224. COSAS POR RESOLVER
ANDREA:
Eva asiente, recordándome que Minetti aparecía a cada rato en el hospital y pedía que Lilian lo atendiera. Ella no me mintió en eso cuando me dijo que era la señora Minetti; ella es en verdad la señora Minetti y yo me paseé con Galatea por delante, con mi cara feliz.
—Por eso, Andy, yo creo que debes renunciar a ella. Minetti jamás va a dejar ir a Lilian —asegura Eva.
—Está en grave peligro con él —le contesto, renuente a ceder.
—Es la hija de un mafioso, Andy. Esa es su vida —insiste Eva, tratando de convencerme—. Tú no puedes cuidarla; si la amas, déjala con Minetti, es el único que la puede cuidar.
No digo nada; sé que tiene razón en muchas cosas que me dice. Y lo voy a pensar, no quiero que le vaya a suceder nada malo a Lilian y debo de reconocer que al lado de Minetti está por ahora más segura que a mi lado.
—¿Me vas a acompañar a su apartamento? Quizás estar entre sus cosas me haga sentir mejor; la extraño, Eva —digo con un suspiro—. No importa cómo la traté, pero siempre estuvo ahí para mí.
Está de acuerdo. Me pide que espere que se dé un baño, se cambia de ropa y nos iríamos a pasar la noche allá. Se queja de que este apartamento queda lejos; deberíamos pensar en buscar uno más cerca del hospital.
—¿Qué me dices? —sigue hablando mientras se arregla—. Lo tenías aquí para que Lilian no viniera; ahora ya no hace falta.
—Lo haremos, con la condición de que sigas viviendo conmigo —le digo con esperanza de que acepte—. No quiero vivir solo.
—Seguiremos viviendo juntos, Andy —me asegura al fin—. Te dije que nunca más te iba a traicionar; eres mi hermano.
—Y tú, la mía, Eva —y lo digo con sinceridad—. No debimos acostarnos jamás; siempre desde niños te quise como mi hermana.
Se ríe mientras dice que no podemos remediar eso. A partir de ahora seremos hermanos de crianza y nos ayudaremos en todos los sentidos.
—Vamos, ya estoy lista —toma su bolso y me sigue—. Mañana debemos ir temprano para el hospital; Rufo regresó y ya sabes cómo es él, que llega primero que todos.
—Sí, me ha enseñado mucho —reconozco eso—. Es tremendo doctor y persona, Eva. No le importó enseñarme su técnica; lo hace ahora con todos.
—No importa que la enseñe, Andy. Nadie se llama Rufino D'Fiore; por muy bien que lo hagan, jamás serán como él porque la sigue desarrollando. Siempre va a ser el mejor en eso —sé que tiene razón.
ALESSANDRO:
Lucila sigue explicando que cuando esas dos vinieron, ella no estaba, solo el abuelo. La señora Libia andaba con Melanie, Ninetta y su esposo por el huerto. Damián y ella trabajaban con los técnicos, y James había ido a hacer algo que le mandó el abuelo.
—Y si eso no fuera poco —siguió explicando—. Las cámaras en la casa las tenía desactivadas por el trabajo que estaba haciendo para conectar todo al circuito central, para manejarlo todo desde un sitio.
—Luci, Luci —la interrumpe el abuelo—, ya te dije que ellas solo estuvieron conmigo en el despacho. Ese aparato tuyo debe tener problemas.
—Enséñame, Luci —le pido de inmediato.
Yo no me tomo esas cosas a la ligera. He aprendido a confiar en mi cuñada.
Es muy inteligente y domina todos esos aparatos tecnológicos de ella.
Mejor equivocarse que pecar de insensato.
De inmediato me muestra el aparato que en verdad marca tres puntos, y uno de ellos es la caja.
Otro en el centro de mi habitación, es decir, debajo de mi cama y en la de mi abuelo.
—Pero miré en tu habitación y no vi nada, pero sigue señalando en la cama —dice frustrada.
—¿Y en esa caja también? —pregunta ahora el Pelirrojo Axel, que se acerca con un aparato en la mano—. ¡Salgan todos de la casa en este instante!
—¿Qué es, Pelirrojo? —pregunto.
—¡Corran! ¡Corran fuera de la casa! —nos pide con urgencia.
Todos salen corriendo, mientras yo, junto a otros hombres, me encargo de sacar la caja. Recibo una llamada de uno de mis hombres que vigilan una de mis propiedades y respondo de inmediato.
—¿Jefe, la señora Minetti visitó el edificio? —quiere saber con urgencia.
—¿Hay una mujer ahí que se parece a la mía? —inquiero atrás.
—Sí, está aquí en la cafetería —me informa apresurado—. Pero llegó el doctor Andrea junto a la doctora Eva, y le gritó que ella no era su novia.
—¡Atrápenla en este instante, no la dejen escapar! —ordeno con urgencia.
Cierro el teléfono con inquietud; deseo correr para ir a atraparla, pero debo resolver este asunto aquí en esta caja.
—¿Qué pasa, Ale? —Rufo se acerca despacio—. ¿Qué sucede?
—¡La doble de Lilian está en la cafetería de mi edificio, frente a la biblioteca, pero llegó Andy y la descubrió, y mis hombres no se habían dado cuenta! —bufó molesto.
Estoy sintiendo que toda mi seguridad está fallando de esa manera. La han infiltrado. Estoy seguro de eso; el peligro es más severo de lo que había imaginado.
—¿Andy estaba con Lesie? —pregunta Lilian a mi lado.
—Se la encontró en la cafetería del edificio de tu apartamento. ¿Ves cómo no puedes salir, Lilian? ¡Te hubieran atrapado! —grito, alejándome para poner a mis hombres en máxima alerta.
Lilian está muy nerviosa; toma su teléfono y le marca a Andy, de espaldas a donde yo camino. La observo y regreso, queriendo escucharla sin que ella se percate. Quiero ver hasta dónde va a ir.
—¿Andy, estás bien? —pregunta y sigue hablando—. Soy Lili. Me acaban de decir que estás en el edificio de mi apartamento. ¿Qué haces ahí?
—Necesitamos hablar, Lili —escucho la voz de Andrea—. Necesito que me escuches una última vez, y no por teléfono.
—Andy, lo voy a hacer —me aguanto para no quitarle el teléfono—. No sé cuándo, pero te prometo buscarte y hablar contigo. No te acerques a esa mujer que se hace pasar por mí; es muy peligrosa.
—¿Todavía te preocupas por mí, Lili? —lo escucho preguntar.
—Andy, las cosas no terminaron bien entre nosotros; creo que nunca estuvieron bien —continúa hablando—. Pero quisiera que fuéramos amigos. Te llamo después. No puedo seguir hablando. Cuídate, Andy. Adiós.
Al ver que colgó y que se quedó en silencio, de espaldas a donde yo estaba, me acerco despacio.
—¿Con quién hablas, Lilian? —mi voz hace que salte asustada.
—Ale, yo…
—Sígueme —le pido, no queriendo hablar delante de todos.
—Ale…
—¡Sígueme! —insisto, caminando hacia la casa.