¡Ups! ¡No me equivoqué! 234. CONTINUACIÓN
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234. CONTINUACIÓN

ALESSANDRO:

Es cuando me percato de que llora en silencio, sin quejarse, aguantando todo, estremeciéndose, sangrando por sus labios de tanto morderlos.

Su cuerpo tiembla incontrolablemente. Tiene los ojos apretados con fuerza mientras respira grueso, tratando de no dejar escapar el grito que quiere salir de su garganta.

Su pecho sube y baja agitado; sus piernas parecen no poder sostenerla, se le doblan quedando colgada por sus brazos.

Sé que se me fue la mano, pero no pediré disculpas por ello.

Me apresuro a soltarla, la estrecho fuerte, me giro despacio, sosteniéndola por la cintura para que no se caiga.

Tomo su barbilla y la beso con suavidad, hasta que siento cómo poco a poco me responde y sube sus brazos hasta mi cuello.

Vuelvo a estrecharla, infundiéndole calor.

Paso a bañarla delicadamente, mientras la acaricio con amor.

Al terminar, la tomo en mis brazos y la llevo hasta la habitación. La siento envuelta en una toalla en un sillón, mientras quito todas las sábanas y coloco unas blancas. Le seco el cabello y le coloco una bata suave.

Ella se deja hacer. Le seco una lágrima de vez en cuando, pero no dice nada.

Todavía se estremece asustada. La acuesto en la cama boca abajo, puedo ver cómo tiembla ante mi contacto cuando le subo la bata.

Sé que es de miedo, pero no digo nada. Coloco una crema en sus rojos y adoloridos glúteos con suavidad, para luego acostarme a su lado, estrecharla en mis brazos y besarla suave como siempre en los labios.

—Gracias, Ale —murmura, pegándose más a su cuerpo—. Sé que me lo merecía. Nunca más te decepcionaré. Te amo, Ale, te amo. Confía una última vez en mí, ¿sí? No me maltrates, por favor, no hagas que te coja miedo.

—No lo haré, si no te lo buscas, Lili —responde firme—. Ahora duerme, mañana vamos a la cripta, en busca de mis padres.

—Te amo, Ale —susurra de nuevo.

—Yo te adoro, Lili, te adoro. Nunca lo olvides —la beso en su cabello.

Abro los ojos y me asombro de verme en mi habitación.

Me duelen terriblemente los glúteos y me doy cuenta de que Alessandro no está.

Me levanto y me dirijo al baño; unas cremas antiinflamatorias me llaman la atención.

Tomo una ducha, dejando que el agua fría caiga sobre mi cuerpo.

Al salir, veo a Alessandro mirándome fijo.

Sonrío algo nerviosa, pero trato de disimularlo.

—¿Te duele mucho, amor? —me pregunta, extendiendo su mano para que me apoye al salir de la ducha. Hago lo que me pide—. Deja que te ponga esa crema; dice Rufo que se te pasará enseguida el dolor.

—No es para tanto —trato de parecer normal—. Está bien, ayúdame.

—Ya estamos listos, cariño —me informa mientras toma la crema—. Vamos a llevarla por si te duele después; también toma esas pastillas que te mandó Rufo, y ya cogí ropa por si tenemos que quedarnos. ¿Crees que aguantes?

—Sí, Ale, aguantaré. He trabajado en emergencias sintiéndome peor. Vamos, termina de ponerme la crema. ¿Qué ropa debo ponerme? —pregunto, tratando de salir del baño, pero Alessandro me toma y me abraza con amor.

—Si haces exactamente todo lo que te diga, amor, jamás tendrás que pasar por esto de nuevo —aseguro, porque en verdad no quiero hacerla sufrir.

—Te prometí que me haría uno contigo, Ale —le digo, estrechándolo fuerte por la cintura.

Quiero que todo vuelva a ser normal entre nosotros—.

