226. ENTRE MARIDO Y MUJER
LILIAN:
Miro a Alessandro sintiendo un gran miedo. Ya había vislumbrado a este hombre algunas veces, pero nada como esto. Cada vez que se acerca, siento que me va a golpear y me sobrecojo sobre mí misma.
—Mis hombres, lo mejor de lo mejor en personas, no te importó que fueran heridos una y otra vez, no te importó, Lilian —puedo ver que está descargando toda la furia que ha aguantado todo este tiempo—.
¡Eso no es ser un buen jefe, es ser el peor de todos!
¡Que te obedezcan no quiere decir que los mandes a morir por no detenerte a pensar que su vida es tan valiosa como la tuya!
—Ale, yo…, yo…, yo… —trato de hablar, pero las lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas.
—¡No llores, Lilian Minetti, no quiero ver una sola lágrima tuya! —me pide sin ceder en su furia—. ¡No tienes permitido llorar, porque si lo haces, vas a saber quién soy en realidad, Lilian! ¡Sécate esas lágrimas y que no las vuelva a ver!
De pronto, sentí que no podía respirar. Mis manos estaban temblorosas y seguían intentando limpiar las lágrimas con torpeza. Alessandro seguía mirándome con rabia contenida, furia o el borde afilado del dolor, tan desgarrador que también parecía que lo estaba destruyendo a él.
—¡Yo sí pensaba en los chicos, los quiero como mi familia! —logro decir apenas, tratando de aguantar el llanto.
—¿Los quieres? —se rió con rabia—. ¿Escuchaste a Humberto cuando te dijo que no debían ir a Rusia? ¡Responde!
—No…, pero… —intento aclarar.
—¡No hay peros! —me interrumpe—. ¿Lo escuchaste cuando te dijo que debías regresar porque era muy peligroso y había muchos detrás de ti?
—No…, quería… —cada vez siento que tengo menos excusas.
—¡Cállate! ¡No hay nada que justifique que seis de mis mejores hombres estén en este momento ingresados en el hospital, porque no te tomaste el trabajo ni siquiera de revisar si estaban bien, si escondían las heridas de ti!
—lo miro con incredulidad—. Eres doctora, Lilian.
¿Cómo no pudiste ver el dolor reflejado en sus rostros, la sangre corriendo por su ropa? ¿¡Cómo?!
—¡Ellos lo ocultaban de mí, no es mi culpa! —grito desesperada ahora, al saber que lo que dice es verdad.
Se acercó lentamente, sus pasos resonando amenazadores sobre el suelo de mármol. Su sombra parecía envolverme, sofocarme con su presencia, y cuando se inclinó lo suficiente como para que su rostro quedara frente al mío, reprimí un jadeo.
—¡Eras la jefa, maldita sea! Tenías que saber, revisarlos.
¡Ellos, aunque se estén muriendo, no te lo van a decir!
¡Tienes que cerciorarte tú misma! ¡Es tu culpa, de nadie más!
—sigue apuntando con su dedo—. ¿O acaso crees que ellos ya no me informaron de todo?
¡Todo, Lilian! Tus entradas en los casinos con ropa provocativa, tus bailes en el tubo en bares ocultos casi desnuda, tus apuestas con hombres a ver quién bebía más; la lista es larga.
¿Quieres que siga? ¿Estabas entrenando, en serio?
¡Dejando que Europa entera te viera desnuda! ¿Eso es entrenar?
Bajo la cabeza, sintiéndome abochornada. Sé que tiene motivos para estar furioso, sobre todo por eso último que acaba de decir. En verdad, estaba medio loca en esos días. No tengo justificación.
—No fue así, y si era para entrenar, para saber cómo era ese mundo… —logro decir con voz entrecortada—. Lo hice, lo hice por ti…
—Ja, ja, ja, ¿por mí? —sigue riendo con incredulidad—. ¿Dices que lo hiciste por mí?
—Sí, sí, por ti lo hice… —sollozo en silencio.
—¿Cómo se entiende que hicieras todo eso por mí? —me pregunta con rabia—. Estás diciendo que enseñaras a todos los mafiosos que su jefe, el dragón número uno, no puede controlar a su mujer, y que ella es una cualquiera que enseña su cuerpo desnudo a todos. ¿Cómo se entiende eso, Lilian? ¡¿CÓMO?!
