¡Ups! ¡No me equivoqué! 218. LA HISTORIA EN MALLORCA
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218. LA HISTORIA EN MALLORCA

LILIAN:

Rufo se giró hacia Miguel y lo abrazó, riendo de felicidad al saber que él lo había reconocido, aun cuando no le había hablado, mientras decía que sabía que lo había reconocido porque lo sintió en ese abrazo.

—Yo estaba tan feliz que, aunque vi a Ale, no puedo decir que tenía conciencia de que era él. Si lo llego a saber, no los hubiera dejado irse —añado.

—¿En serio, Lili? —pregunta Alessandro, levantando una ceja con incredulidad.

Lo abrazo y le doy un beso en la mejilla, pero él no me responde, mirándome fijamente. Asiento de nuevo, diciendo que tenía tremendo miedo después de lo que me había pasado en el avión y el tren. Solo quería que estuviera a mi lado.

—¿Y por qué no me lo pediste? —pregunta en el mismo tono.

—Porque es una orgullosa, Alessandro, y ustedes unos tontos por no quedarse con nosotros —interviene Migue—. No se molesten con nosotros.

Ellos al fin se relajan y ríen junto a todos. La mesa está llena de los guardias de seguridad que siempre nos acompañaron. Miguel se acomoda y sigue contando lo sucedido en Mallorca por mi locura.

—Bueno, siguiendo la historia. Llegamos al hotel y Lili, sin decirle nada a nadie, al otro día, se vistió con un vestido floreado, unas gafas de sol, y se fue a pasear sola, ¡sola!

—Se hace un silencio, mientras Alessandro me mira con incredulidad—.

Por poco nos volvemos locos buscándola, creíamos que la habían raptado de la habitación del hotel.

—¿Hiciste esa locura? —pregunta sin dejar de mirarme.

No respondo, solo bajo la cabeza mientras Migue sigue contando cómo todo el cuerpo élite comenzó a recorrerlo todo buscándome, después de que la recepcionista le dijo a Humberto que había salido sola y le mostró el video de vigilancia.

—Yo estaba manejando despacio por la calle de las tiendas cuando la vi —sigue la historia—. Pasó en otro auto, conversando con una pareja. Di la vuelta y la seguí.

—¿Quiénes eran esa pareja, Lilian? —me interroga de inmediato.

—No lo sé, Ale. Se me acercaron en el mercado, hablamos un rato —contesto con la verdad porque no tiene caso mentir—. Me dijeron que también eran turistas y me invitaron a ir a una exposición de joyas. Yo quería hacer algo diferente sin los chicos y acepté.

—¡Aceptó, de loca! —interviene Migue—. ¡Y fue entonces que la raptaron!

—¡¿Qué?! —exclaman todos los que no me acompañaron, al mismo tiempo.

—¿La raptaron y nadie me avisó? —pregunta Alessandro, apretando las mandíbulas, queriendo matar a su cuerpo de guardias.

Humberto baja la cabeza, abochornado por haberle fallado a su jefe. Viéndolo así, me siento realmente culpable y quiero intervenir de inmediato antes de que él responda, pero Miguel se me adelanta.

—No te molestes con los chicos, Alessandro.

Es que todo pasó tan rápido que ellos solo actuaron como una maquinaria —dice, tratando de relajar la tensión en el ambiente—.

Como te dije, yo vi cuando pasó en el auto y la seguí.

Fueron a dar a un museo. Yo me demoré en parquear y la perdí.

Los chicos invadieron el museo y lograron ver que la habían sacado desmayada por detrás.

Les seguimos el rastro y fuimos a parar al puerto.

La metieron en un contenedor cargado de mujeres, vigilado por muchos hombres armados.

—¿Por qué nadie me llamó? —grita Alessandro, dando un golpe en la mesa—. ¡Tuvieron tiempo!

