que ven nuestros ojos.

—¡Dios bendito! —exclama Migue—. ¿Están viendo lo mismo que yo?