219. LA HISTORIA CONTINÚA
LILIAN:
Humberto toma la palabra, contando que los extraños que habían llegado a su llamada nos apuntaban a nosotros, pidiéndonos que me entregaran a ellos. En ese momento, Estefan me tenía en el hombro, cargada. Y nos perseguían los del barco que me habían raptado.
—Jefe, se puso feo todo —sigue diciendo Humberto—. Estábamos en el puerto, escondidos entre los contenedores, siendo perseguidos por los dos bandos.
—¡Lili! —grita mamá, haciendo que salte asustada.
Se pone de pie, mirándome con incredulidad y decepción, para luego girarse hacia Alessandro—.
¡Hijo, yo no sé qué vas a hacer! ¡Pero no le permitas que se mueva de tu lado, tienes que domar a tu mujer o te la van a matar!
¡Ella no es una persona en la que se puede confiar!
—¡Mamá! —protesto al escucharla.
—Estoy completamente de acuerdo con mamá, Ale —dice Luci, para mi desconcierto—. Tienes que hacer que mi hermana al fin sea responsable. No importa los métodos que emplees, pero ella no puede seguir comportándose así. Lo siento, mi hermana, pero tú no eres consciente de las locuras que haces.
Me quedé paralizada mirando a mi madre y a mi hermana hablando con esa seriedad que me impresionó.
Sé que ese error puso no solo mi vida en peligro, sino la de todos mis compañeros, y que en verdad tienen motivo para ponerse así; pero no esperaba que le dijeran eso a Alessandro, que me observa con una extraña sonrisa maliciosa.
—No se preocupe, señora Libia —habla Alessandro, con una voz muy fría y tenebrosa—. Ella nunca más va a separarse de mí.
—¡Son unos exagerados! —reclamo, sintiendo ahora un gran miedo por la manera en que me observa Alessandro, y me apresuro a agregar—: ¡Ya prometí que haría todo lo que Ale me mande!
—Me aseguraré de ello —afirma Alessandro, dando un sorbo a su copa de vino, mirándome fijo.
—Alessandro... —lo llama Rufo en tono de advertencia.
—Sigue, Migue, ¿cómo escaparon? —quiere saber Alessandro, sin hacerle caso a Rufo.
Los chicos intercambian una mirada, decidiendo quién de ellos iba a continuar con la historia.
Migue tomó aire y continuó. Uno de los chicos, que tenía un auto blindado que se había ganado, vino hasta donde estábamos y nos sacó a todos de allí, bajo un encarnizado fuego.
Luego, nos estuvieron persiguiendo por toda Mallorca, hasta que Humberto llamó al avión, y cuando nos avisaron que estaba listo en un aeropuerto particular, enfilamos para allá.
En el camino, me había despertado, y les di tremendo bateo porque me entró, en ese momento, el pánico a volar.
No quería subir al avión, y a los chicos no les quedó más remedio que lanzarme una red para que me envolvieran.
Así, nos prendimos todos de ella y subimos, porque ya los que nos perseguían habían llegado, y el avión estaba levantando el vuelo.
—¡Santa virgen, madre de Dios! —exclama la señora Libia—. ¡Lo dicho, Alessandro, tienes que domar a Lilian, aunque la encierres en una habitación hasta que aprenda a comportarse!
—Mamá, no te pongas así —trato de calmarla al ver que está muy asustada—. Después de eso, me porté mejor. ¿Verdad, Migue?
—Sí, un poquito mejor —me ayuda el descarado con una mueca.
—¿Qué quieres decir con eso, Migue? —vuelve a preguntar Alessandro, fríamente, sin perderse ninguna de nuestras reacciones.
—¡Migue, deja de contar todo! ¡Traidor! —lo espeto, realmente molesta con él.
Se pone de pie, viene y me abraza en forma de disculpa, pero no me dejo. Pone cara de ofendido mientras dice que lo hace porque ellos tienen que saber cómo comportarse conmigo. No quiere perderme, y si sigo así, me matarán los enemigos.
—Te crees invencible y que tu vida no cambió —sigue aleccionándome—. Quieres ir por el mundo como antes, sin observar lo que pasa a tu alrededor. Ya eso se acabó, Lili, ¡se acabó!
Lo miro mientras hace todos sus ademanes cómicos. Luego, al ver que no lo observo, se gira serio hacia Alessandro, asegurando que los chicos se cansaron de advertirme sobre los peligros, pero que yo les decía que era la jefa.
—¡Deja de contar eso! —le reclamo, tratando de detenerlo.
—Sabes muy bien que es verdad. Nos metías en cada aprieto por no escucharlos, que no quieras saber, Alessandro —dijo muy serio—. Estuvimos todo el viaje escapando de los que nos perseguían y ella no quería regresar a Roma.
—¡Estábamos entrenando, Migue! Quería estar lista para poder ayudar a Ale —me defiendo, molesta, al ver la cara de Alessandro. Y precisamente, no es el rostro de agrado que esperaba; conoce ese otro rostro.
Para mi sorpresa, no dice nada. Me abraza un buen rato en silencio. Al separarnos, me acaricia la mano con ternura. No sé si calmarme o asustarme más.
—No necesito eso, Lilian, te necesito segura.
Y prepárate, tu entrenamiento empezará mañana.
Te lo advierto: por cada cosa que no cumplas, recibirás un castigo.
Y ustedes dos —dice señalando a mamá y Luci—.
Y tú también, Migue. No pueden ayudarla en nada.
¿Me escuchan? Si quieren que Lilian sobreviva en esta vida que nos ha tocado vivir, tiene que ser muy disciplinada, y yo... haré que lo sea.
Me encojo sobre mí misma mientras miro con odio a Migue, que me sonríe, diciendo que lo hace por mí. Luci mueve la cabeza y me regaña por lo bajo, mientras mamá sigue diciéndole a Alessandro que solo él podrá hacer que me comporte e impedir que me maten.
—Señor Alessandro —interrumpe un guardia—. Allá afuera hay uno de sus hombres que dice que tiene que hablar con usted urgente.
—¿Me necesitas, Ale? —se levanta también Rufo, listo para ponerse de pie.
—No, quédense cenando, yo regreso enseguida —contesta, poniéndose de pie.
¡Trágame, tierra! Era todo lo que pasaba por mi cabeza mientras miraba a Alessandro levantarse de la mesa con ese porte imponente que hacía difícil no sentirse diminuta a su lado. Bajo la mirada y tiemblo pensando que lo que me espera no es fácil, y lo peor es que yo misma me lo busqué.
Todos guardan silencio y se concentran en comer.
El ruido de la puerta al cerrarse resuena como un eco, y siento todas las miradas sobre mí.
Migue, como siempre, se cruza de brazos y me mira con fastidio, lo que me pone de los nervios.
Luci, por su parte, juguetea con el tenedor sobre su plato, evitando mirarme a los ojos. Solo mamá se atreve a romper el hielo.
—Lilian, hija, Alessandro tiene razón, necesitas dejar de comportarte como si fueras una chiquilla.
Ya no estás en la universidad, no se trata de alguna travesura —me regaña, como siempre que cometo un error—.
Tú estás casada con un hombre que tiene más enemigos de los que podemos contar.
Si no controlas tu temperamento, vas a terminar en una tumba.
Y recuerda, los enemigos de tu padre también te están buscando.