¡Ups! ¡No me equivoqué! 214. DE REGRESO A ROMA
73%

214. DE REGRESO A ROMA

ALESSANDRO:

Rufo y yo nos miramos, luego la observamos a ella, que nos mira inocentemente, y ambos soltamos una risa. No podemos creer que todo este tiempo hemos tenido las llaves a nuestro alcance sin saberlo.

—¿Por qué se ríen? —pregunta Lilian.

—Te lo diré luego, cariño. Ya son más de las tres de la tarde. Deja que los chicos preparen todo y nos vamos —digo mientras me pongo de pie para dar las órdenes—. Migue, ve y dile a Humberto que no nos quedaremos, nos vamos en los autos.

—Deja, Migue. Voy yo —responde Rufo.

—Papichuli, no comiences. El jefe me mandó a mí, no a ti —dice Miguel, reteniéndolo, y se marcha rápidamente.

—¿Papichuli? —me río divertido.

—Ale... —me advierte Rufo con voz amenazante para que no me burle de él.

—No diré nada, papichuli... —suelto una carcajada al ver cómo se pone—. ¿No vamos a comer nada?

—Yo sí, tengo mucha hambre —interviene Lilian, mientras escudriña el refrigerador.

—Y yo también —añade Miguel al regresar rápidamente—. Jefe, ya los chicos están organizando todo.

—Está bien, siéntense. Ya nos traen la comida —les pido al ver que el cocinero está llegando al lugar.

Después de estar listos, salimos a toda velocidad hacia Roma; el trayecto es de solo una hora y treinta y cinco minutos.

Me siento realmente feliz. Abrazo a mi Lili y la acerco a mí, mientras ella me llena de besos.

No puedo creer que, a más tardar mañana, sabremos qué pasó con mis padres.

Hoy ya es tarde para hacer algo. Se lo diré al abuelo mañana, porque si se lo cuento ahora, será capaz de hacerme ir esta misma noche a buscarlos con tal de resolver todo.

—Ale, promete que haremos esto aunque sea una vez al año —me pide Lilian de repente. La miro sin entender a qué se refiere—. Desaparecernos. Pero la próxima vez vendremos todos y por más tiempo.

—Lo prometo, Lili. Lo haremos. Nos merecemos esto y mucho más.

Escogeremos cada vez destinos que nadie se imagine y viviremos grandes aventuras —acepto, convencido de que necesitamos estos momentos para relajarnos y viajar—.

Pero ahora tenemos que encontrar a mis padres y hacernos cargo de los dragones.

Es una tarea que, si no fuera por ti, quizá no me hubiera atrevido a aceptar.

—¿Te arrepientes? —pregunta ella con un tono serio, mirándome con esos ojos que siempre me desarman.

—¡Jamás! —aseguro de inmediato—. Eres lo mejor que me ha pasado en esta vida, y haré todo lo que esté a mi alcance para que seamos felices, vida mía.

—Yo tampoco me arrepiento, Ale —responde ella con la misma seriedad—. Sé que mi sueño siempre fue ser doctora, más bien investigadora. Lo seguiré haciendo junto a Rufo, pero no ahora.

La observo con una sonrisa en los labios. Estoy seguro de que ella y Rufo podrán hacer muchas cosas para ayudar a los más necesitados en todo sentido. Al escucharme, Lilian sonríe y me besa suavemente en la mejilla.

—Me alegra saberlo, Ale. Que aunque sea la primera dama de la mafia italiana, mi objetivo en la vida seguirá siendo ayudar a muchos —suspira mientras lo dice—. Estoy feliz porque Damián y Luci se enamoraron. Los vamos a ayudar, Ale. ¿Verdad?

—Yo también me alegro por los dos —respondo con sinceridad. Esos dos se merecen ser felices.

Guardamos silencio mientras seguimos avanzando a toda velocidad por la carretera que nos conduce a Roma. Tengo miles de ideas en la cabeza, intentando ordenarlas para decidir qué hacer primero al llegar.

—¿Crees que tus padres estén vivos? —escucho a Lilian preguntar, su voz impregnada de duda y esperanza.

—No, pero quiero encontrar aunque sea sus cadáveres —respondo con firmeza, deseando cerrar finalmente ese capítulo de mi vida—, para que mis padres descansen en paz, y mi abuelo deje de buscarlos.

—A lo mejor están vivos —dice ella pensativa.

Niego suavemente con la cabeza. Sin embargo, mi teléfono suena justo cuando estamos llegando a la calle que conduce a mi casa.

Me informan que han visto varios autos extraños medio escondidos en la entrada por donde suele entrar la comida a la mansión.

Además, no hay rastro de nuestros hombres y, quienes están allí, no parecen ser de los nuestros. Eso es muy extraño.

—Deben ser hombres nuevos del Pelirrojo —digo, pensativo—. ¿Qué quieres decir con autos escondidos?

—Mírelos usted mismo —me indica al llegar al lugar donde están detenidos los vehículos—. Creo que otra vez quieren atacarnos, jefe.

—¡Avisa a James! Yo llamaré al abuelo —le ordeno de inmediato.

—¡Luci! ¡Es a Luci a quien quieren coger, Ale! —grita Lilian alarmada, sus palabras sonaron como una profecía que no debíamos tomar a la ligera—. Acuérdate de las últimas informaciones. Llama al Pelirrojo, yo la llamaré a ella.

Intento mantenerme sereno mientras salgo del auto y doy órdenes firmes a mis hombres que han hecho lo mismo que yo:

—¡Rodeen todas las entradas! Que no atrapen a mi cuñada.

Esta vez, no vamos a dejar vivo a nadie.

¡A nadie! —digo con vehemencia, sintiendo la furia recorrerme—.

¡Qué se han pensado que es mi casa! Parece que se les ha olvidado con quién se han metido.

Humberto, pon en alerta a todos nuestros hombres aquí en Roma, ¡ya! Los quiero rodeando mi casa.

DAMIÁN:

Nos hemos detenido en medio del campo de golf al ver cómo cuatro mujeres nos apuntan con armas. Miro alrededor buscando a los hombres de Minetti y al cuerpo élite de Lucila, pero no veo a nadie.

—Ven con nosotras o te mataremos aquí mismo —amenazan a Luci, que se queda inmóvil, mirándolas fijamente.

Sin moverse ni un paso, Lucila levanta lentamente su mano hacia la pantalla de su tablet. De pronto, todas las luces del campo se encienden, las alarmas comienzan a sonar y un sonido sordo y creciente se escucha acercándose.

—Ella no va a ningún lugar —les digo poniéndome de pie de un salto y colocando a Luci detrás de mí.

Ella me mira con sorpresa, al igual que las mujeres frente a nosotros. Aprovechando la confusión, Lucila maniobra su tablet y avisa rápidamente a su cuerpo élite.

—No tenemos nada contra ti, Damián. Puedes venir con nosotras, te liberaremos de Minetti. Solo tienes que entregarnos a la chica —insiste una de las mujeres.

Suelto una carcajada que las descoloca todavía más. Las examino detenidamente. A todas las he visto antes; son esposas de mafiosos italianos, subordinados de Minetti.

—¿Y quién demonios les ha dicho que estoy prisionero? —les pregunto ahora con calma, pero sacando mi otra arma, apuntándoles con ambas manos. Ellas me miran, desafiantes—. Quien se atreva a tocar a mi esposa, le volaré la cabeza.