216. AL FIN EN CASA
LILIAN:
Miro a mamá venir hacia mí. Sin pensarlo dos veces, suelto a Luci y corro a abrazarla con todas mis fuerzas, llenándola de besos mientras le pido disculpas una y otra vez. Puedo ver sus lágrimas en los ojos mientras me mira de esa manera que tantas veces me ha partido el alma.
—Perdóname, mamá, perdóname, tú me conoces —logro finalmente hablar entre sollozos—. Te prometo que no lo volveré a hacer. Todo este tiempo me he sometido a un entrenamiento intenso para controlar mis emociones, y lo he logrado. Me han entrenado muy bien.
Lo digo con total sinceridad, porque realmente es cierto.
Me he sometido a un entrenamiento extremo, tanto físico como psicológico.
Ahora me siento más segura de mí misma, lista para ser la señora Minetti, la primera dama de la mafia italiana.
Soy la número uno de los dragones... aunque, claro está, siempre que tenga al dragón negro a mi lado, todo será perfecto.
—Mi suegra, no sabe cuánto he extrañado su comida —interviene Alessandro con su aire encantador—, así que espero que me haya preparado algo especial hoy.
—Hijo, por supuesto que lo hice —responde mamá, sonriéndole con calidez—. Pero, ¿por qué sonaron las alarmas? ¿Fue por la llegada de ustedes?
—No, suegra. Trataron de raptar a Luci —contesto antes de que las señales de mi esposa me detengan.
—¡Oh, por Dios! ¿Cómo fue eso? —exclama, llevándose las manos al rostro, completamente asustada mamá—. Luci, dijiste que nadie podía entrar ahora a la casa.
—No es nada, mamá —responde Luci con ese tono tranquilo que siempre me sorprende—. Simplemente, unas arpías aprovecharon pases falsos. Los guardias nuevos no sabían que esos pases ya estaban vencidos.
—¿Arpías? ¿Qué animal es ese, hija? —pregunta mamá, con tacto, y a la vez tan poco conocimiento, que no puedo evitar soltar una carcajada junto con todos los presentes.
—No son animales, mi suegra. Son unas mujeres que se creen mafiosas y pensaron que podían burlar nuestra vigilancia —le explica Alessandro—. No se preocupe. Lili, haz lo que ibas a hacer con tu hermana y reunámonos después.
Lo miro mientras comienza a ordenar cosas a sus hombres que lo esperaban más allá. Por mi parte, planeaba seguir con lo que Alessandro me dijo, cuando él regresa y me interrumpe:
—Un momento, Luci... ¿cómo es eso de que hay "guardias nuevos"?
—Ale, ¿no sabías que todos los guardias son nuevos? —contesta ella de inmediato—. Excepto mi cuerpo élite, que no acepté que me los cambiaran, y algunos del abuelo. Todos los demás fueron enviados a descansar.
Alessandro la mira sin decir ni preguntar nada. Luego se gira a mirar a todos los hombres que están un poco más allá, analizando a cada uno de ellos.
—¡James, James! —lo llama Alessandro.
Nadie dice nada; esperamos unos momentos hasta que aparece James acompañado del abuelo. Alessandro no tarda ni un segundo en disparar sus preguntas a ambos:
—¿Puedes explicarme por qué tenemos guardias nuevos? ¿Qué pasó con los de siempre?
—Deja de gritar, Alessandro, acabas de llegar —interviene el abuelo, siempre tan sereno, mientras lo abraza para tranquilizarlo—. No es culpa de James. Fueron los dragones; los mandaron ellos después del ataque. Llegaron el mismo día que te fuiste sin avisar a nadie.
—¿Los dragones? —se asombra y parece que se incendia—. ¿Quién demonios les dio esa orden? ¿Y los nuestros dónde están? ¡Los quiero ahora! ¡A todos aquí!
—Les dimos vacaciones, como ordenaste —responde James con naturalidad—. Algunos se fueron a Milano.
—¡Yo no he ordenado nada! —ruge Alessandro, furioso, mientras camina de un lado a otro en el salón, dando voces. Luego, llama—: ¡Humberto! ¡Estefan! ¡Pelirrojo! ¡Citen a todos nuestros hombres! ¡Los quiero aquí en media hora!
Todos lo observamos sin entender qué es lo que sucede y por qué se puso así.
Damián se acerca y le sugiere que le ordene a Luci que los cite ella porque ha creado un sistema de mensajes muy eficiente, mientras trata de calmarlo.
Alessandro lo mira en silencio, pero yo puedo ver que la furia arde en sus ojos mientras subo las escaleras rumbo a mi habitación.
—¡Luci, Luci! —vocifera sin importar quién lo escuche.
—Deja de gritar, muchacho —insiste el abuelo con tono preocupado—. ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué estás tan alterado?
—¡Abuelo, trataron de raptar a Luci, aquí mismo!
¡En nuestra casa! —se detiene para enfrentar al abuelo que, al escucharlo, se asombra—.
Así como lo oyes. Todos mis hombres saben que los pases de las mujeres de los socios fueron cancelados.
¡Todas esas mujeres entraron con armas y con los autos escondidos en el exterior!
¿Qué estaban haciendo los guardias? Solo hay una explicación: ¡son cómplices!
No quiero a un solo extraño en esta casa.
¡Quiero a mis hombres aquí y a nadie más!
Al escuchar eso y comprender la seriedad de la situación, Luci y yo descendemos la escalera después de escuchar tanto escándalo.
—Ale, ¿qué es lo que quieres que haga? —pregunta Luci, viéndose descolocada.
—¿Es cierto lo que dice Damián? ¿Puedes enviar una señal a todos mis hombres para que vengan de inmediato? —pregunta de inmediato—. Cita a todos. ¡A todos! ¡Los quiero ya aquí!
Luci saca su tablet y de inmediato envía el aviso, diciendo que en breve llegarán. Sin embargo, Alessandro sigue moviéndose de un lugar a otro, dando órdenes a sus hombres.
—Tranquilo, cuñado... te vas a asombrar de lo que hice en tu ausencia —dice Luci, decidida a mostrarle—. Hemos reforzado la seguridad; quien quiera entrar por la fuerza la va a pasar mal. Hoy terminaron de instalar todo.
La tranquilidad de Luci contrastaba con la tensión de mi esposo.
Lo observaba caminar de un lado a otro, absorto con lo que había pasado.
Su firmeza y necesidad de protegernos, aunque a veces abrumadora, me tranquiliza.
Estoy casada con un hombre que haría cualquier cosa por su familia, y eso siempre me lo demuestra, aunque sea a su particular y ruidosa manera.
—Bueno, bueno —interviene finalmente Ninetta, intentando aliviar la tensión con su forma práctica de hablar—. Creo que todos deberían prepararse para la cena. Está casi lista. Señora Libia, ya está todo listo en la cocina.
—Es buena idea —añade el abuelo, deteniendo a su nieto—. Vayan a prepararse y después bajen. Mañana discutiremos todo, Alessandro, no te preocupes ahora.
A pesar de los intentos de calmarnos, aún podía ver el miedo y la preocupación en los ojos de Alessandro... un instinto que nunca falla. Estábamos en verdadero peligro.