De ti mi palabra, y cuando yo prometo algo lo cumplo, aunque en ello me vaya la vida.

Y no me prometas eso, porque aunque me dolió, fue alucinante.

Quiero que me enseñes a ser fuerte ante el dolor; lo quiero de veras, Ale.

—Lili…

—No es el momento, pero quiero volver a pasar por eso que me hiciste; lo deseo realmente —me mira con incredulidad—. No te miento, me gustó tu yo salvaje.

—¿Hablas en serio, Lili? —pregunta.

—Siempre me ha gustado sacar el mafioso en ti; me ha excitado la manera que tienes de dominarme, lo digo de veras, Ale —puedo ver cómo sonríe—.

Así que no te reprimas más; quiero que seas amoroso y salvaje a la vez conmigo.

Quiero amarte en todas tus formas. Que me hagas fuerte ante el dolor, y estoy de acuerdo.

—¿Con qué? —se detiene y gira para mirarme fijamente.

—Cuando quieras que tenga sexo con Rufo, lo haré —digo sin mirarlo—. O con quien quieras. Solo quiero que estés presente, porque quiero sentir que me lo haces tú.

Se detiene en seco y resopla. Luego continúa poniéndome crema, en lo que me dice que había sido un ejemplo. No quiere que tenga sexo con otro hombre. Eso es un recurso extremo, cuando no hay ninguna otra solución.

—Solo entonces puedes utilizarlo, Lili. Eres mía, mía —me estrecha y me besa apasionadamente—. No quiero que otro hombre te haga suya; no quiero.

—Yo tampoco —digo con honestidad—. Pero un día vas a tener que ceder a que otro hombre me lo haga para que yo aprenda, y en verdad no sé si Migue aceptará que sea Rufo. No quiero que nada nuble mi amistad con él.

Sigue acariciando mi espalda, mientras me dice que podemos incluirlo a él. También tiene que aprender, aunque cree que Miguel está más acostumbrado; lo soportará.

—Ahora concentrémonos en buscar a mis padres; cuando llegue el momento, practicaremos —dice con franqueza.

Salimos del baño después de besarnos otro rato. Me pongo un uniforme militar que me tiene Alessandro.

—Toma, Ale, los pisapapeles —le extiendo.

—No son pisapapeles, cariño; son llaves —las toma mirándolas con curiosidad.

Bajamos a la primera planta y ya están todos reunidos en el comedor desayunando. Saludo, tratando de parecer como siempre, aunque mis ojos me delatan; todavía están rojos de llorar.

—¡Mamá, me hiciste mi desayuno favorito! —exclamo emocionada, mientras la abrazo fuerte y la beso repetidamente—. Gracias por todo, mamá, y no te preocupes; todo va a estar bien, nunca más te daré un dolor de cabeza.

—Vamos a desayunar —dice mamá—. Me dijo Alessandro que a lo mejor no regresan hoy.

—Yo también quiero ir —pide Luci.

—No, señora, usted no va —interviene Damián, haciendo que ella se ponga roja—. Padece de muchas alergias, allá abajo no es bueno que usted entre; la vez anterior que fuimos con Ale, te pusiste roja.

—Tiene razón Damián, Luci —habla Rufo—. Usted quédese revisando, junto a Damián, sus tíos y el abuelo, toda la propiedad.

—Yo también voy —dice el abuelo.

—No, señor, usted no va —lo increpa Alessandro—.

Lo necesito aquí arriba dirigiendo todo, porque no sabemos cuántos días nos va a llevar recorrer toda esa cripta.

En cuanto a tus tíos, Luci, te quedarás con Acher; al Pelirrojo lo necesito junto con todo el cuerpo élite.

Deberán cuidar unos de la cripta, para que nadie nos tome por sorpresa. Los otros deberás acompañarnos.

—¿Qué tíos? ¿Quiénes son esos tíos que mencionan? —pregunto intrigada.