225. LA FURIA DEL CAPO DI TUTTI I CAPI
ALESSANDRO:
Camino derecho a la casa con Lilian, casi corriendo detrás de mí, con la cabeza baja. Rufo trata de detenerme, pero lo aparto violentamente. Estoy tan furioso que quiero explotar. No sé cuándo Lilian va a entender que tiene que respetarme.
—¡Ale, no lo hagas! —me grita Rufo, tratando de volver a detenerme, pero me detengo y lo miro.
—¡Nadie se puede meter entre mi mujer y yo, ni siquiera tú, Rufo! ¡Apártate! —grito al tiempo que lo lanzo lejos de mí—. ¡Lilian, sígueme!
—¡Lili! —grita desesperada la señora Libia y corre hacia ella—. ¿Qué fue lo que hiciste ahora para ponerlo así? ¿Cuándo vas a aprender, Lilian?
—Mamá, todo va a estar bien —le dice suavemente—. No te asustes, Ale me ama, es incapaz de hacerme daño.
—¿Qué hiciste, Lili, qué hiciste? —le pregunta Luci, asustada, al ver el empujón que le di a Rufo, pero sobre todo, cómo él había tratado de detenerme—. ¿Qué hay allá abajo en ese sótano?
Todos los hombres que trabajan conmigo se miran y bajan la mirada. Nadie habla; se hace un silencio solo roto por las indicaciones de Humberto y el Pelirrojo a sus hombres, que tratan de desactivar una bomba en la caja que sacaron del despacho, mientras otros revisan la casa para ver si hay más.
Abro una puerta que da a una escalera, siempre seguido por Lilian, que trata de encontrar una explicación del por qué llamó a Andy, escondida de mí.
Sin embargo, no la encuentra y se concentra en buscar un modo de aplacar mi furia, que avanza sin mirar una sola vez atrás para asegurarse de que ella me sigue.
Después de bajar unos cuantos escalones, llegamos a otra puerta que abro.
La amplia habitación está llena de aparatos de los que Lilian no tiene conocimiento, pero se ven atemorizantes.
Al final de la enorme sala, una cama vestida de rojo la impresiona, por la cantidad de cosas que cuelgan de sus barandales y del techo.
Comienzo a caminar de un lugar a otro furioso; no la miro ni una sola vez, golpeo con furia todo lo que encuentro a mi paso, y con cada golpe, Lilian siente más miedo, casi rayando en el terror.
—Ale… —comienza a hablar y al instante se arrepiente; se ha quedado de pie en el medio de la habitación.
Un Alessandro que ella solo ha vislumbrado en destellos se detiene delante, los ojos rojos de la furia; las venas del cuello infladas; la nariz resoplando fuerte; el rostro desfigurado.
Me quedo allí, observándola, mientras le aprieto con fuerza los labios, indicándole que no hable. Ella se recoge sobre sí misma.
Yo vuelvo a caminar de un lugar a otro, tirando y golpeando todo a mi paso; no me acerco ni le digo nada. Solo desato mi furia con todo lo que se interpone en mi camino.
—¿Quién soy, Lilian? —pregunto de espaldas a ella, con una voz ronca que reprime la furia que me embarga—. Responde, Lilian Minetti, ¿quién soy?
—Mi Ale… —susurra Lilian.
—Responde correctamente, ¡¿quién soy?! —grito con una voz aterradora, dando una enorme patada a un sillón que sale volando por los aires y se estrella contra la pared.
—Alessandro Minetti —se apresura a decir aterrada—. Alessandro Minetti, el Capo di tutti i capi, el dragón número uno. Y…, y…, y mi Ale…, el amor de mi vida.
—¡No, Lilian! ¡Soy Alessandro Minetti, tu esposo, tu dueño, el hombre que tienes que escuchar y respetar! —le aclaro acercándome a ella—. ¿Me escuchas? ¡Tienes que respetarme, maldita sea!
Y vuelvo a golpear con saña otro mueble hasta destruirlo; mis nudillos dejan la huella de la sangre en él, pero no me detengo; sigo golpeándolo con violencia, hasta que me giro hacia ella, rojo de la furia que trato de contener, porque si no lo hago no sé lo que le pueda hacer a Lilian,
que me mira aterrada.
—Yo, Lilian…, te amo…, te adoro…, te idolatro…
, eres el amor de mi vida…, pero soy un hombre que necesita que la mujer que tiene lo respete por encima de todo —me detengo antes de proseguir, tratando de contenerme—.
¿Crees acaso que porque te he respetado todo este tiempo desde que te conocí; que te dejé marchar; que te enamoré hasta el cansancio, pidiéndote perdón como un tonto enamorado; que corrí a salvarte cuando te metiste en la boca de mis peores enemigos, no soy capaz de vivir sin ti?
¡¿Lo crees en serio?!
Y vuelvo a andar como un dragón lanzando fuego, arrasando con todo lo que se encuentra en mi camino.
Me detengo en ocasiones y la miro con unos deseos incontrolables de encadenarla a esa cama, azotarla hasta que se rinda y acabe de entender quién es ahora.
Lilian no se mueve; está parada en el centro de la habitación, que asemeja la destrucción de un tornado.
Tiembla asustada, porque sí, creyó que su Ale jamás le iba a enseñar ese otro que ahora la mira con deseos de acabar con ella.
Trago en seco y no digo nada, pensando en una manera de calmarla.
Estoy consciente de que mis besos no van a funcionar esta vez; lo veo muy claro y me quedo quieto, tratando de no hacer ningún ruido que la moleste más.
—Cuando entraste en mi vida de la manera que lo hiciste, Lili, sabía que ibas a ser un dolor de cabeza, lo sabía —sigo diciendo—.
Y aunque me enamoré en ese mismo instante, mi instinto mafioso me decía que no, que no me quedara contigo.
Viví muchos años sin conocerte, Lilian Caleri Pagani, ¡muchos!
No me importaría vivir el resto de lo que me queda sin ti, ¿me escuchas?
¡Soy capaz de eso y mucho más! ¡Lo soy! ¡No soy un hombre que una mujer puede doblegar! ¿Me escuchas?
—Perdóname, Ale…
—¡No quiero tu maldito perdón! ¡Lo he escuchado montones de veces; no significan nada para ti!
¡Porque pides perdón sin sentirlo, sin arrepentirte realmente de lo que haces y vuelves a cometer las mismas estupideces!
—vocifero realmente molesto—. Así que no me vuelvas a pedir perdón.
¡Quiero que te des cuenta de que no puedes seguir haciendo lo que te dé la gana!
¡Estabas siendo vendida como prostituta, Lilian!
¡Como una prostituta! ¡Mi mujer, la primera dama de la mafia italiana, la número uno de los dragones junto a mí! ¡Vendida!
—Ale…
—¡No hables, Lilian, no lo hagas o no respondo de mí!
¡No hay nada que puedas decir que justifique lo que hiciste!
—me detengo, tratando de controlarme, porque quiero ahora mismo azotarla—.
No te detuviste ni por un segundo a pensar que no solo era tu vida la que ponías en peligro.
¿Eh? ¿Olvidaste quién soy? ¡SOY EL MALDITO CAPO DE TODOS LOS CAPOS!