¡Ups! ¡No me equivoqué! 213. LAS COSAS DE LILIAN
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213. LAS COSAS DE LILIAN

ALESSANDRO:

Me dirijo a la cocina para llamar a la sirvienta, cuando un murmullo me detiene y me obliga a prestar atención.

—¡Debiste decírselo al jefe! —escucho la voz molesta de Humberto—. Esas cosas no se le esconden, es de vital importancia.

—Pero es que no sé si es verdad —replica ahora Estefan con un tono inseguro.

—No importa, nuestra consigna la conoces —continúa regañándolo Humberto, visiblemente molesto—. ¡Nunca ocultarle nada a nuestro jefe!

Me acerco despacio, procurando que no se percaten de mi presencia mientras siguen sentados en la cocina, comiendo como si nada.

—¿Qué fue lo que no me dijiste, Estefan? —pregunto, haciendo que salten de sus asientos.

—¡Jefe! —exclaman ambos al mismo tiempo, visiblemente nerviosos.

—¿Qué es eso que no me has dicho, Estefan? ¿Y tú, Humberto? —los interrogo con molestia en mi voz.

Si hay algo que no acepto es que me mantengan en la oscuridad. Soy el maldito capo de capos; todo debe pasar por mí para que sepa a qué atenerme. Estefan se pone de pie de inmediato y comienza a explicar que Humberto no tiene nada que ver, que apenas acaba de enterarse y lo estaba regañando.

—Muy bien. Deja que mande a limpiar mi habitación, rompí un frasco de perfume. Y luego me dices eso que me ocultas —digo mientras sigo en busca de Ninetta.

—Deje, jefe —interviene Humberto—, yo me encargo de mandar a limpiar la habitación.

Lo dejo a cargo, pues en este momento lo que más me interesa es saber qué es lo que me está ocultando Estefan, quien no puede disimular los nervios.

Tomo una taza de café y le sirvo otra a él, indicándole que se siente frente a mí en la mesa de la cocina.

Bebemos en silencio; no lo apresuro. Confío en él. Sé que es uno de los más leales.

—Pues verá, jefe —comienza a hablar tras un largo suspiro—, yo he estado hablando con mi pareja todo este tiempo. Pero le aseguro que nunca le dejé saber dónde estaba.

—Te creo. ¿Qué hay con eso? —lo animo con un gesto para que siga hablando.

—No sé si esto sea relevante, jefe —explica, visiblemente dudoso—. El caso es que fue a un club y me dijo que había un señor, al cual no pudo verle la cara, pero tenía un tatuaje de un dragón en su mano. Estaba junto a un chico asiático al que llamaban el Dragón Blanco.

—¿El Dragón Blanco? ¿Estás seguro? —pregunto con suma seriedad, pues esa información me resulta demasiado familiar y crucial.

Estefan guarda silencio por un momento, evaluando sus palabras antes de continuar. Luego explica que, precisamente, ese es el problema: su pareja solo dijo que "le pareció". Por eso no me había contado nada, ya que no estaba seguro de haber escuchado y visto bien.

—A eso agréguele que estaba bebido, y que la iluminación de esos lugares no es clara —continúa justificándose—. Pero cuando escuché lo del tatuaje en la reunión, me acordé.

Lo entiendo. Este tipo de información no siempre es nítida. Aun así, lo miro con firmeza y le aclaro:

—Te entiendo, pero siempre dime las cosas, Estefan. No importa si son ciertas o no. Es mejor estar equivocados que ignorar algo importante.

—Disculpe, jefe. No volverá a pasar —asegura con voz apenada pero sincera.

—Puedes retirarte.

Me quedo en la cocina, inmerso en mis pensamientos.

¿Será acaso que el Dragón Blanco murió hace años, como mis padres, pero su hijo logró sobrevivir?

Si es así, ¿por qué no me ha buscado? Estoy seguro de que su padre debió decirle que yo era el Dragón Negro, el UNO.

Entonces, ¿quién era ese extranjero que lo acompañaba?

¿Acaso el Dragón de Fuego? ¿Quién podría ser?

