¡Ups! ¡No me equivoqué! 222. NUEVAS INFORMACIONES
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222. NUEVAS INFORMACIONES

ALESSANDRO:

Axel me miró intrigado con los ojos entrecerrados; luego de unos momentos, asintió. Todos tenían diferentes colores. Trató de contar cuántos eran, pero era difícil porque no todos iban al mismo tiempo. Pero en todos los años que transcurrieron, contó más de treinta.

—¿Treinta diferentes? ¿Estás seguro de eso? ¡Diantres! —No pude contenerme—. ¿Puedes, entre tú y tus hombres, ver si recuerdan los colores? ¿Escuchaste mencionar el dragón de fuego?

—Sí, el dragón de fuego, junto con el dragón que llamaban Neo Dragón —contestó de inmediato.

—¿Neo Dragón? —Era la primera vez que lo escuchaba—. ¿Viste el color del tatuaje?

—No, nunca se nos acercó. Fue como dos veces, en todo el tiempo —guardó silencio por unos instantes—. Hace una semana más o menos que fue, con otro que parecía en su voz una mujer; no los vi. Estaban interesados en saber si yo conocía algo de la nueva esposa suya.

—¿En serio? —Otra información que no sabía—. Pero si sabían que tú no podías saber por el tiempo que te tenían prisionero: casi seis años, perdón por eso, mi amigo.

—La culpa fue de mi hermano Acher —en eso estábamos de acuerdo—. Si no llega a aparecer, usted se hubiera dado cuenta de mi desaparición.

—Puede ser, mi amigo —dije pensativo—. Ahora deja que llame a tu sobrina para que la conozcas como tal.

—Un momento, jefe —se apresuró a decir—. Antes de ello, escuché un nombre; no sé si le va a servir de algo: "Eira", así llamaban a ese que se hace llamar Neo Dragón.

—¿Eira? ¿De dónde la conoces, Pelirrojo? —pregunta Lilian en ese momento.

Nos habíamos quedado observando a Lilian y Lucila, que habían abierto la puerta sin tocar, seguidas por Rufo, Miguel y mi abuelo.

—Nosotras conocemos a una chica con ese nombre del barrio. Vivía en el apartamento al lado del nuestro con su abuela —señala Luci—. Casi nos criamos juntas, hasta que desapareció hace unos años.

—¿Una chica? —pregunté intrigado.

—Vivía sola con su abuela; eran de China, creo —contestó Lilian.

—¿Están seguras de eso? —insistí de nuevo—. ¿Nunca notaron nada raro en ella?

—Rara sí era —ríen ambas, pero es Lilian la que responde—. Luci decía que nos vivía vigilando.

—¡Era verdad, Lili! —interviene Luci—. Eira era como un gato. Llegaba sin hacer ruido, se aparecía de pronto en cualquier lugar.

Veo cómo Libia y Lilian asienten a todo lo que ella cuenta. Lucila siguió diciendo que Eira tenía una obsesión con llevarlas a la playa o insistía en dormir con ellas, lo que su papá le prohibió a mamá que dejara que nadie hiciera eso.

—¿O se te olvidó cuando rescataste a Migue, los apuros que pasamos para que mamá no supiera que lo teníamos en la casa? —pregunta Luci a su hermana—. Además, Eira a mí no me gustó nunca, siempre revisando mis cosas; la odiaba por eso.

—Pues yo confío en el instinto de Luci —digo muy serio—. Es más, cuñada, quiero que empieces a indagar sobre esa Eira.

—¿Para qué, Ale? Ella desapareció con su abuela cuando yo entré a la escuela de medicina, más o menos. Nunca más volvimos a saber de ella —dice Lilian, pero la ignoro.

Le indico a mi cuñada que haga lo que le pido. Necesito saber todo lo relacionado con Eira; algo me dice que es una pieza clave en este enredo. Para mi sorpresa, Miguel dice que está de acuerdo con eso. A él tampoco le gustaba esa chica porque no se separaba de Lilian.

—Una vez que fuimos a jugar, perdió mucho dinero —sigue diciendo Miguel y, para sorpresa de todos, agrega—: Quería pagar con la tonta de Lili, que no se daba cuenta de nada.

—¡Migue! —exclama Lilian molesta.

—¿Qué Lili? —La enfrenta con seriedad—. Siempre te dije que esa chica no era buena. Se la pasaba tratando de escuchar qué hablábamos y queriendo saberlo todo. También tenía esa obsesión con preguntar si te habíamos visto desnuda alguna vez.

—Es una chica rara; creo que es lesbiana y estaba interesada en mí —responde Lilian con naturalidad.

—No era eso, Lili, no lo era —habla Lucila y se gira para mirarme—.

Alessandro, no sé quién es Eira, pero ella daba miedo.

Estoy segura de que quería algo de Lilian; también preguntaba quién era papá.

Por lo menos a mí, pero yo no sabía nada y le decía lo que me había dicho mamá, que siempre habíamos vivido aquí.

Escucho a todos, cada vez más convencido de que Eira estaba vigilando a Lilian, o trataba de comprobar si tenía tatuajes; alguien la había puesto a su lado para ver si era la hija del dragón rojo. Por eso le pido a mi cuñada que siga sus instintos y averigüe todo de ella lo antes posible.

—Creo que todos son unos exagerados —murmura Lilian, pero se calla ante la mirada de todos—. Ustedes ven enemigos por todas partes.

—¿Qué hacen aquí? —pregunto, cambiando de tema—. Estoy reunido, no he terminado todavía.

—No es nada, Alessandro —se adelanta Rufo—. Lilian dejó unas cosas en su apartamento y se nos ocurrió ir por ellas; de paso, Migue y yo pensábamos llegarnos a mi apartamento a buscar algo que me hace falta. ¿Quieres acompañarnos?

—¿Ahora? ¿Es que se le olvidó la alerta en la que estamos? —pregunto con incredulidad—. ¡No! ¡Nadie sale de aquí! Esas cosas pueden esperar hasta mañana.

—Pero, Ale… —comienza a protestar Lilian.

La miro fijamente mientras todos guardan silencio. Repito con seriedad que nadie va a salir de mi casa y es definitivo.

—Ve a decir a tu mamá que la necesito ahora, y ven tú también —le pido a Lilian, que gira sobre sus pasos—. Luci, quédate y con ese aparato llama a Acher, lo necesito. ¿Abuelo, quieres algo?

Ha estado de pie en una esquina, observándonos a todos sin participar. De inmediato, dice que puede esperar; si estoy ocupado, puede verme después. Me pongo de pie de inmediato, caminando a su lado y haciendo que se siente en un sillón.

—No importa, abuelo; quiero que te quedes también —le pido con suavidad—. Es una conversación familiar la que tendremos y quizás sepas algo que yo no sé. ¿Dime de qué quieres hablar?

—Estuve recordando que ayer vinieron Florencia y Loreta aquí a verme —lo miré interrogante—.

Según dijeron, vinieron a traer unos papeles que necesitaban tu firma urgente; son esa caja que ves en la esquina.

Dije que la pusieran ahí para cuando vinieras.

Me pidieron que les avisara porque necesitaban explicarte algo.

Giro mi cabeza para ver el bulto en la esquina, diciendo que lo veré después. Me dice que Luci se la ha pasado protestando, queriendo abrirla desde que la dejaron. Miro a mi cuñada, que está a su lado.

—Ale, puse detectores de aparatos peligrosos en la casa. Y la señal, desde ayer, no deja de marcar tres puntos de la casa —explica de inmediato—. Aquí, en la habitación del abuelo y la tuya.

—¿Estás segura de eso? —quise saber de inmediato.