¡Ups! ¡No me equivoqué! 217. LAS PREOCUPACIONES DE ALESSANDRO
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217. LAS PREOCUPACIONES DE ALESSANDRO

LILIAN:

Al fin, Alessandro se detiene frente a Luci diciendo que lo que había hecho era muy bueno. Sin embargo, le señala que debe haber un informe en las computadoras de las puertas, indicando las únicas personas que pueden entrar a la casa, pues esas locas lo hicieron por las puertas.

—Lo hay, pero no se lo he enseñado a esos guardias nuevos —se defiende Luci—. No quiero enseñarles cómo funciona el sistema de la casa. Te estaba esperando, Alessandro, porque también me pareció muy extraño ese cambio de hombres.

—Hiciste bien —responde Alessandro, girándose hacia uno de los gemelos—. Acher, ¿dónde estabas que esas mujeres llegaron hasta Luci? Te dejé con ella porque se siente segura a tu lado. ¿Y tu hermano?

—No tiene nada que ver con ellos. Yo los mandé a sacar a una mujer que se apareció en la casa del lago —interviene Damián— y les pedí que ubicaran a sus hombres en los lugares principales.

—¿A todos? ¿A los doce? —pregunta Alessandro.

Observo cómo Alessandro investiga y da órdenes a todos en su casa. Es indiscutible quién es el Capo de capos, y eso me encanta. Todos se someten a su autoridad, incluida yo.

—No. Como hay tantos extraños, puse a casi todos a cuidar la casa, y nos quedamos con el Pelirrojo, Acher y otro más —contesta Damián.

—James, ¿qué demonios estabas haciendo? —Alessandro se gira hacia el antiguo jefe de seguridad de su abuelo y de la casa—. ¿Cómo es posible que, porque te dijeron que los mandé, hayas permitido que llenaran la casa de extraños?

El anciano lo mira con seriedad mientras explica que los de la organización Los Dragones dijeron que Alessandro mismo los había enviado antes de irse. Llegaron muy temprano, incluso antes de enterarse de que ellos se iban de viaje.

—Por eso pensamos que era verdad —interviene el abuelo.

—¡Abuelo! —grita Alessandro, cada vez más exasperado—. ¿Por qué a nadie se le ocurrió preguntarme?

—No contestabas el teléfono —responde secamente su abuelo.

Alessandro camina de un lado a otro como un animal enjaulado, frunciendo el ceño y respirando con fuerza.

—Alessandro —señala Rufo, entrando con Migue—. Ya están aquí casi todos nuestros hombres. Ya mandé a relevar a los guardias y a decirles que no necesitaremos más de sus servicios. ¿Qué hacemos con los demás?

—¡Que revisen toda la propiedad! —ordena a pleno pulmón.

Aunque sé que estamos en serio peligro por esta situación, sinceramente creo que Alessandro está exagerando. Aun así, me guardo mis pensamientos. En ese momento, mi hermana adelanta un paso para hablar.

—¡Espera! —detiene a los hombres que ya iban saliendo—. Hay un campo minado de dos metros a partir de la cerca.

—Muy bien, ya escucharon. Estoy seguro de que algo hicieron —señala Alessandro, enfático al escucharla—. Luci, ¿estás segura de que tienes vigilada toda la cerca?

—Sí, Ale, pero mañana la verificaré muy bien —le responde Luci sin siquiera mirar su tablet.

Veo que mi hermana ha estado trabajando mucho mientras yo estaba de viaje. Cuántas cosas debe tener almacenadas en esa tablet que no suelta ni un momento. Damián se le acerca y le toma la mano con suavidad. Ella le regala una sonrisa que no puede evitar y, sonrojada, baja la mirada.

—Lo haremos, cariño, yo te acompañaré —le dice Damián con tono protector.

—Bueno, bueno —interviene Ninetta de nuevo, desde la puerta del comedor, donde ha permanecido atenta—. Creo que todos deberían prepararse para la cena. Está casi lista. Señora Libia, ya todo está listo en la cocina.