Todos niegan de inmediato. Estuvieron localizando a sus hombres en Mallorca hasta que, al fin, aparecieron unos extraños mafiosos que decían ser nuestros.

A Humberto no lo convencieron, pero no les quedaba de otra: eran ellos o dejar que me llevaran, ya que habían empezado a cargar el barco.

Así que los repartió y atacaron con todo.

—¿Tú también, cariño? —pregunta Rufo, preocupado.

—Sobre todo yo, amor —dice Migue, con orgullo—. Les lancé cuchillos a varios para matarlos sin hacer ruido junto con los chicos. Logramos abrir el contenedor, pero no encontramos a Lili.

—¿No? ¿Y dónde estaba? —Ahora es mi hermana quien pregunta, asustada.

—La habían sacado sin que nos diéramos cuenta, con otras cinco, y las llevaron a una subasta de mujeres —contesta Humberto con el ceño fruncido.

—¡¿Qué?! ¿Te vendieron en una subasta, Lili? —Alessandro se gira para mirarme con incredulidad.

Abro y cierro la boca al ver su expresión de desconcierto e incredulidad ante esa locura. Lo abrazo de nuevo al tiempo que me apresuro a negarlo.

—No, no, amor. Los chicos llegaron a tiempo —aclaro, tratando de calmarlo.

—Muy a tiempo, justo cuando la estaban bañando y el dragón apareció en su espalda —agrega Migue—. Entré en ese momento y maté a las dos mujeres. La envolví en una sábana y me lancé con ella por la ventana al mar.

—¡Loco! ¡Por poco me ahogo! —Le doy una palmadita en su brazo, recordando ese momento.

Aunque trato de relajar la situación, sé que cometí un gran error. Otro más en mi lista interminable de errores en la vida.

—Hizo muy bien —interviene furioso Alessandro—. ¿Te imaginas si se llegan a enterar de que mi esposa estaba siendo vendida en una subasta de prostitutas? No solo eso, Lili, ¿sabes lo que les pasa a esas mujeres que venden así?

—Ale, ya pasó, y no llegó a suceder. Nadie se enteró —digo, acariciándole la mano.

—¡Lilian, muchas cosas van a cambiar a partir de ahora! ¿Me escuchas? —me amenaza con un tono imponente que sé que no puedo desafiar, así que solo asiento, bajando la cabeza.

Se hace un gran silencio, mientras todos bajan la cabeza hacia sus platos, haciendo como que comen, pero en realidad están esperando que se le pase la molestia al jefe. Y yo cada vez me siento más culpable.

—¿Y qué más pasó? ¿Cómo escaparon? Sigue contando —exige Alessandro.

Migue no se hace esperar. Cuenta cómo, estando drogada, no dejaba de darle golpes mientras intentaba llevarme a la orilla, haciendo que nos hundiéramos, y empecé a gritar llamando a Alessandro como una loca, lo que hizo que nos descubrieran desde el barco.

Menos mal que nuestros hombres se lanzaron a ayudar a Migue, mientras los otros disparaban. Lograron sacarme, y Humberto tuvo que noquearme porque gritaba y pataleaba, queriendo escapar de ellos.

—Lo peor no era eso, Alessandro —Migue me lanza una mirada de advertencia. Le niego con la cabeza, pero él no se detiene—. ¡Estaba desnuda!

Alessandro solo gira la cabeza para mirarme. Escondo mi rostro entre mis manos, avergonzada, sin poder decir nada para defenderme.

—La vestimos con las ropas que se quitaron los chicos. Pero por estar desnuda, su espalda… —se detiene ante la mirada de todos—. Los extraños mafiosos le vieron el dragón, y ahí fue cuando todo se puso negro.

—¿Qué quieres decir? —pregunta Rufo, esta vez.

Bajo la cabeza, cerrando los ojos, sabiendo lo que viene, y sé que no va a salir nada bueno para mí de esa historia. ¡Trágame, tierra!