231. CONTINUACIÓN
LILIAN:
No, ya no eres Lilian; ella tiene que morir en este instante.
A partir de ahora eres Leslie Lemert Minetti, ese es tu nombre, eres el dragón rojo, una mafiosa.
Olvida quién fuiste, olvida todo y renace de nuevo al lado del hombre que amas más que a ti misma.
Tienes que lograrlo, Leslie; salvarás a muchos al lado de él y de Rufino.
Deja de ser una loca irresponsable; desde ahora mismo, entrégale tu vida al único hombre que te puede salvar y acompañar en todo esto.
Tomo de nuevo mi teléfono y marco un número, esperando pacientemente a que lo contesten.
—¿Qué quieres? —pregunta Alessandro hoscamente.
—Ale, quiero que vengas, por favor; debemos hablar —le pido de inmediato.
—¿Estás segura de que quieres que vaya, Lili? —pregunta receloso.
—Ven, Ale, te necesito conmigo ahora —y me echo a llorar desconsoladamente.
No tengo que esperar mucho; al poco rato siento cómo la puerta se empuja.
Me quito del medio y me pongo de pie de un salto para abrazar y llenar de besos a Alessandro, que no me devuelve los besos.
Él me separa despacio, sin violencia. Lo acepto, nerviosa, anhelante.
Todavía puedo ver al otro Alessandro en él.
Lo veo caminar hasta sentarse en un sillón en la esquina; tomo aire y avanzo a su encuentro decidida.
Al llegar, le sostengo la mirada inquisitiva y me arrodillo delante de Alessandro.
—No te voy a pedir perdón, Ale, porque como mismo dijiste, no significan nada.
Tienes razón en todo lo que dijiste y más —comienzo a hablar rápidamente—.
Lo único que te voy a decir es que no sé ni por qué hice esas locuras; creía que necesitaba aprender de esa vida para poder comprenderlo todo. Me equivoqué, Ale, me equivoqué.
—Ponte de pie, Lilian —me pide más suave.
—No, hasta que me digas qué debo hacer para que no me saques de tu vida. Haré lo que me pidas; aceptaré todo, pero no me alejes de ti, Ale, por favor —me apresuro a decir.
—Ponte de pie —pide de nuevo—. Si en verdad vas a aceptarme como debe ser, ponte de pie.
Me levanto rápidamente y lo observo anhelante. Él me mira y suelta todo su aire. Pasa la mano por su frente como si intentara despejar algo, dejándose caer en el respaldar de la silla.
—Ven aquí —me pide, mostrándome su pierna—. Siéntate.
Hago lo que me pide, sin moverme, nerviosa. Alessandro me estrecha fuerte, muy fuerte; siento que casi voy a estallar entre sus brazos. Luego me besa salvajemente, un beso desesperado y a la vez posesivo.
Se pone de pie con mi cuerpo en sus brazos y va hasta la cama, donde me sienta delicadamente. Luego me toma de la barbilla, haciendo que lo mire. Sin saber por qué, estoy aterrada y tiemblo incontrolablemente.
—¿Me temes, Lili? —preguntó, deteniéndose—. Quiero que seas completamente honesta conmigo.
—Sí, Ale, no sé por qué siento tanto miedo de este otro tú —contesto con la verdad.
—¿Te hice daño antes? —pregunta sin dejar de mirarme. Niego con la cabeza—. Eso te demuestra que nunca te haré daño, Lili, jamás. Ven aquí, deja de temblar.
Me estrecha otra vez contra su pecho, ahora más suave, con más cariño, haciendo que poco a poco deje de estremecerme. Me besa suavemente, con mucho amor, hasta que siento que le devuelvo el beso y estoy más tranquila. Me separa, alejándose justo lo necesario para poder mirarme fijamente.
—Lili, quiero que hablemos muy claro. Debes entender lo que realmente te estoy pidiendo que hagas, y tienes que saber que una vez que aceptes eso, si lo incumples una sola vez, una sola, Lili, romperás todo —me está amenazando—.
Romperás la confianza que depositaré en ti; romperás nuestra unión; romperás nuestro amor.
Y saldrás de mi vida para siempre, Lili; no podrás regresar jamás.
¿Entiendes, Lilian? ¿Eres capaz de confiar para todo en tu vida en mí?
—Confío en ti, Ale —digo con sinceridad.
Niega con la cabeza, soltando un gran suspiro.
Luego asegura que no lo hago. Recuerda las palabras que le dije cuando fue a mi encuentro; le pedí que confiara en él, porque yo confiaba en él de esa manera.
Llegué a decir que si lo veía teniendo sexo con otra mujer, esperaría a que me explicara, porque confiaba en él hasta ese extremo.
—Y es verdad, Ale —digo de nuevo.
—No, Lili, no lo haces. En tu mente dices eso, pero con tus actos haces todo lo contrario —se detiene para mirarme—.
Porque si confiaras en mí hasta ese extremo, no te habrías marchado cuando te llevé a esa clínica.
Me hubieras pedido una explicación, hubieras esperado por mí como dices.
¿Entiendes, Lili? Tú crees que confías en mí hasta ese extremo, pero no lo haces; ¡no lo haces!
Y es precisamente lo que te estoy pidiendo.
Guardo silencio porque sé que tiene razón. Mamá me dijo lo mismo, que aunque lo decía, no lo hacía. Y puede que tuvieran razón ambos.
—De acuerdo, no haré nada sin tu permiso o lo que tú me ordenes —acepto resignada.
—No quiero eso tampoco, Lilian. No te quiero sumisa delante de mí; no quiero que cambies, que dejes de ser tú —lo miro sin entender—.
Quiero que te des cuenta de quién eres ahora, que ya no eres la Lili antes de conocerme.
Ahora eres la primera dama de la mafia, la número uno de los dragones, pero sobre todo, Lilian, eres mi esposa, ¡mi esposa!
¿Entiendes lo que quiere decir eso, Lili?
No respondo de inmediato porque en verdad ya no sé qué pensar. Yo creía que sabía, pero a estas alturas, ya no sé nada.
—Eso significa que somos uno, Lili, ¡uno! —dice con vehemencia—. ¿Sabes lo que quiere decir eso? Que no puedes hacer nada sin mí, que siempre contarás para lo más mínimo conmigo, porque como somos uno, cualquier cosa que hagas me afecta a mí. ¿Lo entiendes?
—Perdóname, Ale —vuelvo a pedirle—. Ahora me doy cuenta de todo el daño que te hice con mis locuras de querer aprender por mi cuenta.
Alessandro suspira; al instante me dice que como primera dama me llevará a todos esos lugares. Me permitirá experimentar ese bajo mundo, todo lo que quiera. Pero con él cuidándome, representándome y, sobre todo, permitiendo que lo haga.
—Es muy importante en nuestro mundo la jerarquía, Lili.
Por todas esas locuras que hiciste, tengo que entrenarte ahora en la ciega obediencia —me estremezco temiendo lo peor—.
Porque cuando te lleve a esos lugares, debes demostrar que fui yo quien te permitió hacer todo eso que hiciste.
Pero sobre todo, me obedecerás ciegamente delante de todos mis hombres, aunque lo que te ordene vaya en contra de todo lo que tú crees.
—¿Cómo qué, Ale? —pregunto temerosa.
—Puedo mandarte a tener sexo con Rufo, por ejemplo —lo miro aterrada.
—¡No, jamás haría eso! ¡No quiero tener sexo con otro que no seas tú! ¡Pídeme lo que quieras, pero no eso! —me niego rotundamente.