¡Ups! ¡No me equivoqué! 232. SOMOS LOS JEFES
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232. SOMOS LOS JEFES

LILIAN:

Alessandro se separa de mí, alejándose. Baja la cabeza y se aprieta el puente de la nariz como hace siempre que algo le molesta.

—Esto no va a funcionar, Lili, no va a funcionar —dice poniéndose de pie—. Jamás te vas a someter completamente a mi autoridad.

—Sí, sí, Ale, lo haré, lo haré —me apresuro a decir—. Pero, por favor, no me pongas a hacer sexo con otro hombre, no lo hagas. Tiene que haber un límite.

No dice nada de inmediato. Solo me mira con el rostro ensombrecido. Para mi alivio, dice que podemos poner límites. Eso me llena de esperanza y lo miro a los ojos.

—Aunque, Lili. Imagínate que me atrapan, que la única solución que encuentres sea seducir a mi enemigo para salvarme —y con voz más gruesa continúa—: No podrías hacerlo, porque aún no sabes separar lo que es el puro sexo de hacer el amor.

No sabes lo que es la entrega y la lealtad total.

Ser capaz de entregar la propia vida de uno por la del otro.

Como lo hicieron mis hombres por ti, Lilian.

No, esto no tiene sentido; nunca podrás controlar tus impulsos, mejor nos detenemos aquí, Lilian.

Se aleja de mí rumbo a la puerta, negando con la cabeza ante mi miedo. Corro y lo detengo por un brazo, haciendo que gire a mirarme.

—¡No, Ale, no te detengas, por favor! —le ruego con miedo—. Enséñame, entréname, no me dejes salir de aquí hasta que sepa aceptar tu autoridad como quieres, por favor, Ale. No quiero separarme de ti. Está bien, si quieres que tenga sexo con Rufo, lo haré, lo haré, pero no me dejes, Ale.

Levanta la mano y me acaricia el rostro, luego mete un mechón de cabello detrás de la oreja. Con suavidad, asegura que no es que me vaya a mandar a hacerlo ahora, fue un ejemplo que puso. Pero tengo que aprender a obedecerlo, para ser capaz de hacer todo a la primera orden que reciba.

—Somos mafiosos. La moral, lo que la gente considera correcto, no funciona en nuestro mundo, Lilian, no funciona.

Nosotros tomamos lo más torcido, lo prohibido ante los ojos de la sociedad; es nuestro mundo —me explica con serenidad—.

Para nosotros, acostarnos con diferentes mujeres no significa nada, porque regresamos a nuestra esposa, que nos ama y es solo nuestra.

Pero en nuestro caso, estamos metidos los dos en esto.

Tienes que aprender a usar las armas de seducción muy bien, para que juegues con los hombres. Te enseñaremos.

Quiero hacer todo lo que me pide, pero honestamente no sé si pueda. Lo miro con terror en mis ojos. Ale me estrecha entre sus brazos unos instantes.

—¿Estás dispuesta a intentarlo, Lilian? —pregunta al separarme—. Si ves que no puedes, veremos a quién le damos tu cargo del dragón rojo, y serás solo mi esposa. Me esperarás como hacía Celia aquí, sin participar en nada. Cuidarás solo de nuestros hijos y ejercerás de doctora.

—No quiero eso, Ale; quiero estar contigo siempre —protesto de inmediato—. Quiero acompañarte a donde quieras que te metas, hacer lo que sea. No quiero ser ama de casa; no fue eso lo que dejó papá para mí. No quiero defraudarlo, ni a ti tampoco.

Alessandro me mira con seriedad. Acaricia de nuevo mi rostro. Su expresión es severa, diciendo que es peor de lo que enseñan las películas; no es un juego. Pero yo me niego a ser solo un ama de casa que espera por él.

—No importa; siempre que esté a tu lado, no tendré miedo, y si crees que no sirvo, cámbiame por alguien —digo decidida a aprender—. Pero no antes de que me des la oportunidad de probar si puedo, no antes, Ale.

—Está bien; en verdad ahora no puedo relevarte de ser el dragón rojo —acepta para mi alivio—. Estamos en medio de una guerra de poder y te necesito.

—¿Puedes entrenarme tú? —pregunto esperanzada—. ¿Existe un método para que yo aprenda a aceptar de a poco todo eso?

—Sí, existe —se detiene antes de continuar—. Pero puede ser doloroso y al mismo tiempo excitante. Sexualmente, Lilian. Puedo entrenarte para que seas mi sumisa, pero te digo, no es lo que quiero. No quiero eliminar tu voluntad, quiero que seas mi igual. Que entiendas este mundo y que seamos uno.

No entiendo bien eso de sumisa, pero sé el significado de la palabra. Acepto enseguida con la condición de que sea él quien me entrenará como si lo fuera.

—¿De acuerdo? ¿Podemos empezar ahora? —pregunto tomando su mano.

—¿Estás segura, Lili? Después de que aceptes esto, no hay marcha atrás —me avisa, y puedo ver el temor en su mirada—.

Dejarás de ser Lilian Caleri Pagani, la doctora alocada de emergencias que va por la vida sin observar lo que pasa a su alrededor.

Pasarás a ser mi compañera de por vida, en las buenas y en las malas; tendrás que aprender a disparar a una persona sin pensarlo, a torturarla cuando debas hacerlo, a ser otra muy lejos de esto que eres.

Sobre todo, tendrás que olvidarte de tus impulsos y de decir todo lo que te viene a esa cabeza; eso solo lo harás con tu familia, conmigo.

Es lo mismo que me dijo mi madre, lo que ya había decidido ser. Debo dejar mi viejo yo. Asiento con la cabeza, segura de que puedo crear otro yo. La primera dama de la mafia italiana.

—Lo haré, estoy decidida —dije con firmeza—. Seré Leslie Lemert Minetti, el dragón rojo, como mi padre. La primera dama de la mafia italiana. Tu igual, Alessandro Minetti, dragón negro.

—¿Seguro? —pregunta todavía con duda.

—Sí, te doy mi palabra de dragón que nunca más te defraudaré, Alessandro Minetti, Capo di tutti i capi, el dragón número uno.

Seré tu digna primera dama de la mafia y tu igual, dragón rojo —repito de nuevo—.

Empecemos ahora mismo, Ale, aguantaré lo que sea; es mi vida.

Nací para esto. No dejaré a mi padre quedar mal; él confió en mí para dejarme esta herencia, lo haré muy bien.

Confía en mí, Ale, como yo lo haré como quieres, a partir de ahora.

Alessandro se queda en silencio mirándome de pie delante de él; no sabe si confiar en mí. Tampoco quiere perderme. Suelta todo su aire, se adelanta y me abraza fuerte, muy fuerte. Luego me separa y me mira a los ojos, que le devuelven la mirada muy decidida. ¿Funcionará?