233. EL ENTRENAMIENTO
ALESSANDRO:
Miro a Lilian, decidida a que la entrene, pero yo todavía me pregunto si funcionará esta locura. Recuerdo lo que le dijera Rufo: cuando ella decide hacer algo bien, lo hace excelente. Tomo aire, llenando mis pulmones; decidido a arriesgarme una vez más. Será el último intento, me digo.
—¡Desnúdate! —le pido enseguida.
—¿Eh? —no reacciona de inmediato.
—¡Desnúdate completa! —ordeno de nuevo—. Vamos a bañarnos; tu nueva vida acaba de empezar, Leslie Lemert Minetti.
Obedece al instante, todavía sintiendo un salto en su estómago y con el labio inferior temblando de miedo. Pero ya tomó una decisión; si hay algo que la caracteriza es eso. Cuando decide hacer algo, ni aunque la maten, desiste de hacerlo. Más si ha empeñado su palabra a alguien.
—Vamos, Lilian, haz que renazca tu verdadero yo; eres ahora Leslie Lemert Minetti, el dragón rojo, decidida y sin miedo —la escucho repetir como un mantra una y otra vez.
La observo mientras se quita la ropa; aún temo que lo que hago esté mal. Pero siento que no tengo la suficiente fuerza para prescindir de ella. La amo demasiado; suspiro al tiempo que también me digo:
—Vamos, Alessandro, tienes que enseñarle a sobrevivir aunque te duela.
En verdad, jamás creí que iba a ser necesario hacer lo que voy a hacer con mi bella esposa. Pensé que lo lograría con mi amor y fallé. Ahora se me aprieta el corazón de saber lo que estoy obligado a hacerle.
—Ya, Ale —me despierta la voz de Lili—. ¿Dónde está la ducha?
—Esa puerta de cristal que ves allí —le indico dirigiéndome allá—. Vamos.
Nos dirigimos desnudos al baño; es amplísimo y está lleno de aparatos extraños que le erizan la piel, pero avanza decidida. Se detiene y gira hacia mí. La miro en silencio antes de iniciar.
—Ven aquí, bésame —le ordeno.
He comenzado a ordenarle cosas; ya no soy su amor delicado. Soy su jefe, me repito mentalmente. Ella me obedece, me acerco y la beso suavemente.
—Métete en la ducha, ponte de espaldas, abre bien las piernas y los brazos pegada a la pared —insisto, ordenándole.
Ella hace lo que le pido, sin poder evitar un estremecimiento temeroso. Entra en la ducha y se coloca como le pedí. Me introduzco y le amarro las manos con unas esposas que cuelgan de las esquinas; hago la misma operación con sus pies. Luego, me alejo.
Lilian apoya su frente en la pared; sé que está asustada. Asustada no, aterrada. Se muerde el labio con fuerza; las lágrimas ruedan por sus mejillas, pero no emite ningún sonido. Tiene que demostrarme que es firme en lo que me dijo.
—Vamos, Lilian, él no te va a maltratar jamás; lo viste, se aguantó, no te golpeó ni una sola vez —la escucho murmurar cuando me alejo.
Sonrío mientras me acerco a la pared donde están colgados todos los aparatos. Tomo un látigo y, antes de que ella se relaje, le doy un fuerte latigazo en sus glúteos, sacándola de sus pensamientos.
—¡Aaaah…! —grita ante el dolor.
Me mira con la sorpresa y el miedo reflejado en el rostro. Pero se muerde los labios al momento para no dejar escapar una queja más.
—Eso es tu castigo por avergonzarme; este otro, por enseñar lo que es mío a todo el mundo; este, por hacer que mis hombres te vieran; este, por alejarte de mí; este otro, por no ser responsable…
Sigo golpeándole los glúteos; aunque no son lo suficientemente fuertes para herirla, sí lo son para sentir el castigo.
Sé que siente que se lo merece; muerde más fuerte sus labios para no gritar.
Las lágrimas ruedan por sus mejillas. Al ver cómo cierra los ojos esperando el siguiente golpe, me acerco y comienzo a besarla allí donde le arde por mis golpes, haciendo que su cuerpo reaccione.
Le acaricio, la muerdo, y cada cierto tiempo, la azoto, ya sea con el látigo o con mi mano para que no se le olvide que esto es un castigo.
—¿Me detengo? —le pregunto, ahora pegado completamente a su cuerpo, que tiembla, y no de miedo, precisamente.
LILIAN:
No puedo explicarlo; no sé en qué momento dejé de sentir terror para empezar a disfrutar de lo que me hace. Me gusta mucho. Muevo la cabeza, diciendo que no.
—Quiero escucharte, Lili, ¿me detengo? ¿Te duele mucho? —insiste Alessandro.
—Castígame, Ale, castígame todo lo que quieras, si es de esa manera —pido jadeante, deseosa de sentir cómo sus manos me recorren y su miembro erecto apunta allí, en ese lugar que todavía no he explorado.
—¿Quieres que te castigue, Lili? —pregunta con una sonrisa malévola, girándome la cabeza al tirar de mi cabello rudo; me muerde en los labios. Asiento, siguiéndole el beso desesperada.
Alessandro vuelve a alejarse, regresa con unos aceites que deja correr por mi espalda, mientras me soba completa, distribuyendo sobre todo allí donde lo necesitaré más. Gimo y disfruto de la caricia; es alucinante, me digo. Ojalá y todos los castigos sean así, pienso, disfrutando.
—¿Lista? Había pensado hacerte esto de otra manera, pero creo ahora que esto es justo el castigo que mereces —y sin decir más, me abre para exponerme para él, apunta y, de un solo golpe, se introduce en mí. Suelto un fuerte alarido, pero me aguanto.
ALESSANDRO:
Me quedo quieto, enterrado hasta el fondo en ella, mientras me dedico a besarla, acariciarla, a decirle hermosas cosas.
A jugar con su centro, sus senos, con todos los puntos que sé que la vuelven loca, hasta que es ella quien comienza a mover su cintura.
De a poco, saco mi miembro para repetir la operación de enterrarme de un golpe, una y otra vez.
Meticulosamente, agarrado a sus caderas, me hundo en ella, ahora sin piedad.
Mientras lo hago, vienen a mi memoria los videos de alguien tocándola, besándola en un club, al cual mandé que lo trajeran; a ese hombre lo había torturado hasta el cansancio por atreverse a tocar lo que es mío, cortándole todo lo que lo hacía hombre y entregándolo a un club que le daría buen uso.
Y mientras me acuerdo de todo eso, me voy alejando de la realidad de lo que comencé a hacer. De que iba a empezar suave a castigarla. La furia se apodera de mí. Me entierro en ella, una y otra vez, con ímpetu por permitir que le hicieran eso cuando yo no se lo había permitido.
Lo hago con rudeza, cegado por los celos; le doy repetidas palmadas, sin medir mi fuerza. Mi otro yo posesivo se apodera de mi voluntad; me clavo en ella con ímpetu, violentamente, frenéticamente, sin apenas darme cuenta de lo que causo, hasta que exploto jadeante.