227. NO LA OBLIGARÉ A NADA
ALESSANDRO:
Subo despacio las escaleras. Cuando salgo, Humberto viene corriendo; le hago una señal para que se calle y se haga cargo de todo.
Rufo camina en silencio detrás de mí por medio del campo de golf, hasta que me siento en la hierba.
También se sienta a mi lado, sin hablar, dejando que me relaje como tantas veces.
Me toma la mano ensangrentada, saca su pañuelo y me la envuelve en silencio.
—Sabes, Rufo, no quiero volver a pasar por el dolor que experimenté cuando perdí a mi hijo y a Celia —comienzo a hablar con mi mejor amigo—. Y mucho menos por el que sentí cuando creí que Lilian se había suicidado. No creo que sea capaz de soportar eso sin volverme mi otro yo, completamente.
—Te entiendo, Ale —dice suavemente.
—No, Rufo, no sabes lo que es tenerlo todo y perderlo en un instante. Estar en el paraíso y caer al infierno en un segundo —logro decir con lágrimas en los ojos.
—Vamos a entrenarla, Ale —me sugiere—. Lili aprende rápido, es muy inteligente. No te desesperes.
Niego con la cabeza; no lo creo. Ella no se someterá a mí, no de la manera que lo necesito para poder protegerla. Me lleno de aire mientras miro a lo lejos.
—Nunca son los enemigos quienes la atrapan, Rufo —digo, sintiéndome perdido en esta relación—. Ella sola va y se entrega a ellos.
—Te digo que sí lo hará, dale tiempo —insiste mi amigo—. Te ama más que a ella misma, ya verás. ¿La maltrataste? ¿Tengo que ir a verla?
Me apresuro a negar con la cabeza. Le cuento que no toqué ni un solo cabello de su cabeza, aunque ganas de encadenarla y azotarla no me faltaron.
—No lo hice, porque eso con Lilian no funciona, me iba a odiar.
Además, no es eso lo que quiero. No quiero que me tenga miedo —confieso con sinceridad—.
Quiero que ese amor que dice tenerme la haga entregarse a mí, que confíe ciegamente, que me obedezca, que me escuche.
No quiero someterla con violencia. Deseo que siga siendo esa adorable chica que es, que saca lo mejor de mí.
—¿Qué hiciste entonces? ¿La encerraste allá abajo? —sigue interrogándome Rufo.
—Solamente la regañé; le dejé las llaves —reconozco—. Le di la opción de marcharse, de dejarme.
—¿Por qué hiciste eso, Ale? Sabes lo impulsiva que es —se apresuró a decir Rufo.
—Rufo, prefiero perderla ahora que después —contesté con honestidad.
Rufo me observó en silencio por un momento; siempre pensaba antes de hablar. Se limitó a palmearme el hombro con un gesto cargado de resignación.
—No, Ale, esa no es la mejor opción. Si se va, la agarrarán; será la diversión de todos los jefes mafiosos —me recordó, y sabía que tenía razón—. La exhibirán como una vergüenza para ti. No puedes dejarla ir, Alessandro.
Me dejé caer hacia atrás, estirado sobre la hierba húmeda.
El suelo frío bajo mi espalda era lo único que parecía calmar el calor que sentía arder dentro de mí.
Un calor que ni siquiera el atardecer frente a mí podía sosegar.
Miré el cielo, que lentamente se iba tiñendo de un tono anaranjado, y suspiré.
Había una extraña mezcla de calma y vacío que me carcomía.
—Lilian no comprende nada. Ha pasado por tanto, y sigue siendo tan inmadura, tan irresponsable, que no importa lo que haga; no importa si pongo a todos mis hombres a vigilarla las veinticuatro horas.
Cuando se quiera escapar, lo va a hacer —dije, viendo cómo asentía—.
Lo hizo en Mallorca; salió escondida de los chicos.
No se detuvo a meditar que lo que hacía ponía en peligro la vida de ellos también.
No puedo seguir arriesgándolos así, Rufo. ¿Cómo están las infecciones de todos?
—Van a sanar, Ale; les limpiaron todo y están recibiendo un fuerte tratamiento de antibióticos —contestó enseguida—. No debieron esconder las heridas infectadas de Lilian. Ella es una excelente doctora, no hubiese permitido que se le infectaran así.
Lo miré de reojo y vi esa expresión suya de siempre. Sabía que tenía una buena opinión de Lilian como doctora, y sé que es verdad. Mis hombres no debieron esconder las heridas, lo que me dice que no confían en ella.
—Lo esconden de ti, Rufo; recuerda que tienes que obligarlos a que te las enseñen a veces para que no les des de baja —le recordé—. ¿Cómo crees que no lo iban a hacer de ella, más sabiendo que estaban en constante peligro?
Tuvo que darme la razón. Las increíbles cosas que cuenta Migue que Lilian los hacía hacer; fue un milagro que no los atraparan a todos. Era como si Lilian quisiera probar todos los extremos; fue más allá de lo que la lógica común permite.
—¿Crees que deba revisarla de nuevo? ¿Le habrá quedado alguna secuela que no conozca y la hace hacer esas cosas? —preguntó, pensando en las secuelas de la operación—. ¿Estar buscando siempre esa explosión de adrenalina que da el peligro, el hacer las cosas prohibidas?
—No hace falta, Rufo; ella siempre fue así.
Lo peor es que es tan confiada. ¿No viste cómo Luci se dio cuenta del peligro que representa esa chica Eira y Lili no?
¿Y Andy? —seguí diciendo—. Todos le advertían de él, pero no escuchó a nadie, y todavía cree que es una buena persona.
Lo llamó, Rufo, lo llamó para preguntarle cómo estaba y advertirle de Lesie, escondida de mí.
—¿Hizo eso? —preguntó con incredulidad.
Asentí diciendo que había escuchado la conversación. Una parte de mí sabía que Lilian no era mala persona. Pero ahora podía perderla porque ella no pensaba con claridad.
—Lilian necesita recapacitar muy bien; no la maltrataré, no lo haré —repetí de nuevo—. Pero solo saldrá de allá abajo para marcharse de mi vida, o porque acepte lo que le pedí y salga conmigo.
Rufo me miró con sincero fastidio al verme rendirme sin luchar. Pero esta vez esperaría que ella tomara la decisión. O se sometía a mí, o se alejaba para siempre; en eso no iba a ceder.
—¿No vamos mañana a ver lo de la cripta con Lilian? —preguntó Rufo.
—Sí, pero al regresar la volveré a llevar para allá abajo si no ha aceptado —dije con seriedad.
—¿Qué piensas hacer si lo acepta, Ale? —preguntó con expresión de preocupación, girando a verme—. ¿No pensarás hacerle lo que me imagino?
—Nada más de lo que ella consienta hacer, Rufo —respondí con sinceridad—. Si está de acuerdo, deberá aprender que es la obediencia ciega; tiene que hacerlo o la perderé.
—Trata que no se te vaya la mano —me aconsejó—. Cuídala bien; si necesitas mi ayuda, avísame.
Nos quedamos en silencio, escuchando solo nuestras respiraciones y el ruido de todo alrededor. Me siento cansado. Rufo coloca un brazo sobre mis hombros y nos quedamos así por largo rato. La voz de Estefan llamándonos hace que reaccionemos. Regresamos corriendo.
—¿Qué pasa? —pregunté al llegar.