¡Ups! ¡No me equivoqué! 215. FUERA DE PELIGRO
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215. FUERA DE PELIGRO

DAMIÁN:

Las cuatro mujeres se miran entre ellas. Luego observan a Enrieta, quien parece ser la que las dirige. Finalmente, nos clavan la mirada a Luci, que, a pesar de todo, no parece asustada; está concentrada en su tablet detrás de mí.

—¿Tu esposa? ¿Qué quieres decir? —preguntan, mirándose desconcertadas unas a otras—. ¿No es la hermana de la esposa de Minetti?

—Sí, y también es mi esposa —respondo con firmeza, ganando tiempo para que lleguen los refuerzos.

—Entonces tendremos que matarte. Ella viene con nosotras ahora —amenaza Enrieta, rastrillando su arma de forma amenazante.

—Yo no voy a ningún lugar con ustedes —habla Luci, saliendo de detrás de mí— y les sugiero que lo piensen dos veces antes de dispararme. Miren a sus espaldas. Solo necesito un movimiento y mis hombres les dispararán.

Luci señala hacia cuatro drones que flotan detrás de las mujeres, apuntándoles con precisión, mientras su cuerpo élite comienza a rodearlas.

—¿¿Tú crees que les tenemos miedo a tus juguetitos?? Si ellos intentan algo, te mataremos al instante —chilla Enrieta, aunque su nerviosismo es evidente.

—¡Enrieta, dijiste que no había nadie en la casa a esta hora! ¡No quiero morir! —grita histérica una de las mujeres más delgadas, perdiendo completamente la compostura.

—¡Bajen las armas o la matamos aquí mismo! —vocifera Enrieta inútilmente, pero la situación ya está fuera de su control.

Los hombres del cuerpo élite no se detienen. Rodean a las mujeres, apuntándoles con las armas listos para eliminarlas a una orden mía, aunque solicito que no las maten.

—¡Enrieta…! —exclama otra de las mujeres al ver cómo los hombres siguen avanzando, mirándolas de manera amenazante.

Luci observa la escena con calma. Con una sonrisa tenue, baja un dedo sobre su tablet, y al instante una ráfaga de disparos rebota delante de los pies de las mujeres. Ellas retroceden, asustadas, y sollozando, sueltan sus armas justo antes de ser noqueadas por los hombres de los gemelos pelirrojos.

—¿Está bien, señorita? —pregunta el Pelirrojo, mientras pasa una mano con cautela por la cabeza de Luci, preocupado. Pero al ver mi rostro molesto ante su atrevimiento, retira su mano de inmediato—. Discúlpenos por permitir que corriera ese peligro, no volverá a pasar, se lo aseguro, señorita Luci.

—¡Señorita no! Es mi señora —aclaro, molesto—. ¡Ella es mi señora, no lo olviden, y no vuelvan a dejarla sola!

Estoy realmente enfadado, pero más que nada asustado por lo que acaba de ocurrir. El pelirrojo llamado Acher se queda mirando a Luci con el ceño fruncido.

—¿Seguro que no salió lastimada, señorita? —insiste Acher, acercándose otra vez para acariciar la cabeza de Luci, como si fuera su hermanita.

—¡Dejen de tocarla! ¡Es mi mujer! —los regaño, tratando de apartar a Luci de su lado. Ella, sin embargo, no me lo permite—. Ella está bien, pero no gracias a ti.

—No los regañes, amor. Tú mismo les pediste que no nos siguieran, que fueran a ubicar a sus hombres —me recuerda con dulzura Luci mientras me rodea con los brazos frente a todos y me besa—.

Sin embargo, ellos reaccionaron rápido al peligro y giraron.

Dime, ¿te sientes bien, cariño? ¡Estás caminando normal!

Es entonces cuando me doy cuenta de mi situación. Ante el susto y la adrenalina, ni siquiera había notado que estoy de pie sobre mis propios pies.

—¡Sí, sí, me siento muy bien, amor! ¡Me siento bien! —exclamo emocionado, al tiempo que la cargo y comienzo a girar con ella en mis brazos, lleno de alegría—. ¡Puedo caminar sin problemas!