—Ale, ¿qué haces aquí? —Lilian aparece repentinamente, vestida y despierta, para mi sorpresa. Creía que seguía dormida.

—Disculpa, cariño. Estaba esperando a que limpiaran el cuarto —respondo, mientras va hasta mi lado revolviendo su cabello—. ¿Te desperté?

Ella asiente con la cabeza mientras se sirve un vaso de leche y luego regresa para sentarse frente a mí.

—Hiciste bien, Ale. Creo que debemos regresar ahora mismo a Roma —me dice con tono serio—. Tengo muchas respuestas, y todas están en tu clóset.

La miro sin comprender a qué se refiere. Nunca he visto nada fuera de lo normal en mi clóset, aunque admito que nunca le he prestado demasiada atención. La miro intrigado, pero no le pregunto nada. Ella, sin embargo, continúa explicando:

—Recordé todo. Fue muy extraño. Cuando me estaba bañando, comencé a canturrear el trabalenguas que te mencioné, el que me enseñó mi papá, y todo vino claro a mi memoria.

Por eso, amor, vámonos a Roma —me insiste con determinación, mientras termina su vaso de leche—.

Si tus padres están en esa cripta, los vamos a encontrar.

No saldremos de ella hasta hacerlo. Mira lo que dibujé.

—Un dragón, ya lo vi —contesto, observando el dibujo que coloca frente a mí—. ¿Significa algo?

—Es algo que papá me hizo aprender de memoria junto con el trabalenguas —comienza a explicarme mientras señala los detalles del dibujo—.

Mira, es un camino que lleva directo al estómago del dragón.

También me enseñó un juego para recorrer ese camino.

Todos los días lo dibujaba en el piso de la casa como un juego, y me hacía repetirlo una y otra vez, Ale. No es fácil, ya lo verás.

—¿Qué hacen? —pregunta Migue al aparecer de repente, con Rufo detrás de él.

Nos giramos para verlos tomados de las manos. Rufino, igual que yo, parece cansado y preocupado. Cuando ve el dibujo, se acerca de inmediato.

—¿Qué es eso, Alessandro? —pregunta, tomando el papel.

—Es algo que dibujó Lili —le explico mientras doy un sorbo a mi café—. Ella dice que su papá le hizo aprenderlo de memoria y cree que es un camino hasta el estómago del dragón.

—¡Eso es lo que falta en el mapa que tengo! —exclama Rufo emocionado—. ¡El estómago es el lago, Ale! Lo encontramos. Encontramos el camino.

—¿De qué hablan? —pregunta Migue acercándose.

—Ahora no, cariño. Después te explico —responde Rufo con rapidez, mientras mira fijamente el dibujo—. Tenemos que regresar hoy mismo a Roma, creo que ahora sí encontraremos el lago allá abajo.

Los observo en silencio, ansioso por volver a nuestra casa en Roma y con el deseo de llegar lo antes posible. Lilian asiente con entusiasmo; parece igual de desesperada por regresar. Quiere ver a su hermana menor y a su madre.

—Toma, Rufo, ya me acordé. Es ahí donde tienes que ir —le extiende otro papel mientras habla con seguridad—. Es un banco. Busca una caja de seguridad. Tienes que llevar la llave dorada grande del cofre de papá. Además, Ale, te daré las otras dos cosas que tomé de ellas doradas.

—¿A qué te refieres? —pregunto intrigado.

Ella me explica que se trata de dos llaves más, redondas, con unos signos grabados. Las había tomado de niña, pensando que eran pisapapeles para que el viento no se llevara sus hojas, y las dejó guardadas junto a sus libros en la casa de Roma. Me asombra que no mencionara esto antes.

—Papá también me enseñó todos los signos. ¿Son importantes? —pregunta Lilian, con una mezcla de curiosidad y emoción—. Mi mamá se molestó muchísimo cuando se enteró de que había abierto el cofre. Nunca más lo dejó a mi alcance, pero yo me quedé con esos pisapapeles.

No puedo evitar sentir que estamos al borde de descubrir algo grande. Algo que cambiará todo.