El abuelo observa a Alessandro y le indica que es una buena idea. Entonces, nos manda a todos a prepararnos al notar nuestras ropas de viaje. Alessandro parece dispuesto a seguir insistiendo en investigar todo en ese momento, pero finalmente acepta continuar analizando la situación al día siguiente.

—Rufo, ¿estás seguro de que los nuestros nos cuidan? —pregunta Alessandro, visiblemente preocupado.

—Sí, ya están todos aquí —responde Rufo, con una expresión tan preocupada como la de Alessandro.

—¡Que los cuerpos élites rodeen la casa durante la noche! —ordena Alessandro una vez más.

El abuelo sigue la escena con calma y, mientras se aleja hacia el comedor, le dice que está siendo demasiado alarmista. Alessandro lo escucha, pero niega con la cabeza, deteniéndose en seco.

—Luci, activa todos los protocolos de seguridad de la casa que hayas instalado. Deja todas las luces de los campos de golf encendidas —indica Alessandro.

Luci, sin más, hace lo que le pide en su tablet con una agilidad que no me sorprende. Luego, Alessandro se gira hacia James.

—James, que ningún hombre duerma esta noche —ordena, y al ver cómo todos lo miramos, continúa—. Tengo una mala corazonada, y yo nunca fallo. ¡Nunca!

Nos dirigimos al comedor, donde ya están sentados los demás.

Me siento a la derecha de Alessandro, quien al fin parece haberse tranquilizado al saber que sus hombres vinieron y están cuidando la casa.

Todos ríen escuchando las historias que Migue y yo contamos.

Alessandro, sin embargo, las escucha en silencio, sin participar en la conversación.

—Hay algo que quiero saber —interviene Rufo—. ¿Cuál es la historia de Mallorca?

—¡No te atrevas a contarla, Migue! —lo amenazo de inmediato.

—Yo también tengo interés en saberla —habla muy serio Alessandro, llevando la copa de vino a la boca—. Migue, olvida la amenaza de Lilian y dímela, es una orden.

—La voy a contar —dice Migue, que destila felicidad al lado de Rufo, quien a cada rato le acomoda el cabello detrás de la oreja con mucho cariño—. Lili, ya pasó, así que no te molestes conmigo.

—Está bien. Pero Ale... —me giro hacia él, que está recostado en su silla con la copa de vino en la mano y me observa muy serio—.

No te vayas a molestar conmigo. Realmente no sabía lo que hacía al no escuchar a los chicos.

Después de ese día, me sometí a un tremendo entrenamiento físico y mental, te lo juro.

—Eso es verdad, Alessandro —me ayuda Migue—. A partir de ese día, contaba con ellos para todo, más o menos.

—¡Migue! —Lo regaño, temerosa de que Alessandro se moleste. Realmente fue una locura.

—Vamos, Migue, cuéntanos la historia sin dejar nada afuera —pide Alessandro, muy serio.

—Pues ese día llegamos a Mallorca por la madrugada.

Nos fuimos a hospedar, como siempre, en un pequeño hotel para no llamar mucho la atención...

aunque nuestros autos lo hacían de por sí, porque Lili se empeñó en seguir con los mismos autos de la primera carrera —comienza a contar mientras yo bajo la cabeza, aterrada—.

Los chicos querían que los cambiáramos en cada ciudad, pero ella no los dejó, ni el de ella ni el mío.

Para ser honesto, yo tampoco quería deshacerme del auto que me había llevado mi Papichuli.

—¿En serio te diste cuenta de que era yo, Migue? —pregunta emocionado Rufo.

—Sí. Aunque todo el mundo me dijera que no, ese olor tuyo y la sensación que me provocas cuando me abrazas no se me olvidó —responde Migue, acariciando el rostro de Rufo, cuyos ojos brillan de felicidad—. Y aunque me cogiste de sorpresa y no reaccioné atrapándote, todo en mí sabía que eras tú.