—Bájame, no abuses —me pide Luci, sonrojada.

Accedo y comienzo a caminar a su alrededor como para probarme a mí mismo. Luci, entretanto, se vuelve hacia Acher y Axel, quienes no dejan de mirarla fijamente con una intensidad que me pone incómodo.

—¿Están bien ustedes? ¿No les pasó nada? —les pregunta con sincera preocupación.

—Estamos bien, señorita —responden al unísono.

—No se separen de nosotros otra vez; es una orden —dice Luci con firmeza, sujetando una mano de cada uno—. Axel, revisa qué pasó. Averigua cómo las dejaron entrar o si abrieron algún acceso. Y tú, Acher, te quiero con nosotros.

Los gemelos la observan fijamente. Yo frunzo el ceño, incómodo por su exceso de atención.

Después de un momento, Axel pregunta con sorpresa cómo supo Luci su nombre.

Lucila se acerca y, con una gran sonrisa, les responde que más tarde tendrán que hablar muy seriamente.

Entonces, para sorpresa de todos, se abraza de ambos.

—Me alegro de que me hayan encontrado y de que estemos juntos —les dice, dejando a todos boquiabiertos. Los gemelos le devuelven el abrazo, claramente confundidos, y yo también me quedo helado.

—Luci… —empiezo a protestar.

—Por favor, amor, después te explico, ¿eh? —me ruega ella dulcemente, sin soltar las manos de los gemelos.

Decido callar porque me doy cuenta de que Luci siente un especial cariño por sus guardaespaldas. A pesar de que me molesta, no digo nada. Sé que ella tiene razón; fue mi culpa que no estuvieran con nosotros antes. Mientras tanto, ella se siente segura con ellos, y eso es lo que realmente importa.

—¡Mira, Damián! ¡Ya llegaron, llegaron! —anuncia Luci repentinamente.

Giro la cabeza y veo que corre al encuentro de Lilian, quien también avanza hacia ella con armas en las manos, seguida de varios hombres. Ambas hermanas se abrazan con fuerza.

—¿Estás bien, Luci? ¿Y tú, Damián? —pregunta Lilian al llegar.

—Estamos bien —contesta Luci con una sonrisa, alejándose un poco de ella—. Oye, qué linda estás, hermana.

—¿Quiénes son ellas? —pregunta Lilian de inmediato, señalando a las cuatro mujeres sometidas.

—¡Llévenlas al sótano! —ordena Alessandro, que acaba de llegar con más hombres—. Damián, ¿cómo estás?

Nos abrazamos, intercambiando palmadas en la espalda como saludo. Le cuento con alegría que hace un rato comencé a caminar nuevamente.

—No abuses, Damián —interviene Rufo, acercándose para examinarme—. Creo que ahora sí vas a estar bien.

La noticia me llena de felicidad. Estoy cansado de esa silla de ruedas, y ahora puedo decir que todo eso quedó atrás.

—Me alegro mucho, estoy feliz —le digo con sinceridad a Rufo, abrazándolo de nuevo.

—¡Oye, que esa silla te la compré con cariño! —protesta Alessandro con una sonrisa.

—Gracias por todo, Alessandro. Creo que voy a aceptar la oferta que me hiciste antes de que te fueras —le digo guiñándole un ojo.

—Me alegro mucho, amigo. Solo ponte bien. Habrá tiempo para todo —responde complacido.

—¿Qué harán con ellas? —pregunta Luci, señalando a las prisioneras—. Son mujeres.

—¡Que te hubieran secuestrado! —interrumpe Lilian con firmeza—. Deja que Alessandro se haga cargo de ellas. Ven, vamos a ver a mamá. No sabes cuánto tengo que contarte, ¡y te traje muchos regalos!

Alejándose juntas, ambas sonríen y ríen abrazadas, mostrando el gran amor que se tienen.

—¡Lili, Lili, hija, qué linda estás! —corre la señora Libia al encuentro de sus hijas—. ¿Cuándo vas a dejar de darme sustos, hija? ¡Cómo te fuiste así!