Me estremezco ante su grito al tiempo que da un potente golpe en un instrumento colocado al lado de mí, que rueda chirriando hasta estrellarse contra la pared. Sigue moviéndose de un lado a otro como un animal encerrado.
—¡En estos momentos hay una gran apuesta a ver quién agarra a la loca mujer del número uno, que le gusta correr autos clandestinos y desnudarse delante de todos!
¿Sabes lo que eso significa? —lo observo con incredulidad—.
¿Sabes qué te harán si te agarran? Eso sin contar a todos los dragones que quieren eliminarme.
Intenté retroceder, pero tropecé con el sillón detrás de mí.
Mi corazón latía tan fuerte que parecía querer escaparse de mi pecho.
La comisura de sus labios se elevó en una sonrisa que no llegó a sus ojos y que parecían ocultar mil secretos oscuros, mil trampas en las que ya había caído sin siquiera saber cómo.
—Se la estás poniendo muy fácil. ¿Por qué no me metes un tiro en la cabeza, Lilian?
¡Creo que así serían mejores las cosas que verme desprestigiado por mi propia esposa, la cual ya cada uno de mis hombres ha visto desnuda!
—abro la boca para negarlo, pero la cierro al recordar que es verdad—.
¡No me mires así, lo sé también! Te vestías y desvestías delante de ellos como si nada.
¡Todos, cada uno de mis hombres, me aseguró que te habían visto en ropa interior y completamente desnuda en Mallorca!
Se aleja de mí y hago todo lo posible para no llorar, para que las lágrimas no salgan de mis ojos. Me agacho, abrazándome las rodillas, hundiendo la cabeza en ellas. Alessandro camina despacio hasta una esquina, toma un llavero y me lo lanza a los pies.
—Esas son las llaves de esas dos puertas.
Puedes marcharte cuando quieras, Lilian; nadie te lo va a impedir.
Pero recuerda, si sales por esa puerta, estarás saliendo de mi vida junto con toda tu familia; nunca más podrás regresar.
Sin importar lo que dejaron dicho nuestros padres, dejaré el cargo para que seas de otro —me aterro al escuchar eso que dice—.
Toma el teléfono, puedes llamar a quien quieras sin esconderte de mí.
Y me percato de que ese fue el detonante. Llamar a Andy delante de todos lo sacó de sus casillas. Mi pecho iba y venía por el miedo. Sabía que había roto la línea que él mismo había puesto. Me observó un momento mientras se dirigía a la puerta. Sin girarse, siguió hablando.
—Llama a Andrea si es lo que quieres. Vete a esa isla en medio del Pacífico que encontró para escapar contigo —hace una pausa y con una voz tenebrosa prosigue—.
Piénsalo bien, Lilian, porque si decides quedarte a mi lado, estás aceptando someterte a mí en cuerpo y alma, ¿me escuchas?
Harás sin chistar todo, pero todo lo que te pida.
No te voy a maltratar, ni a torturar; haré solamente lo que estés dispuesta a hacer conmigo.
Alessandro soltó una carcajada seca, tan breve y vacía como la distancia que ahora separaba su cuerpo del mío. Abrí la boca para hablar, pero no me salía la voz. Podía sentir la tormenta y el sufrimiento que emanaba de su cuerpo y que me hacía tambalear.
—Quiero que por fin confíes ciegamente en mí, y eso lo voy a lograr con tu total entrega —esta vez habló más tranquilo—. Si crees que no puedes obedecerme, confiar en mí de ese modo, lo entenderé y te dejaré marchar; nunca más me verás delante de ti. Buenas noches, Lilian.
—Ale… Ale…
Pero se marcha sin mirar una sola vez atrás, cierra la puerta y desaparece de mi vista.
Corro a darle alcance, pero al llegar a la puerta, me detengo.
No quiero perder a Alessandro, no quiero separarme de él, y traspasar esa puerta significa eso.
Apoyo la cabeza en ella y me echo a llorar desconsoladamente.
Ahora sí la liaste, Lilian. ¿Cómo sales de esta?